El trapecista Moreno Bonilla

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No sé si al presidente de la Junta de Andalucía le gusta la tauromaquia. Lo digo, porque todo buen aficionado, en sus sueños más profundos, sean estos calderonianos o quevedianos, se ha visto a sí mismo toreando en la Maestranza, tomando la alternativa y saliendo a hombros por la puerta del Príncipe, mientras las onomatopeyas líricas de los olés llegaban desde el Arenal a Triana, entre la avenida de Colón y el puente. Pero resulta que donde, no en la ficción, sino en la realidad, se vistió de blanco y oro no fue en el coso maestrante, sino en el antiguo hospital de las Cinco Llagas. Juan Marín, como padrino, y el juez Serrano, como testigo. Pronto se percataron el observador y el cronista de que, en la travesía del desierto, el malagueño no tiró por la borda la experiencia adquirida, sino que la empleó como sabia lección para conocer los secretos de la política y, en concreto, de la andaluza. Su discurso, con guiños a derecha e izquierda, como un funámbulo, el cual se ha hecho trapecista, caminó por el alambre, como Philippe Petit, hasta llegar a la votación y sumar los votos de Ciudadanos y Vox.
En lo que concierne al discurso en sí mismo, Bonilla se mostró como un político que ha sabido entender que la metáfora, entre literaria y filosófica, del tren, bien sea proustiana o bien kantiana, la asimiló con sapiencia aristotélica. Y, de esta forma, el líder del Partido Popular de Andalucía, cuando antes de las elecciones, estaba más cerca del infierno que de otro círculo de Dante, supo estar en el momento oportuno en el lugar adecuado. Así, cuando vio pasar el tren por delante no dudó ni un instante en dar el salto para subirse, entre la desolación de la reina de Triana, que no podía dar crédito a una escena, que vale más que mil palabras. «Mas en cuanto cambiaron los tiempos, aprovechando la ocasión, pusiste en circulación el genio de tu padre, aquel genio condenado a las llamas», caligrafió Lucio Anneo Séneca, cuando las horas eran la voz de los siglos en la memoria de los días. Juan Manuel Moreno ha pasado de pedir al presidente de su partido, Pablo Casado, que le abriera las puertas para ir al senado a presidir el Gobierno de Andalucía. Cuando apostar por esta posibilidad era una negación que ni las encuestas más optimistas podían certificar; salvo en los comentarios de quienes piensan entre la ficción joyceana que los minutos nunca llegan a sumarse a los sesenta segundos de un imposible.
Desconozco si el señor Bonilla ha visto la película estrenada en 1956, Trapecio. No sería una mala inversión del tiempo que dura la tarde juanramoniana del recuerdo la viera o, en su caso, la volviera a ver. Podrá aprender, con el objetivo de aplicar la enseñanza a la gestión política, en qué consiste el triple salto mortal, que practicaba, hasta sufrir un grave accidente, que segó de raíz su brillante carrera, Mike Ribble, o sea, Burt Lancaster. Pero de esa lección y de esa destreza mágica va a ilustrarse el joven Tino, o sea Tony Curtis, seducido, lo mismo que el maestro, por la belleza sensual de Lola; o sea, Gina Lollobrigida. Ese triple salto es el que el presidente de la Junta va a tener que dar, siempre que la ocasión lo requiera, con motivo del pacto con Vox, por un lado, y con Ciudadanos, por el otro. Y más aún, si tenemos en cuenta las diferencias que hay entre la formación de Santiago Abascal y la de Albert Rivera. Puesto que es palmario y perspicuo que Juan Manuel Moreno, Juan Marín y Francisco Serrano nunca llegarán a formar el triángulo de Burt Lancaster, Gina y Curtis.
Muy funámbulo, volatinero, acróbata, trapecista y equilibrista deberá ser el malagueño, cuyas raíces están en Alhaurín de la Torre. Gobernar Andalucía no es una asignatura que resulte fácil. Por ello mismo, tendrá que mirar a los retratos de dos de sus políticos predilectos, Winston Churchill y John F. Kennedy, para que lo inspiren y guíen en los momentos complicados, intricados y peliagudos. Alguna vez, contemplará, desde la tribuna de oradores, a Susana Díaz para darle a entender que un hecho es estar en la oposición y otro, gobernar. Desde la calle del marqués de Larios hasta el palacio de san Telmo hay metáfora y media. O más. Ha llegado la hora de la verdad, maestro. Y, ahora sí, usted es el presidente. Un logro en su carrera política que ha conseguido entre el pacto y el destino, cuando en su partido ya pedían su cabeza, como Herodes Antipas pidió la del Bautista en una bandeja de plata. «Saber olvidar más es dicha que arte», escribió Baltasar Gracián. Y usted debería saberlo, presidente.

Manuel Peñalver

Manuel Peñalver

Sobre Manuel Peñalver

Fue catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Ruiz Gijón (1980-1990). Autor de numerosos estudios, artículos y libros sobre la lengua española. Articulista en periódicos como Diario16, El Correo de Andalucía, La Razón, ABC, Ideal, El Mundo, Diario de Almería. Actualmente, es catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería.

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