Cuando las manos del artesano hablan

Cuando las manos del artesano hablan

La unión con la naturaleza, el ritmo del tiempo o la relación con lo sobrenatural definen numerosos oficios tradicionales presentados en una exposición permanente del Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla

Existen oficios tradicionales en los que el artesano, en comunión con la naturaleza, desarrolla cada día su tarea creativa sin más ayuda que sus propias manos. Es el caso de aquellos trabajos que se realizan con fibras textiles, como el mimbre, el esparto o la enea, en los que solo el sol que las seca y blanquea, el agua que les otorga flexibilidad o a las fases lunares que dictan el momento de la recolección intervienen en el proceso.

En otras actividades artesanales, como el descorche de los alcornoques, es tal la unión que se establece entre el hombre y el instrumento que emplea -el hacha corchera- que esta adopta en sus distintos elementos nombres prestados de la propia fisonomía humana, como ojo, boca, cuello, garganta o perilla.

El proceso de elaboración artesanal da fe de los saberes acumulados a lo largo de los siglos por generaciones. Así lo atestigua en el Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla la muestra ‘Memoria y continuidad. Saberes artesanales de Andalucía’, una sección recientemente renovada y ampliada dentro de su exposición permanente. El recinto, dependiente de la consejería de Cultura y Patrimonio Histórico, recorre 17 oficios tradicionales a través de sus obras e instrumental, pero también de sus protagonistas. En la mayor parte de los casos se muestran en vivo talleres auténticos, en los que los maestros artesanos ejercían su labor cotidiana.

Las manos del artesano se funden con las materias primas para alumbrar objetos que serán imprescindibles en el desempeño del trabajo, estarán presentes en las celebraciones populares o expresarán la relación del ser humano con lo sobrenatural. En la artesanía, la pericia colabora de forma estrecha con la naturaleza y el tiempo.

El recorrido por la exposición del museo sevillano conduce al visitante por mundos tan diversos como el de la tejeduría, el bordado, el encaje, las fibras textiles (cestería, espartería y enea), el descorche, la cencerrería, la hojalatería, la romanería, las castañuelas, la guitarra, la alfarería, la imaginería (talla y dorado), la tonelería, la orfebrería, el curtido, la guarnicionería y la pintura de loza.

«Queremos demostrar que los museos etnográficos no son grises ni museos del pasado, sino del presente», explica Rafael Rodríguez Obando, director del recinto. De hecho, la exposición se plantea como una especie de puzzle en el que cada oficio está asociado con un concepto o rasgo distintivo.

El itinerario no es solo visual. De fondo, el visitante puede percibir sonidos como el de los bolillos confeccionando encajes, un telar en funcionamiento, la práctica del descorche o el repique de unas castañuelas. En la muestra hay también una sala audiovisual en la que se proyectan vídeos de artesanos trabajando.

Los utensilios y las obras elaboradas o en proceso de fabricación que se presentan llegan a recrear los entornos con tanta fidelidad que solo falta la presencia del artesano. «Lo que aquí se expone conmueve, porque es lo que nos rodea. Todos somos artesanía», asegura Elena Hernández de la Obra, conservadora del museo.

Las piezas obtenidas del proceso artesanal son únicas y siempre llevan consigo la esencia del hombre o de la mujer que las ha creado. Entre las diversas citas de artesanos proyectadas en la muestra, las de la tejedora Angelita López confirman esta mirada: «Esto es muy gratificante, sabes que las piezas las haces tú y son piezas únicas y son un poquito de mí, porque cada pieza que haces te sale diferente».

El proceso artesanal y sus protagonistas son también un reflejo de la sociedad en la que viven. Existen, así, oficios de carácter eminentemente masculino, que gozan de gran relevancia social y conllevan importantes aportaciones económicas. Otros, casi exclusivamente femeninos, cuentan con menor remuneración e incluso reconocimiento público, a pesar de ser todo un ejemplo de maestría y perfección técnica.

