El monaguillo de Consolación, un testigo paciente de la historia de Utrera a lo largo de más de cien años

El monaguillo de Consolación, un testigo paciente de la historia de Utrera a lo largo de más de cien años

Es difícil encontrar un personaje más utrerano que esta curiosa escultura que da la bienvenida a todos aquellos que acuden al santuario de Consolación. En esta pequeña fábula, podemos asistir a un recorrido por la historia de Utrera a través de la mirada de este entrañable símbolo

«Algunos dicen que nací en Olot, una localidad que se encuentra en Gerona donde existe mucha tradición en el mundo de la escultura, pero realmente a mí eso me parece simplemente un dato circunstancial, porque yo me siento utrerano por los cuatro costados. Soy tan utrerano que desde finales del siglo XIX estoy en uno de los lugares desde donde mejor se contempla la vida de esta ciudad, un punto por el que pasan cada año miles de utreranos, un rinconcito desde el que tristemente no puedo ver a la Virgen de Consolación, pero donde la siento de una manera tan clara que a veces tengo la sensación de que está muy cerca de mí. En cierto modo es como si la tuviera justo detrás de mí.

Desde que tengo uso de razón, son muchos los utreranos que tienen la costumbre de acariciarme la cabeza con cariño, de hablarme e incluso de abrazarme, algo con lo que disfruto mucho, aunque de tanto roce, ya se sabe, y hasta en cuatro ocasiones he tenido que pasar por el taller para que me vuelvan a dar un poco de brillo. La última de ellas fue hace poco tiempo, en el año 2016, y desde entonces las caricias, los toques y los abrazos de los utreranos siguen siendo igual de intensos que antes y ojalá que nunca desaparezcan.

Desde mi atalaya privilegiada, justo en el atrio de un templo único como el santuario de Consolación, vi llegar el ya célebre siglo XX a Utrera. Allí contemplé cómo una ciudad que comenzaba la centuria con apenas 15.000 habitantes, poco a poco iba despertando, modernizándose y mirando al futuro con esperanza y decisión. Las primeras décadas de este siglo fueron apasionantes, parecía que todo era posible y el progreso era la palabra que más escuchaba en las voces de todos aquellos que entraban en el santuario. Todo ello se rompió en mil pedazos cuando unos y otros comenzaron a matarse a tiros, algo que nunca comprendí, que rompió la armonía existente y el futuro de varias generaciones.

Posteriormente llegaron décadas de escasez, de dificultades, en las que el miedo y la desesperanza se podían leer en las miradas de las personas, y en las que muchos musitaban pequeñas oraciones cuando se acercaban a mí. Muchos de ellos tuvieron que dejar sus casas e irse muy lejos de Utrera para poder encontrar un futuro y venían a despedirse de la Señora y de mí con una pequeña maleta de cartón y un nudo en sus gargantas. Recuerdo con mucho cariño sus caras de alegría, sus abrazos y sus voces cuando al tiempo conseguían volver a su tierra y lo primero que hacían era visitar a la Virgen y a mí. Eso es lo que siempre más me ha gustado y sigo disfrutando, cuando entra alguien al santuario y sólo hay que verle la cara para sentir cómo ha conseguido volver a su tierra después de mucho tiempo lejos de la tierra que le vio nacer.

También fui testigo de cómo a mediados de siglo, gracias a unos sacerdotes muy simpáticos -que se hacían llamar salesianos- fundaron en el santuario Radio Consolación y del nacimiento de una nueva hermandad, que desde entonces le ha dado mucha vida a mi casa, y ha acompañado en su labor a la hermandad de la Virgen de Consolación. Creo que corría el año 1956, cuando nacían los Muchachos de Consolación, y desde entonces espero con la máxima ilusión la llegada del Lunes Santo para ver mejor que nadie los dos pasos que me dicen que llegan incluso hasta el centro de Utrera. Junto con los días de la feria en los que me lo paso de maravilla y el 1 de mayo, es uno de los días que más me gustan de todo el año.

Parece que en 1962 el cielo se abrió y llovió casi como nunca lo había hecho, sé que mucha gente en Utrera lo pasó muy mal y a mí eso me entristeció. Pero poco a poco, y gracias también al buen corazón de otros utreranos, la situación fue mejorando y llegó 1964, un año que recuerdo con mucha alegría, ya que el pueblo entero se engalanó para colocarle a nuestra Madre la más bonita de las coronas.

Vinieron años en los que el personal se fue dejando el pelo largo, se vestían con unos pantalones raros, sonaba en la feria una música cada vez más estruendosa, y en los que parecía que cada vez había más gente en el pueblo. Las caras y los nombres iban cambiando, pero era capaz de detectar los mismos ademanes y la misma forma de hablar que escuchaba en mi niñez en todos aquellos que seguían acercándose a mí para tocarme el pelo, que eran ya incluso los nietos de aquellos que por primera vez vi entrar en el santuario cuando llegué desde Cataluña.

Muchos me preguntaban si no me aburría por no poder moverme de mi sitio y yo les contestaba siempre interiormente que no, que era imposible aburrirse de estar en un lugar tan especial como el que yo he ocupado siempre, donde late el verdadero corazón de Utrera.

Llegó 2007 y celebré con alegría los cinco siglos de la llegada a Utrera de nuestra querida Virgen, y gracias a ello fue posible arreglar algunas partes de nuestra casa que no estaban del todo bien conservadas. Pero después volví a ver caras tristes y a escuchar voces de personas, sobre todo de jóvenes, que entraban en el santuario diciendo que no sabrían cuándo volverían. Al parecer faltaba de nuevo el trabajo en nuestra tierra y muchos tenían que salir fuera a buscarlo, yo les decía lo de siempre, que no se preocuparan, que todo era cuestión de suerte y que pronto estarían de nuevo tocándome la cabeza.

Pero de todo lo vivido nada ha sido comparable a lo que he experimentado en los últimos meses, cuando hubo momentos en los que los días se me confundían con las noches, porque el santuario estaba desierto, absolutamente nadie venía a vernos y el tiempo pasaba muy lentamente. Sólo pude saber lo que pasaba gracias a los técnicos que estaban restaurando el retablo de la Virgen que, por cierto, me dicen que ha quedado de maravilla.

Por ello, aprovechando esta oportunidad que se me brinda, quiero lanzar un mensaje a todos los utreranos. Y es que, si algo he aprendido en todos estos años en los que he sido testigo de tantos avatares, es que pase lo que pase, al final siempre la bondad termina imponiéndose y el sol venciendo a las sombras. Sé que ha sido un año complicado, sé que algunos quizás hayáis perdido la esperanza, pero si seguimos todos juntos aportando lo mejor de nosotros, la esencia de nuestra tierra os seguirá esperando siempre a las puertas del santuario para que me acariciéis la cabeza y compartáis conmigo vuestras alegrías y vuestras penas».

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