La oratoria de Inés Arrimadas

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Inés Arrimadas es esa musa petrarquista y garcilasiana, quevediana y becqueriana, la cual pudieran haber pintado Velázquez o Murillo, Boticcelli o Caravaggio, Edgar Degas o Édouard Manet, Tiziano o Rubens. Sin embargo, la jerezana, a quien el Atlántico convirtió en diosa en la playa gaditana de la Caleta, allí donde La Habana es Cádiz, con más negritos, y Cádiz, La Habana, con más salero, en la letra de Antonio Burgos y la voz de Carlos Cano, es antes una heroína, entre la literatura y el cine. Aunque también sea pintura y escultura, sonrisa y armonía en la meditación naranja del zen. Inés Arrimadas es, de este modo, Elizabeth Bennet de Orgullo y prejuicio, de Jane Austen; Jane Eyre, de Charlotte Brönte; Hester Prynne, de La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne, Josephine March, de Mujercitas, de Louisa May Alcott, Lucye Pevensie, de Las crónicas de Narnia, de C. S. Lewis o Lucía, de la Maga, de Rayuela, de Julio Cortázar.
Esta andaluza, guapa y dulce, de mirada cinematográfica y sonrisa veneciana, una Gioconda del siglo XXI, ha desafiado a su propio destino para llegar a ser una de las grandes mujeres de la historia de España. Su presencia en el parlamento de Cataluña es la voz a ti debida, que pone métrica de Pedro Salinas a las sílabas y fonemas de la palabra libertad, hasta esculpirla con las letras cervantinas de la dieciochesca imprenta de Ibarra, como una nueva Dulcinea, que busca Alonso Quijano en el puerto de Barcelona. Las Ramblas, arriba, cante por bulería, el flamenco de Camarón, la guitarra de Paco de Lucía y el gitano Antón de Peret, entre una copa de manzanilla y unos langostinos de Sanlúcar; entre Doñana y el Guadalquivir, orilla, orilla. La dialéctica de Arrimadas (¡lo siento, señor Sánchez!) es la única que pone a Quim Torra al borde de su propio abismo y le hace entender y comprender, al fin, que Cataluña no es un cortijo, sino una parte de España, que su proyecto esperpéntico y maquiavélico quiere convertir en una odisea infinita del despropósito. Una huida hacia adelante que la política ibuprofeno (¡Borrel dixit!) del Gobierno no ha podido parar ni en el quinto sueño de don Quijote, camino de su retorno, entre la sanchificación y la quijotización. Ni Rajoy, ni madame Ambiciones, o sea, Soraya Sáenz de Santamaría, antes. Ni Sánchez, ni Carmen Calvo, ahora.
Larra y Camba, Ruano y Umbral se preguntarían por qué y escribirían un artículo sobre la nariz de Torra. Pero nadie mejor que la reina de Ciudadanos para recitarle al ínclito señor el soneto quevediano como una rapsoda, recorriendo la ciudad desde las Ramblas al Camp nou. «Érase un hombre a una nariz pegado /érase una nariz superlativa, érase una alquitara medio viva, //érase un peje espada mal barbado. / Era un reloj de sol mal encarado, / érase un elefante boca arriba, / érase una nariz sayón y escriba, / un Ovidio Nasón mal narigado. / Érase el espolón de una galera, / érase una pirámide de Egipto, / las doce tribus de narices era. Érase un naricísimo infinito, / frisón archinariz, caratulera, / sabañón garrafal, morado y frito /.». La nariz de Torra, con la voz hecha soneto de la ninfa gaditana, puede llegar a ser métrica y rima, sílaba y sintagma, memoria y recuerdo, altivez y orgullo, antología y sublimidad, hipérbaton y sintaxis, aliteración y onomatopeya, quiasmo y sinestesia, hipérbole y metonimia, metáfora y prosopopeya, encabalgamiento y sinécdoque, polisíndeton y asíndeton. Pero, muy a su pesar, el señor Quim Torra debe saber que, por muy literaria, quevediana y gongorina que sea su nariz, nunca será la seña de identidad de Cataluña, entre el vino y el cava, entre un gol de Leo Messi y una internada por la banda de Dambelé. Es posible que de seguir don Quim I el Empecinado en el laberinto de su equivocación, la señora Arrimadas se niegue a cantar a los cuatro vientos la excelencia de nariz tan cimera y prominente y el president se quede como el gallo de Morón; sin plumas y cacareando en la mejor ocasión. «Tomó Diógenes un gallo, quitole las plumas y lo echó en la escuela de Platón».
Doña Inés Arrimadas debe seguir leyendo poesía hasta que encuentre otro soneto digno de las napias de don Quim. Seguro que lo hallará entre sinalefas y sinéresis, entre cuartetos y tercetos, entre rimas y leyendas. La diosa gaditana tiene mucho talento y sabiduría, constancia y perseverancia y descubrirá el poema, que sorprenda al muy honorable señor. A lo mejor, escribiéndolo ella misma entre pergaminos y manuscritos, entre endecasílabos y polisemias. Pues esto es la nariz nariguda de don Quim: verso y estrofa. Dorso y reverso. Quevedo y Góngora. Con la melodía de doña Inés. Un fandango de Huelva. Y una copa de Jerez.
Manuel Peñalver

Manuel Peñalver

Sobre Manuel Peñalver

Fue catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Ruiz Gijón (1980-1990). Autor de numerosos estudios, artículos y libros sobre la lengua española. Articulista en periódicos como Diario16, El Correo de Andalucía, La Razón, ABC, Ideal, El Mundo, Diario de Almería. Actualmente, es catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería.

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