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EL ÁRBOL DE LA SANGRE

España 2018 130 min.

Guión y dirección Julio Médem Fotografía Kiko de la Rica Música Lucas Vidal Intérpretes Úrsula Corberó, Álvaro Cervantes, Najwa Nimri, Patricia López Arnaiz, Daniel Grao, Joaquín Furriel, Maria Molins, Emilio Gutiérrez Caba, Luisa Gavasa, Josep Maria Pou, Ángela Molina, Lucía Delgado, Sergio Castellanos, Luka Peros, Mariano Venancio)

Médem plantea en su nuevo trabajo tras ma ma la típica saga familiar televisiva, un género popular desde aquellas míticas Dallas, Dinastía y Falcon Crest, pero dándole una considerable vuelta de tuerca y provocando una trama enroscada y enrevesada que la convierten en algo hipnótico y desde luego sumamente atractivo. Se nutre para ello de un reparto de rostros y cuerpos hermosos, paisajes idílicos y una aparente declaración de principios sobre la unidad de un país que se ve representado en sus múltiples localizaciones y cómo entre todas ellas, donde residen sus protagonistas, se teje otro árbol de infinitas ramificaciones, como el que se levanta frente al caserío vasco en el que la pareja protagonista pretende escribir las memorias de su árbol genealógico común, o el que surge de una familia tan insólita como curiosa, en la que la casualidad se instala con tanta naturalidad que resulta hasta digerible. Médem parece volver con este título al universo que le dio a conocer en la década de los noventa del pasado siglo, con Los amantes del círculo polar a la cabeza, para contarnos una historia de amor influida y condicionada por los secretos y las intrigas de una familia de fuerte carácter y oscuro pasado. La historia de este país diseccionada a grandes rasgos, desde el exilio de miles de niños a Rusia a principios de la Guerra Civil hasta el peligro actual de desintegración, pasando por el terrorismo vasco, la especulación inmobiliaria, la mafia rusa y el tráfico de seres humanos. Todo ello como telón de fondo, o según qué no tanto, para contar una saga familiar de evidente atractivo en la que los parientes viven en Barcelona, Sevilla, Alicante o Bilbao, hablan en nuestras diferentes lenguas y acentos, y viven sus particulares pasiones románticas y sexuales al ritmo de la etérea e hipnótica música de un Lucas Vidal que parece esté jugando a ser Alberto Iglesias, el compositor que mejor supo entender a Médem en las seis películas en las que colaboraron juntos. Quizás para haber resultado mejor película de lo que es debiera haberse recortado un poco su duración, pero eso no merma su vocación de puro entretenimiento maquillado de ambición pero sin las molestas pretensiones que malogran gran parte del producto patrio. Su juego de espejos, simetrías, saltos en tiempo y espacio que a veces se comparten, y pliegues no hacen sino potenciar su carácter atractivo y persuasivo, construyendo una cinta peculiar y desde luego muy personal.