En este último grupo se encuentra la realización de encajes de bolillos. «El tiempo que se emplea para elaborar un encaje es enorme, es un proceso muy lento. Si un encaje tuviera que pagarse por las horas invertidas sería inasumible», comenta Rafael Rodríguez. De hecho, cualidades esenciales para este oficio, como la paciencia o la sensibilidad, culturalmente atribuidas al género femenino, relegaron a este trabajo al ámbito doméstico e incluso a ser excluido de la estructura gremial. «También en los oficios artesanales, desgraciadamente, el tiempo de la mujer vale menos que el del hombre», lamenta Elena Hernández.

Sentido de la trascendencia y ‘economía del desperdicio’

Plenamente conectada con la naturaleza y con las costumbres ancestrales, la artesanía expresa en ocasiones el afán de trascendencia del ser humano. El bordado en oro, por ejemplo, muy arraigado en Andalucía, no solo refuerza el sentimiento identitario de la población; también refleja la forma de tratar con el mundo sobrenatural a través de las tradiciones cofrades.

«Cada pueblo se relaciona a su manera con lo sobrenatural y, en este caso, vemos cómo esa relación ha dado lugar a un oficio», explica el director del Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla.

Por otra parte, en los tejidos elaborados por los tejedores se aprecia la huella de tiempos difíciles y el empleo de un arsenal de conocimientos para hacer frente al aislamiento y la escasez. Las propias jarapas (derivación del término ‘harapo’ porque se confeccionaban reciclando retales) combinan tiras de telas y lanas ya utilizadas, como una clara prueba de esta ‘economía del desperdicio’.

En otros ámbitos, como el de la tonelería, la habilidad de estos artesanos y su alta precisión para confeccionar toneles ha superado su oficio y ha extendido al lenguaje común la expresión «a ojo de buen cubero» para referirse a las estimaciones que se realizan solo con percepciones subjetivas, sin instrumentos de medida.

Oficios que imprimen carácter a la vida de quienes los ejercen, pero que también son inconcebibles sin su entorno, al que cuidan y respetan, como atestigua Juan, otro maestro sillero que ha aportado su testimonio a la muestra: «Si nosotros no cuidamos del arroyo o la laguna… entonces la enea no sale, y si no sale la enea, ni hay pájaros ni hay ‘ná’».

El ser humano frente a la máquina

La tradición no está reñida con la innovación cuando se habla de artesanía. «Existe el tópico de que la artesanía es inmóvil y eso no es cierto», sostiene Elena Hernández, que precisa que existen mejoras continuas en productos y técnicas. De hecho, tal y como consta en la muestra del Museo de Artes y Costumbres Populares, «la artesanía utiliza la tecnología del momento, no se trata siempre de procedimientos realizados solo a mano», aclara su director.

La diferencia entre la producción industrial y la artesanal es, básicamente, una cuestión de mandos. «La clave está en quién maneja a quién», subraya Rafael Rodríguez, que aclara que «en la artesanía es la máquina quien está al servicio del hombre, que maneja los tiempos, mientras que en la fábrica la que manda es la máquina».

Además de transmitir la realidad de la artesanía, la muestra del museo sevillano tiene como objetivo animar al visitante a conocer estos oficios en su propio entorno. «Donde tienen verdadero sentido es en el territorio», afirma Rodríguez Obando.

Antaño, los padres introducían a sus hijos en los talleres para aprender el oficio. Esta circunstancia, actualmente prohibida por la legislación laboral mientras son menores, ha modificado en parte la transmisión de conocimientos de los artesanos. Sin embargo, es el turismo de masas uno de los principales escollos con los que tropieza la artesanía, dado que, al tratarse de una demanda a gran escala, se cubre con piezas seriadas que pueden aparecer erróneamente como artesanas.

En cada pieza artesanal, su artífice ofrece una parte de sí mismo, en la que se dan la mano los saberes heredados de sus antecesores y los consolidados durante su trayectoria. Así lo resume el artesano del junco Juan Ramírez: «El valor de mi obra es que hay toda una vida detrás… en tus manos».

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