La curiosa historia de los balcones de la plaza del Altozano

La curiosa historia de los balcones de la plaza del Altozano

Todos los elementos que nos rodean en nuestra vida cotidiana están investidos de una historia que en muchas ocasiones desconocemos, y hasta despreciamos. El análisis tranquilo y sosegado de las calles, edificios, plazas, iglesias y rincones de nuestra tierra nos puede ayudar para conocer mejor el sitio en el que vivimos. Y, por tanto, una vez que conocemos los lugares que nos rodean, podemos aprender a quererlos más y a aprender a conservarlos.

Ejemplo de ello es la plaza del Altozano, un enclave único en Utrera y que concentra gran parte de la actividad propia del casco urbano. Este lugar no ha sido siempre el centro neurálgico de la actividad de la localidad, ya que en otros tiempos era la plaza Enrique de la Cuadra la que se consideraba como la más importante. Lo cierto es que poco a poco el Altozano, al tener mayor amplitud, fue poco a poco convirtiéndose en el centro de Utrera, no en vano la fisonomía actual de la plaza aún conserva fachadas correspondientes al siglo XVII y XVIII.

Una plaza que en otros siglos tenía un aspecto completamente diferente al que muestra en nuestros días, y donde los utreranos han tenido que convivir durante muchos años con el cauce del arroyo Calzas Anchas hasta que fue entubado. La última gran reestructuración la vivió ya en los últimos años del siglo XX, cuando adquiere la fisonomía que tiene en la actualidad. Todo ello a pesar de que lamentablemente han desaparecido muchos edificios históricos para dar paso a otro tipo de edificaciones que en cierta manera le han quitado sabor al enclave.

Así, al dar un paseo tranquilo y sosegado por la plaza del Altozano, podemos contemplar el paso de la historia por todas las fachadas de la parte del Centro Cultural Utrerano –el ‘Casino’-, donde aún se conservan balcones que tienen detrás una historia de varios cientos de años. Lugares que eran ocupados por los caballeros y damas más distinguidos de Utrera, que se convertía así en un lugar privilegiado de observación del resto del pueblo. Como si fuera una metáfora, los afortunados estaban arriba, mientras que el pueblo llano que sufría la explotación y las duras condiciones de vida, solo tenía derecho a ver a los nobles desde abajo y soñar con un cambio imposible en sus vidas para escapar de la miseria.

Era la plaza del Altozano, tal y como lo es en nuestros tiempos, el centro de la gran parte de las actividades que se organizaban en Utrera. Eran muy esperadas por el pueblo las famosas corridas de toros, las procesiones y demás actos de cualquier índole. Incluso la colocación de estos balcones no es casual ya que, fijándonos bien, podemos ver cómo están todos situados a la misma altura, para así tener la mejor visión posible de todo cuanto aconteciera en la propia plaza, al modo de un privilegiado palco de honor. Es curioso ver cómo hablamos de una época en la que incluso la altura de los propios balcones estaba controlada por la ley ya que, según mandato del monarca Felipe V, las barandas bajas estaban prohibidas, porque algunas mujeres acostumbraban a lucir escotes demasiados pronunciados que dejaban poco espacio a la imaginación a aquellos que observaban desde abajo.

Se da por tanto en estos balcones, que han sido testigos del paso silencioso de la historia en uno de los lugares más animados de Utrera, una circunstancia muy curiosa que era típica de los siglos XVII y XVII, pero que en nuestros tiempos la verdad es que se nos hace muy extraña. Los propietarios de las casas de la plaza que gozaban de balcón, cuando las alquilaban a terceras personas, incluían una simpática cláusula mediante la cual los nuevos inquilinos estaban obligados a ceder los balcones a los propietarios cuando en la plaza tenía lugar algún tipo de espectáculo. Es decir, que los inquilinos tenían que resignarse al mandato de los propietarios cuando estos lo requirieran y dejar vía libre hacia los balcones, perdiendo así uno de los privilegios propios de su vivienda. Imaginen esta cláusula hoy en día, imaginen a los inquilinos de la plaza dejando pasar a los dueños de la casa a los balcones para ver las procesiones de Semana Santa o los Reyes Magos. Suena extraño, ¿verdad? Pues eso pasaba en la Utrera del siglo XVIII, por ejemplo, como bien nos cuenta Joaquín González Moreno, en su libro ‘Utrera en el siglo XVIII’.

Un hecho curioso que nos deja entender una parte de la historia de nuestra localidad, la cual no podemos juzgar con los criterios que manejamos en nuestros tiempos. Unos balcones en los que han tenido lugar todo tipo de hechos y en los que la clase alta mostraba una imagen que el pueblo apenas podía llegar ni siquiera a imaginar. Unos balcones que, en su mayoría, no han llevado demasiado bien el paso del tiempo, y en los que hoy en día pocos reparan, ya que están más interesados en su café degustado en uno de los veladores que ocupan la histórica plaza del Altozano.

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Redacción de Utreradigital.com

Un comentario en “La curiosa historia de los balcones de la plaza del Altozano

  1. Juan Pedro López Núñez dice:

    DE MI NOVELA «EL REGRESO DEL ABATE».
    Poco tuvo que andar el Rey para llegar al provisional coso donde pudo observar cómo los balcones de las casas, que daban a la plaza del Altozano, lucían banderas españolas y toda clase de colgaduras para la gran ocasión. En ese instante pensó que aquella plaza no solo serviría para celebrar corridas sino también para cualquier clase de eventos. Así se lo demostraban las abarrotadas balconadas que detrás presentaban preciosos arcos que darían paso a la vivienda. “Al igual que en París, seguramente estos balcones se alquilan para presenciar cualquier espectáculo, vamos que podría jurar que se habrá presenciado desde ellos hasta la quema de algún desgraciado condenado por la Inquisición”, caviló. No iba mal encaminado el francés.
    El Monarca contempló la fiesta taurina desde uno de los balcones de la casa del marqués de la Cueva del Rey. El balcón de la casa del Marqués era normalmente el palco de honor para toda clase de festejos y era usado por altas personalidades a su paso por Utrera. Por eso, desde ese mismo balcón, el Borbón Carlos IV, su mujer y su valido Godoy, también presenciaron una corrida de toros en su honor en 1796.

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