Un conmovedor paseo en Utrera por la «ciudad del silencio»

Un conmovedor paseo en Utrera por la «ciudad del silencio»

Son miles las personas que acuden al cementerio en vísperas del día de los «Fieles Difuntos», para preparar a conciencia el camposanto. Una tradición arraigada en la que se lustran las lápidas y se adorna con flores las tumbas de los seres amados, además de convertirse en una perfecta ocasión para contemplar las obras funerarias construidas.

Una festividad la de los «Fieles Difuntos» que la mayoría de las personas que la celebran desconocen su auténtico origen. Se trata de una celebración anterior al cristianismo, «la noche celta del Samhain», que en el año 840, por orden del Papa Gregorio IV, se transformaría en la fiesta que conocemos en la actualidad.  Intentando mitigar la influencia pagana mezclándola con la cristiana, hasta hacer desaparecer el recuerdo del Shamhain con el paso de los siglos.

El cementerio de Utrera es un lugar místico del siglo XIX, que alberga rincones únicos, rebosantes de una extraña, y en ocasiones compleja, belleza. Un enclave que envuelve al visitante en una atmósfera especial entre lo poético y lo lúgubre. Construido por Clemente de la Cuadra, en los terrenos donde históricamente se habían asentado los franciscanos, quienes tenían en la capilla de San Francisco, del siglo XVIII, su principal templo.

Con flores o sin ellas, los vivos se aproximan especialmente cada mes de noviembre al lugar del eterno reposo de los restos de sus seres queridos. La urbe del silencio o del recuerdo podría llamarse, es una ciudad dentro de otra, donde a finales del mes de octubre y a principios del mes de noviembre, el bullicio reina por parte de quienes acuden a adecentar las lápidas y nichos de sus familiares.

A primera hora de la mañana en su mayoría, son muchas las mujeres que llegan al cementerio cargadas de utensilios para el saneamiento y labores de pintado con el fin de embellecer el lugar. Señoras que montadas en escaleras pintan minuciosamente los nichos. Un trabajo que cuidan al mínimo detalle, incluso utilizan tijeras para quitar cualquier resto de suciedad que pueda quedar sobre los números que aparecen en las lápidas.

La necrópolis local mezcla bellos mausoleos con otros afectados por los estragos del abandono. Inevitable paso del tiempo, que también divide entre pudientes y menos pudientes a los fallecidos. Estos últimos deberán conformarse con el hacinamiento del llamado modelo anglosajón, ejemplo de necrópolis moderna, alejada de la monumentalidad de otras zonas del cementerio municipal.

En esta última se encuentra una de las tumbas más antigua y misteriosas que alberga el cementerio utrerano, es la del ilustre personaje doctor Pastor. Un monolito de marcada inspiración egipcia, que fue levantado en el año 1869, y sus inscripciones y diseños la convierten en una de las más bellas y enigmáticas de todo el cementerio. Cuenta la leyenda que el doctor padecía catalepsia, un trastorno cuyos síntomas en aquella época eran muy difíciles de distinguir de la muerte. Por lo que quizás habría sido enterrado vivo creyéndose fallecido.

Un paseo interesante puede ir del panteón de la familia Cuadra, que se encuentra en la zona más noble y conmovedora del cementerio, a los más actuales, el del artista Enrique Montoya o las cantaoras Fernanda y Bernarda.

En su origen, el camposanto habilitó una zona conocida popularmente como el «patio de los suicidas» donde recibirían sepultura aquellas personas que se habían quitado la vida, los no creyentes o simplemente aquellos que no profesaban la religión católica y no podían ser enterrados en tierra bendecida.

Curiosamente, se encuentran epitafios, normalmente piezas literarias llamativas que invitan a la lectura a aquellos que visitan el lugar. «Fuiste una bella realidad y ahora eres un bello sueño» y «Cuánto amor nos dejas y cuánto amor te llevas»  son frases que rezan en algunas de las miles de lápidas que se encuentran en el camposanto. Grabados de pasajes bíblicos: «Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia y todas esas cosas os serán añadidas». Algunos más tétricos como el tallado sobre el mármol de la lápida de una señora: «Vivió y murió sufriendo eternamente». Otros sobre un más allá, que incluso el agnóstico desea creer: «Al final la gran alegría ¡ya estoy con Dios! Pues llegué a esta gran meta. ¡Gracias a la vida!».

Un sobrecogedor paseo en el que se encuentran dibujos cariñosos de nietos a sus abuelos fallecidos. Otros, más impactantes, al tratarse de menores, en el que se puede observar cómo los familiares adornan el lugar con peluches u objetos de sus equipos de fútbol favorito, en muestra del amor al ausente.

La muerte, un tema que siempre ha estado presente entre los grandes autores y pensadores. Así lo decía José Espronceda en su poema «La desesperación». Entre sus renglones tienen cabida cementerios, catástrofes: «Me agrada un cementerio de muertos bien relleno, manando sangre y cieno que impida el respirar, y allí un sepulturero de tétrica mirada con mano despiadada los cráneos machaca». También Ramón Gómez de la Serna, uno de los más originales prosistas de nuestro siglo, enamorado de las proximidades de la muerte, dejó escrito: «No hay nada que más despierte que vivir sobre la muerte».

Pero ¿qué es la muerte?, pregunta que todos se hacen, y sobre la que el pensamiento no deja de reflexionar. Al escuchar los cañonazos de la batalla de Borodinó, el príncipe Andreu Boltanski, en la «Guerra y Paz» de León Tolstói, se preguntó, «¿Es la muerte?»

La muerte inevitable, vertiginosa y terrorífica por lo imprevisible. Pero como escribió el poeta sevillano, Antonio Machado: «La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros ya no somos».

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