Utrera y su relación histórica con la aceituna gordal

Utrera y su relación histórica con la aceituna gordal

Una vez que hemos iniciado el mes de septiembre, las calles, el asfalto y las plazas ceden su protagonismo al campo, a ese inmenso mar de olivos que podemos contemplar en muchas zonas del término municipal de Utrera. La campaña de recolección de la aceituna llega al calendario, un momento que históricamente ha sido uno de los esenciales a lo largo del año en el municipio.

Durante décadas, Utrera vivió volcada en la agricultura, principalmente en la aceituna gordal, un producto que le ha dado riqueza y puestos de trabajo a la sociedad local. En la actualidad no existe ya esa fuerte relación de dependencia, pero lo cierto es que es imposible entender la esencia de Utrera sin entrar en contacto con ese árbol centenario, que incluso forma parte de su escudo, el olivo.

Las referencias a la riqueza de las tierras de Utrera ya se encontraban en las primeras crónicas escritas que se han conservado acerca de la historia de la localidad. La civilización romana, que levantó diversos asentamientos en todo el área, ya dejó constancia del agradable clima con el que Utrera había sido bendecida y de la productividad de sus cultivos. Los romanos fueron en cierta manera los pioneros a la hora de introducir las diferentes formas de recolección de la aceituna, una metodología que incluso hoy en día se sigue utilizando en las sabias tierras utreranas. Fue el pueblo árabe el encargado de modernizar y mejorar las técnicas y cuidados precisos del olivo, un árbol que ya en esta época era muy significativo en la comarca. Precisamente esta cultura se encargó de difundir una forma particular de recolectar las aceitunas que todavía hoy en día se sigue practicando. Las diferencias morfológicas de la gordal con respecto a otras variedades, su tamaño y delicadeza, obligan a recogerlas de manera manual y una a una. Algo que todavía en nuestros días podemos apreciar en los diferentes campos de Utrera.

La sacudida de las conciencias europeas que supuso el descubrimiento de América afectó de lleno a Utrera, que disponía de una situación geográfica privilegiada. La localidad se encontraba justo a medio camino entre los pueblos gaditanos, de donde salían los navíos en busca de riqueza y del imponente puerto de Sevilla, lugar al que llegaban las expediciones contando maravillas del otro lado del Océano Atlántico. Por ello, en los siglos XV y XVI, la fama y la calidad de los olivos utreranos, ligado a su aceituna gordal, se extendió también por el continente americano.

De manera pausada, poco a poco los horizontes de toda la ciudad se van poblando de espléndidos olivares, hasta llegar incluso a alcanzar en el siglo XIX la espectacular cifra de 8.000 hectáreas dedicadas a este cultivo. Es precisamente en el siglo XIX cuando la orientación de la productividad en la localidad iba a cambiar para siempre ya que, por vez primera, empieza a abandonarse el cultivo de la aceituna dedicada al aceite y se impone el cultivo de la aceituna de mesa, principalmente la gordal.

Con la llegada del siglo XX, el sector olivarero alcanza en Utrera su punto más álgido, propiciado por la industrialización, que termina convirtiendo a la aceituna en el auténtico motor socioeconómico de toda la comarca. Las factorías dedicadas a esta industria proporcionan miles de puestos de trabajo y el pueblo siente más que nunca el estrecho lazo que le vincula a la tierra. Numerosas empresas dedicadas a la comercialización y exportación del producto se instalan en Utrera, formando parte para siempre del paisaje urbano de sus calles. Llega, por tanto, la época dorada en la que los campos de Utrera son los responsables del 90% de la producción mundial de aceituna gordal.

Es el momento en el que surge con fuerza una figura fundamental dentro de la expansión del sector aceitunero y que ha quedado como una parte fundamental de la historia contemporánea de la localidad. En estas fábricas, donde se preparaba y manufacturaba la aceituna para su exportación, trabajaron miles de mujeres. Madres de familia que sacaron adelante a sus hijos, con las dificultades propias de la época, y que tomaron como nombre popular ‘Las Fabricantas’.

Los incentivos a otro tipo de cultivos, la mecanización de los trabajos y los cambios de políticas agrarias emprendidos por la Unión Europea dejaron a la industria herida prácticamente de muerte, por lo que paulatinamente disminuye la superficie dedicada al olivar hasta alcanzar aproximadamente las 5.000 hectáreas. Todos estos cambios terminaron provocando que muchas de estas fábricas cerraran sus puertas y dejaran de apostar por un producto tan genuino como la gordal.

En la actualidad, el sector atraviesa por numerosas dificultades, pero a pesar de todo ello el mes de septiembre sigue siendo un mes especial en Utrera, donde los campos se llenan de actividad y los agricultores recogen con sumo cuidado ese privilegiado fruto que con tanto mimo han cultivado a lo largo del año.

 

Redacción

Sobre Redacción

Redacción de Utreradigital.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *