Un repaso por la historia de la Semana Santa de Utrera

Un repaso por la historia de la Semana Santa de Utrera

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Las calles de Utrera llevan varios siglos siendo testigos del paso de las hermandades que, a lo largo de la historia, le han dado personalidad a la Semana Santa. Una celebración que ha ido adaptándose a las características propias de cada tiempo y que tal y como hoy en día la conocemos, solo guarda ciertas similitudes con las primeras cofradías. Muchas son las tradiciones que paulatinamente se han ido perdiendo, y también otras costumbres las que se han ido imponiendo con el paso de los años, aunque el fundamento de la Semana Santa, sigue siendo el mismo: conmemorar la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

No dista en demasía la historia de la Semana Santa de Utrera de cómo surgió esta tradición en numerosas poblaciones españolas, aunque sí es cierto que el pueblo andaluz ha sabido dotar a estos días de un cierto sabor especial. En el siglo XV, al final de la Reconquista cristiana, comienzan a surgir muchas hermandades y cofradías gremiales, que se creaban para salvaguardar los intereses de las diversas familias profesionales existentes. La mayoría de estos colectivos eran eminentemente laicos, aunque también profesaban culto a alguna imagen o patrón. Este es el germen de la Semana Santa, ya que estas primigenias hermandades comenzaron a llevar a cabo pequeños recorridos o vía crucis.

En torno a la primera hermandad surgida en Utrera, la de la Vera-Cruz, existe disparidad de teorías. Hay quienes la sitúan en el siglo XV, de la mano de la orden de los franciscanos, teniendo su primera sede en el convento que los propios franciscanos habían levantado en los terrenos que actualmente ocupan el cementerio municipal. Sin embargo, la propia corporación ubica su origen en 1280, cuando se autoriza una hermandad de la Vera-Cruz. No obstante, aunque en aquella época existiera un grupo de fieles en torno a la Santa Cruz, la cofradía reconoce que no puede tomarse esa fecha como fidedigna de manera plena, ya que todas las hermandades de la Vera-Cruz se fundan a imitación de la primera de este título, la de Toledo, así como de sus coetáneas, las de Valladolid y Sevilla, que lo hacen en el siglo XV, siendo esta última de 1448.

Ya con la llegada del siglo XVI y el auge de la Contrarreforma, las hermandades experimentan un auge importante, y se crea en Utrera la hermandad del Santo Entierro, que tenía su sede en la Vereda.

Hasta este período, las hermandades en Andalucía seguían lo que se ha denominado «estilo castellano», y no tenían nada que ver con lo que los cofrades actuales están acostumbrados a contemplar en la Semana Santa. Con la llegada del siglo XVI irrumpe el llamado «estilo sevillano», popularizado por la hermandad del Silencio hispalense, que da culto a la imagen de Jesús con la cruz a cuestas (nazareno) y realiza su estación de penitencia en la madrugada del Viernes Santo.

Es en este momento cuando en Utrera se recoge este testigo y aparece la hermandad de Jesús Nazareno, aunando las características propias que daban personalidad a la Semana Santa de Sevilla. Ya en el siglo XVIII aparece en escena también la hermandad del Rosario de la Trinidad, ubicada en la capilla de la calle Cristo de los Afligidos, y que introduce como principal novedad el hecho de que, según sus reglas, no podían formar parte de ella personas de la nobleza. En estos siglos las cofradías eran muy estrictas a la hora de admitir a hermanos en sus filas, quienes tenían que probar rigurosamente su «limpieza de sangre» y su cristiandad.

En los siglos XVIII y principios del XIX, llega una época pésima para las hermandades, no solo en Utrera sino en toda España. Los objetivos que daban fundamento a estas corporaciones religiosas son olvidados por los cofrades, e incluso Carlos III termina prohibiendo la formación de hermandades gremiales. Con el siglo XIX no termina de mejorar la situación, primero las dificultades que plantea la invasión francesa y luego con el período de la desamortización, hacen que el XIX no sea un buen siglo para la religión. Al final de esta centuria, solo procesionan dos hermandades en la Semana Santa de Utrera: la hermandad de Jesús Nazareno, en la madrugada del Viernes Santo; y la Vera-Cruz, en la noche del Viernes Santo. Es una época en la que se instauran tradiciones que después terminarían perdiéndose como las «Saetas de las Claras de Utrera», que cantaban las monjas Clarisas; o la llamada «agachaíta», en la que el pueblo intentaba que los dos pasos de la hermandad de Jesús Nazareno se encontraran frente a frente. Las dos cofradías contaban en sus filas con un cuerpo de «armaos», que la hermandad del Santo Entierro mantendría hasta mitad del siglo XX.

Con la llegada de la Guerra Civil, vuelve la inestabilidad para la Semana Santa de Utrera, aunque provoca que resurja la hermandad de la Trinidad, que realiza una salida procesional para pedir precisamente el fin de la contienda. Son tiempos convulsos, en los que incluso se vivieron en Utrera episodios de profanación de algunas imágenes.

La tranquilidad no llega hasta los años 50 del pasado siglo XX, cuando las hermandades se centran principalmente en llevar a cabo obras de caridad. Es en esta década cuando se funda la hermandad del Silencio, que trae un nuevo concepto a la Semana Santa de Utrera con su austeridad y solemne estación de penitencia.

Se crea también la Junta de Hermandades, que instituye conceptos como la Carrera Oficial, el Pregón o el Cartel. Esta inercia es aprovechada también por la hermandad de los Muchachos de Consolación, fruto del fuerte movimiento cristiano obrero que se vive en la época.

La década de los 60 y los 70 son también sinónimos de buenos tiempos para la Semana Santa, una tras otra ven la luz las hermandades de los Aceituneros, los Estudiantes y la Quinta Angustia. De esta forma, la Semana Grande utrerana queda prácticamente completada, con cofradías todos los días, con un número incipiente de nazarenos y con numerosas bandas de música que brindan un complemente perfecto.

Aunque todavía quedaba sitio para una hermandad más, la de los Milagros, que realizó su primera salida procesional en el histórico año 2007, coincidiendo con la celebración del Año Jubilar, y el Santo Entierro Grande. Una hermandad que poco a poco se va consolidando y convirtiéndose en una corporación indispensable en el Viernes Santo utrerano.

Unas costumbres se han perdido, dando paso a nuevos ritos, pero lo cierto es que cada Domingo de Ramos, el pueblo de Utrera viste sus mejores galas para recibir a la popular Borriquita. Comienza de esta forma un estado de catarsis que no se abandona hasta que el Santo Entierro llega a su templo de la iglesia de San Francisco. Aunque ese es el momento en el que de nuevo comienza la cuenta atrás para la siguiente Semana Santa, algo que lleva ocurriendo desde hace cientos de años.

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