Juan Moreno Rubio, un comerciante que regentó durante más de tres décadas el «Bar Manzanilla»

Juan Moreno Rubio, un comerciante que regentó durante más de tres décadas el «Bar Manzanilla»

A sus 88 años, Juan Moreno goza de una memoria prodigiosa y es capaz de retroceder en el tiempo con suma facilidad y recordar cómo a los tres años, «tomaba una ristra de ajos imaginaria y me dedicaba a pregonar por las calles la mercancía». En su interior latía ya un corazón intrépido y aventurero, por lo que desde muy pequeño tenía claro que era al mundo del comercio a lo que quería dedicarse. Poco a poco fue sentando las bases para ese deseo pudiera convertirse en una realidad.

Nació en Los Molares, y las circunstancias de la época provocaron que apenas pudiera ir al colegio -asegurando con una gran sonrisa que no pierde nunca- que «apenas fui unos días al colegio y no aprendí nada». El hecho de no poder recibir las lecciones básicas no significó que Juan no tratara de formarse, ya que recuerda cómo aprendió «las tablas de multiplicar mientras trabajaba en el campo cuidando a los animales y estudié Técnico Superior Comercial por correspondencia».

Con apenas 17 años, se trasladó junto a su familia a vivir en el entorno del pantano Torre del Águila, de El Palmar de Troya, en un pequeño núcleo de viviendas que se ubicaba en las cercanías de la presa. Allí se ocupaba, junto a su padre, de la distribución de los productos que los habitantes de los cortijos y rancho de la zona adquirían a través de las cartillas de racionamiento. Eran tiempos duros, en los que la carestía de lo más elemental era sobrellevada por los ciudadanos como buenamente podían y Juan incluso acudía en bicicleta hasta Utrera para buscar algunos de estos productos, que posteriormente los clientes acudían a su establecimiento a retirar. Materias básicas como el aceite, el azúcar, las legumbres o el café.

A pesar de estar rodeado de explotaciones agrícolas, si algo tenía claro este utrerano de adopción es que no quería trabajar en el campo, ya que entendía que en el mundo del comercio y de los negocios estaba su futuro. «Aquella era una vida muy aburrida», confiesa Juan, que a medida que el trabajo iba faltando, comenzó a buscar diferentes opciones, hasta que comenzó en el mundo de la distribución de los vinos. Con poco más de 20 años de edad, el asunto poco a poco fue prosperando, asegurando que vendía por toda la zona «un camión con 260 garrafas de vino, cada una de ellas de 16 litros, cada 20 días».

Corría el año 1962 cuando Juan recaló finalmente en Utrera donde, además de seguir con la distribución de vinos, alquiló en primera instancia y posteriormente compró el conocido «Bar Manzanilla», ubicado en el local que en la actualidad hoy ocupa el bar «El Trébol», entre las plazas de la Constitución y del Altozano. Un establecimiento que pronto comenzó a convertirse en uno de los más frecuentados de Utrera, famoso por la apuesta por la manzanilla, por las alitas de pollo y por las tortillas de patatas que hacía su mujer María Luisa Martín, con la que tuvo ocho hijos.

Juan llegó a tener hasta cinco establecimientos en Utrera y también en otras localidades, como por ejemplo en Arahal, donde fundó la conocida bodega «Mazaroca». Al mismo tiempo, continuaba con la distribución de los vinos en numerosas localidades y se convirtió en el distribuidor de la cerveza Mahou en Utrera. Ha sido siempre un auténtico enamorado y estudioso del vino, en especial de la manzanilla, un producto por el que apostó cuando apenas tenía presencia en el mercado y que contribuyó a introducir en numerosos lugares, como por ejemplo en la feria de Sevilla, donde en aquellos años predominaba más el fino. «Es un bulo que la manzanilla haya que ir a Sanlúcar para poderla saborear bien», explica Juan entre risas, quien ha servido como nadie en Utrera las mejores copas de este producto.

En la actualidad, este intrépido comerciante está acometiendo la complicada tarea de escribir sus memorias. Está volcando en un libro los datos que guarda en su prodigiosa memoria, escribiendo poco a poco la historia de su vida y por todas las aventuras por las que ha pasado. A mano y enfrentándose al papel en blanco, Juan está legando a las generaciones futuras todos sus recuerdos. «Apenas tengo faltas de ortografía, he ido poco a poco aprendiendo las reglas y una de mis hijas me ha regalado un diccionario para que me ayude a la hora buscar las palabras adecuadas», asegura Juan, quien con una sonrisa maliciosa confiesa que, además de sus memorias, también anda enfrascado en otro trabajo literario «un poco más picante».

La vida de Juan es una historia de superación, un ejemplo de que es posible conseguir las metas que uno se marca en la vida, encarando cada situación con optimismo y alegría, y si es posible, no hay mejor opción de disfrutar de una buena tertulia alrededor de una exquisita manzanilla bien servida.

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