EL ESCUPITAJO A BORRELL

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Leyendo a los clásicos, descubriremos aquel Tesoro de la lengua española o castellana, que daba título a la gran obra de Sebastián de Covarrubias y Horozco en 1611. Un diccionario monolingüe, el primero del español, y el antecedente directo del Diccionario de Autoridades (1613-1639) de la Real Academia. Por ello mismo, para saber qué es un escupitajo, entre la raíz y el sufijo, ningunas lecturas más ricas que el Lazarillo de Tormes, el Quijote, El buscón quevediano o el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán. Un escupitajo es una ofensa a la memoria, al recuerdo, a la historia, a la dignidad, a la vida, a la filosofía, a la razón, al  día, a la noche. Escupitajo es el sinónimo de esputo, de salivazo, de gargajo, de gallo, de pollo, de flema, de escupitinajo, de salivajo, de espumarajo, de escupido, de escupitina, de escupo, de lapo. Palabras, entre el hedor y el insulto, entre la cobardía y la traición, entre la mala leche y la vileza, entre el fango y el ciénago, entre las ratas y las hienas, entre el anonimato y la onomatopeya, que no conocen la grandeza de las palabras.

Un escupitajo es una metáfora rota, raída, ajada, desgastada, mugrienta, deshilachada, harapienta, desflecada, desfilachada, pringosa, sebosa, lardosa, grasienta, nauseabunda, vomitiva, infecta, repulsiva,  inmunda, sucia, nauseabunda, repugnante, que huye de su propia huida, la cual no cabe en verso alguno, y de la que los poemas corren asustados, miedosos, recelosos, como los barcos que naufragan, zozobran, se hunden y se van a pique, entre tanto abandono y descalabro. Un escupitajo es un sintagma mal parido, mal nacido, despreciable, cabrón, hijo de puta, indeseable, que sale de la  boca, como un tiro en la nuca del tambor de un revólver que cava su propia tumba, antes del amanecer en el western de su naufragio. Así, queridos lectores y queridas lectoras, en la Vida del pícaro Guzmán de Alfarache nos encontramos un enunciado,  el cual a sí mismo se explica en la puntualidad de su instante: «Quebramos dos ojos, por cegar uno. Escupir al cielo y caernos en la cara». El que tira la piedra a lo alto, a que le caiga en la cabeza,  se  expone.  «Comenzó a escupir y hacer gestos de asco y de dolor; llegamos todos a él, y el cura el primero, diciéndole que qué tenía», leemos en la prosa esculpida que se hace universal en La vida del buscón, llamado don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños, por don Francisco de Quevedo Villegas.

El escupitajo también se convierte en pregunta que aclare los hechos. El diputado de Ezquerra Republicana de Cataluña niega que escupiera al ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell, en el hemiciclo en el momento de abandonarlo junto a sus compañeros, en solidaridad por la expulsión de Rufián por parte de la presidenta del Congreso, Ana Pastor. ¿Fue el escupitajo verosimilitud o ficción? ¿Se quedó en ensayo, en mueca, en morisqueta, en mohín o en gesto de burla? ¡Que se pronuncie el VAR como en la liga Santander, como si el escupitajo fuera un gol en  fuera de juego, con empujón del delantero al defensa! El VAR de Antonio García Ferreras niega su existencia. La duda hay que despejarla, para saber dónde está la verdad y dónde, la mentira. Pero mientras el gargajo sube o no al marcador, Jordi Salvador contraataca con la multa que ha impuesto la Comisión Nacional del Mercado de Valores a Borrell. «¡Esto sí que es un escupitajo de verdad!», dijo.

La política merece una dialéctica sabia y literaria. Los textos de Lisias, Demóstenes y Cicerón deberían ser leídos por nuestros políticos de forma atenta y dilecta, de manera que esta influencia se observara tanto en el lenguaje verbal como en el lenguaje no verbal. El día que un cronista parlamentario titule su crónica: ¡Ha vuelto Lisias!, la política convertirá su etimología en soneto, ante el cual se inclina el ayer como una metáfora tan real como el alba de los días, que, límpidos, se asoman a la mañana. No es tan difícil. Si en lugar de la demagogia, la sabiduría se hace presente de indicativo, el camino será luz antes que oscuridad.

En lugar de estiércol y  serrín, en el  discurso parlamentario deben sobresalir la inteligencia y la agudeza, la ironía y el lenguaje figurado, la elegancia y la pulcritud, el intelecto y la razón, la instrucción y la didáctica, la formación y la información, la cordialidad y el humor, el respeto y la tolerancia, la virtud y la verdad. Lo aseveró, en enunciado que permanece, Pericles: «El que sabe pensar, pero no  sabe expresar lo que piensa, está al mismo nivel del que no sabe pensar». Entre el sabio y el necio siempre hubo diferencias. Las mismas que entre Lisias y Eratóstenes.

Manuel Peñalver

 

Manuel Peñalver

Sobre Manuel Peñalver

Fue catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Ruiz Gijón (1980-1990). Autor de numerosos estudios, artículos y libros sobre la lengua española. Articulista en periódicos como Diario16, El Correo de Andalucía, La Razón, ABC, Ideal, El Mundo, Diario de Almería. Actualmente, es catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería.

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