Pedro Sánchez siempre llama dos veces

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No me refiero, aunque el título de este artículo diga lo contrario, a la magnífica película, que, en  su versión de 1946, fue dirigida por Tay Garnette e interpretada por la bella Lana Turner (Cora) y John Garfield (Chambers). El cine, como la misma vida, es una grandiosa metáfora,  que va de la ficción a la verosimilitud, como si Tom Wolfe volviera a escribir. La historia, o si se quiere, la biografía de Pedro Sánchez Pérez-Castejón, desde que en el Congreso extraordinario federal, que se celebró el veintiséis y el veintisiete de julio de dos mil catorce, en el que gano con claridad a Eduardo Madina y a Pérez Tapias, tiene mucho de odisea homérica y de novela cervantina. Como si el presidente del Gobierno, y gran lector de Cervantes, fuera un personaje  entre Ulises, Alonso Quijano y Sancho. Y algo de verdad hay en ello, para entender mejor su peregrinar desde las fechas citadas.

Cuando fue defenestrado, en una guerra suicida entre los sanchistas y los barones, y se formó una gestora, la suerte del madrileño parecía echada. Pero Susana Díaz se abrasó en la contienda, como se demostraría en las primarias de mayo de dos mil diecisiete, y propició la resurrección de Lázaro. La paradoja: quien apoyó a Sánchez para que le guardara la silla y contribuyó a sacarlo de la secretaría general fue vencida en un duelo al sol, donde la militancia vengó el triste episodio del uno de octubre de dos mil dieciséis. Pero Pedro Sánchez siempre llama dos veces, aunque nada tenga que ver con Chambers, el fogoso amante de Cora. Mas no solo Susana Díaz, sino también Mariano Rajoy, Albert Rivera, Pablo Iglesias y los independentistas saben que el nuevo presidente del Gobierno siempre llama dos veces. Una, como un personaje extraído de la Odisea y el Quijote y otra, como el que navega entre la  resiliencia y el budismo para resucitar, cuando lo daban por muerto, y llegar a la Moncloa, tras el jaque mate a Rajoy. Quien desorientado, con el bolso de Soraya en su escaño, huyó del Congreso de los Diputados y se refugió en el restaurante Arahy, en la calle Alcalá, entre el aroma del güiski y la suave textura del solomillo.

 

Sánchez es como un Gary Cooper, que aparenta debilidad para, en el momento menos esperado, ser el Robert Taylor  de Más rápido que el viento. Aquellas palabras de Martin Luther King: «Debemos aceptar la decepción finita, pero nunca debemos perder la esperanza infinita», siempre las caligrafió con dilección. El líder socialista ha hecho muchos kilómetros con el viejo Peugeot de 2005 (por el que no le daban más de dos mil o tres mil euros) hasta llegar al Audi A8 L Security de 2017 oficial, del que ha bajado a Rajoy para subirse él. Y ha pasado de ser un cadáver (político) a ser Gary Cooper  que estás en los cielos, como la película dirigida por Pilar Miró. Ahora, ya en la Moncloa tendrá que hacer también de trapecista para no caer de las alturas. Pero, para llegar a acuerdos con quienes le han votado: Unidos Podemos, ERC, PNV, PDeCAT, Compromí, Bildu, Nueva Canarias, no basta ser acróbata, equilibrista o malabarista, ni siquiera el Richard Widmark de El Álamo, sino el mismo John Ford. Aquel enunciado del mítico director: «Es más fácil conseguir que un actor se convierta en vaquero, que un vaquero, en actor», lo recuerda y valora.

Entre el Pedro de aquel veintinueve de septiembre de 2016, cuando la susanista Verónica Pérez dijo: «En este momento la única autoridad del PSOE soy yo», y este otro de junio de dos mil dieciocho, hay la misma distancia que del infierno al cielo, habiendo leído antes la primera de las tres cánticas de la Divina comedia. Como caligrafiaba Larra no hay que olvidar que estamos en España, donde la envidia se lleva en los genes. «En estos cerca de cinco años que he tenido que vivir fuera de mi España, he sentido como la vieja envidia tradicional española, la castiza, la que agrió las gracias de Quevedo y las de Larra, ha llegado a constituir una especie de partidillo político, aunque, como todo lo vergonzante e hipócrita, desmedrado», escribía Unamuno. Si Pedro Sánchez no quiere morir en el intento, debe ser más John Ford que Gary Cooper y seguir llamando dos veces. Sin olvidarse del Peugeot 405. Al menos para ir, de vez en cuando, a las agrupaciones a jugar al ajedrez con los viejos militantes. Hecho oficial, las metáforas no son las mismas: ni es el Gobierno Frankenstein, que anunció la derecha, ni el Gobierno Che Guevara, que soñó la izquierda. El jaque mate con torre y dama continúa. Sin embargo, Pedro Sánchez no es Bobby Fisher. Ni, mucho menos, Gary Kasparov.   

Manuel Peñalver

 

Manuel Peñalver

Sobre Manuel Peñalver

Fue catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Ruiz Gijón (1980-1990). Autor de numerosos estudios, artículos y libros sobre la lengua española. Articulista en periódicos como Diario16, El Correo de Andalucía, La Razón, ABC, Ideal, El Mundo, Diario de Almería. Actualmente, es catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería.

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