Los misterios de la COVID-19

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Los estragos sanitarios, económicos y psicológicos de la pandemia son infinitos, como si fueran las etimologías de un vendaval, que, cuando parece que se va, vuelve con otro rostro, pérfido y desdibujado

Hace más de nueve meses que comenzaron a circular por las autopistas de la Información los primeros comentarios sobre el SARS-CoV-2 y la enfermedad que causa: la COVID-19. Misterio y enigma; incógnita y arcano, siempre vinculados al Instituto de Virología de Wuhan: el único laboratorio en China con bioseguridad del nivel 4 (BSL-4). Los daños del virus, como por desgracia sabemos, han sido letales y devastadores. La incertidumbre, al día de hoy, tal fuera una película de Alfred Hitchcock: Con la muerte en los talones, Vértigo, Rebeca, La ventana indiscreta, Crimen perfecto, La soga o Los pájaros, continúa. ¿Constituye la COVID-19 una guerra biológica, silenciosa y macabra, cuyos autores intelectuales engañan cuantas veces quieren a los gobiernos a modo de versiones oficiales y políticamente correctas? El tráiler de las secuencias, las cuales se han proyectado en España y en el mundo, unas veces, en blanco y negro, y otras, en tecnicolor, no ha podido ser más ambiguo y promiscuo. Ni los trávelin de James Wong Howe, ni las fotografías cinematográficas de Emmanuel Lubezki tienen capacidad de respuesta, a pesar de su luz y de su pintura; de su estilo y de sus filtros; de los negros puros, de los blancos y de todos los tonos intermedios posibles.

Uno de los colaboradores de Íker Jiménez, en Cuarto Milenio, Luis Martín Otero, experto en bioterrorismo y virus zoonóticos y coordinador de la Red Española de Alerta Biológica, no descarta que el maligno patógeno haya sido el resultado de una prueba de laboratorio. Para ello, argumenta con la convicción de quien no suplica ni a la literatura, ni a la ficción: «Hay tantas modificaciones en el virus y tan complejas que es difícil que la naturaleza las haya podido hacer por sí solas». Además, observa con rigor científico que en la proteína S, la que permite que el SARS-CoV-2 penetre en las células, hay modificaciones, que, cuanto menos, son extrañas, ya que, cuando un virus muta, lo hace a lo largo de la cadena y no solo, en la proteína. ¿Qué tienen que comentar sobre una cuestión tan peliaguda el señor ministro de Sanidad, Salvador Illa, de traje oscuro, camisa clara y corbata azul, semblante zen y flequillo de Tintín, y el señor director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, Fernando Simón, de jersey, camisa de cuadros, planchada una semana antes, pantalones chinos y pelo al viento, del cine de Summers, antes que del Almodóvar? ¿Saben el uno y el otro, lo mismo que el presidente y el vicepresidente del Gobierno, señores Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, que la raíz del problema es una pesadilla que no alcanzan a desvelar ni los más reputados virólogos y epidemiólogos por estar las claves ocultas en forma de jeroglíficos y códigos, los cuales solo conoce la minoría que domina el mundo?

Los estragos sanitarios, económicos y psicológicos de la pandemia son infinitos, como si fueran las etimologías de un vendaval, que, cuando parece que se va, vuelve con otro rostro, pérfido y desdibujado, que oscurece el día, mientras la métrica de las horas no distingue el tictac falso del verdadero; quizá, porque ya nos hemos acostumbrado al olor putrefacto de la mentira en su siniestra descomposición: sálvese quien pueda de lo que se nos viene encima. ¡Que viene el lobo (quiero decir el coronavirus)!, anticipó Íker Jiménez en enero; mas nadie le hizo caso; y, ahora, con la señora Ayuso, con su dialéctica de folclórica, sus vestidos de apariencia y moño, mascarillas y guantes, Madrid vuelve a ser el epicentro del terror, que a todos asusta y a ella, también; aun cuando sus sueños de ser una actriz en el teatro Lara, donde se estrenaron Los intereses creados de Jacinto Benavente y El amor brujo de Falla, se cumplan. Mientras tanto, los españolitos y las españolitas entonamos aquel enunciado, cuyo origen está en los Cuentos de Juan de Arguijo (1617): «Virgencita que me quede como estaba». El autor del dicho original fue el caballero sevillano don Diego Tello, y la virgen, la de Consolación de Utrera. Pero no sé yo si los milagros existen para un mal bicho, que nació en Wuhan: pangolines, murciélagos, Donald Trump, cuentos chinos, mentiras y embustes, en fila india. Tanto van las redes sociales al móvil y el móvil, a las redes sociales que, al final de la impostura, todos seremos influentes (en lugar del anglicismo influencers) y youtuberos. Con el tatuaje en el brazo, el pirsin en la oreja y aprendiendo a mear de dentro hacia fuera. ¡El Barbas, la Pequeñita, la Cospe, el Polla, el Cocinero, la operación Kitchen! La microtarjeta SD del móvil de Dina Bousselham… «¡Papá, papá, ¿puedo ir al cine?». «Sí, Jaimito, pero no entres…».

Manuel Peñalver

Sobre Manuel Peñalver

Fue catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Ruiz Gijón (1980-1990). Autor de numerosos estudios, artículos y libros sobre la lengua española. Articulista en periódicos como Diario16, El Correo de Andalucía, La Razón, ABC, Ideal, El Mundo, Diario de Almería. Actualmente, es catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería.

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