La patrona de Utrera sale de su templete para presidir un reformado altar del santuario de Consolación

La patrona de Utrera sale de su templete para presidir un reformado altar del santuario de Consolación

La restauración del retablo mayor del santuario de Consolación ha traído consigo cambios destacados en el altar. El comienzo de las obras obligó a que la patrona de Utrera dejara temporalmente su camarín, para pasar a ocupar su paso procesional y presidir así el templo.

De este modo ha permanecido hasta ahora, cuando ha vuelto a reorganizarse todo el entorno del presbiterio. Quienes acudan al santuario van a poder contemplar una estampa inédita de «la del barquito en la mano». Una vez recuperada la tarima que hace las veces de altar mayor, el paso con el templete que cobijaba a la Virgen ha sido retirado y la imagen ha pasado a ocupar una mayor altura que hasta ahora.

Cobijada por cuatro blandones, se ha instalado una estructura en cuya parte central se encuentra el sagrario. Mientras, coronando la zona superior, sobre la peana confeccionada para sus besamanos, puede contemplar a la patrona de Utrera. Aunque la imagen aparece fuera de su templete, la disposición con la que se ha diseñado este montaje permite al espectador, al observarlo en perspectiva, ver a la Virgen de Consolación como si estuviera en su propio templete. Es posible ya que como fondo se encuentra el telón que se instaló con el inicio de las obras de restauración, en el que se reprodujo el retablo en su totalidad, incluyendo el camarín de la imagen. Está previsto que permanezca esta disposición hasta que culminen las tareas que se desarrollan en la actualidad.

El pasado verano comenzaba este importante proyecto que va a permitir devolver al retablo mayor del santuario el esplendor con el que fue concebido. Un equipo formado por 11 restauradores, además de biólogos, químicos, físicos, matemáticos, arquitectos e historiadores, están llevando a cabo la intervención sobre esta pieza artística, una joya del patrimonio de la provincia de Sevilla, con unas colosales dimensiones -15,5 metros de alto y 12 metros de ancho-.

A partir del siglo XIX, el retablo comenzó a sufrir numerosas agresiones externas, entre las que destacan la entrada de agua y humedad en el santuario, provocando que su estado ahora fuera alarmante. A todas las agresiones externas que en los diferentes avatares históricos ha tenido que soportar el retablo, se une el daño que le han hecho en los siglos XIX y XX distintas reparaciones realizadas por manos no precisamente expertas.

Una vez que terminen las obras, no sólo va a volver a la vida el propio retablo, ya que también está prevista la intervención en todo el presbiterio, en las pinturas murales, la mejora de la iluminación artística y la armadura de la cubierta –ésta última del siglo XVI-.

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