Rosario Padilla, una utrerana de adopción con más de media vida impartiendo clases en las Salesianas

Rosario Padilla, una utrerana de adopción con más de media vida impartiendo clases en las Salesianas

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Hay personas como Rosario Padilla que se adelantan a su tiempo y que son capaces de trascender el espíritu y las costumbres del lugar en el que les toca vivir. Nació en 1935 en La Línea de la Concepción (Cádiz), pero cuando tenía poco más de 20 años el amor se le cruzó en su camino con el aroma de Utrera. Cambió la brisa marinera por el paisaje infinito de la campiña, a donde trajo su vocación por enseñar, siendo maestra en el colegio «El Divino Salvador» -las Salesianas- durante 34 años.

Rosario recuerda cómo en su juventud no había prácticamente nada en La Línea, por lo que sus estudios los tuvo que realizar entre Málaga y Ceuta, mientras que el ingreso de Magisterio lo hizo en Valencia. Era una mujer valiente, con numerosas inquietudes, interesada en la cultura y que incluso soñaba en aquellos tiempos difíciles con estudiar Pedagogía. A mitad de los 50 llega su primera experiencia como interina en Tarifa, enseñando a niños muy pequeños, aunque confiesa que «a mí no me gusta enseñar a los párvulos, porque a mí no se me daba bien cantar, no tenía paciencia y quería que aprendieran a leer cuando sólo tenían tres años».

Lectora empedernida, Rosario mostró una marcada personalidad desde muy pronto, y todavía hoy es capaz de recordar cómo se vivía en las cercanías del estrecho de Gibraltar el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, ya que «casi todos los días escuchábamos aviones y las playas estaban alambradas».

Cuando conoció a su marido -natural de Utrera-, mantuvo en primer lugar una relación de cuatro años por carta, hasta que, ya con 24 años, deciden instalarse en la localidad utrerana. Su esposo se dedicaba al pintado de rótulos, pero de una manera artesanal, contando con un talento innato para el dibujo ya que, como ella misma cuenta, «era capaz de pintar un taxis en 20 minutos».

Esta utrerana de adopción ha compuesto las siguientes frases, llenas de auténtica emoción que resumen a la perfección todo lo vivido en estas seis décadas: «No soy de Utrera aunque en ella vivo, cuando vine aquí fue casi un castigo no ver nunca el mar, ese gran amigo que me vio nacer y su suave brisa siempre fue conmigo. Pasados los años, ya con mi familia, trabajo y amigos, resultó más fácil mirar a los campos de algodón y olivos, de eso hace ya tiempo. Vivir en Utrera es para mí un sosiego inmenso, y eso que falta quien yo más quiero, el ser que me trajo a este su pueblo. He echado raíces, mis hijos, mis nietos, el mar lo visito cada vez que puedo, mas no quiero irme, pues este es mi pueblo, yo nunca pensé que querría a Utrera como hoy la quiero».

Una vez que Rosario llegó a Utrera, dedicó sus primeros años a criar a sus hijos, hasta que movida por su amor a la enseñanza comenzó a impartir clases en el colegio «El Divino Salvador» en el año 1966, mientras que de manera previa disfrutó de una bonita experiencia impartiendo también clases en El Palmar de Troya. «Después del sacrificio que se había hecho en mi familia para que yo pudiera estudiar, me daba mucha pena no ejercer», explica. Hasta el año 2000 pasaron por sus clases miles de alumnas que guardan un recuerdo imborrable de esta maestra pionera, que todavía a día de hoy sigue teniendo en su interior el gusanillo de la enseñanza, «ya que hoy le sigo riñendo a mi gente cuando veo faltas de ortografía en el WhatsApp». Comenzó cobrando unas 4.000 pesetas al mes y explica que ya en su última época como maestra, «tenía algunas dificultades con la carga administrativa y burocrática que se nos pedía a los maestros».

Esta linense, que ama con todas sus fuerzas tanto su lugar de nacimiento como su localidad adoptiva, confiesa que al principio le «costó adaptarse a Utrera, ya que yo en La Línea me movía en un ambiente muy distinto, donde todas mis amigas eran estudiantes». Una mujer a la que nunca le importaron demasiado las absurdas convenciones sociales, que viajó a Italia gracias a un premio por sus buenas notas a finales de los 50, que si no le gustaba la película que iban a ver en el cine sus amigas, entraba en otra ella sola, y que al estar un poco delicada de la vista que tantas letras ha devorado a lo largo de su vida, no puede disfrutar de la lectura como le gustaría y que muy acertadamente a aquellos que buscan excusas a la hora de decir que no tienen tiempo para leer les habla muy claro: «Cuando te gusta leer, sacas tiempo de donde sea».

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Redacción de Utreradigital.com

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