La agonía de Rajoy

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No sé si el ya ex presidente del Gobierno, Mariano Rajoy Brey, ha visto la película El último pistolero, en la que John Bernard Books, o sea el mítico John Wayne, hace de pistolero. Pero queda claro que no es un matón cualquiera, ya que su referente resulta ético y moral, por lo cual no es un es un ladrón y, menos aún, un forajido o un bandido. Cuando el cáncer lo sorprende de forma aviesa y traidora, ya solo van quedando los recuerdos y la memoria de lo que pudo haber sido y fue. La cruel enfermedad que va minando su salud no es una bala que sale disparada de un colt o un winchester más rápido, porque no había ninguno que fuera superior al suyo. Mas al gran Wayne no le queda más remedio que volver a desenfundar su revólver, como en las mejores ocasiones, para saldar unas cuentas pendientes con tres peligrosos forajidos, con tres siniestros bandidos, con tres desalmados, que matan sin conciencia, sin remordimiento y sin más principios que aquellos que salen, tan rápidos como el viento, de la pistola o del rifle.

La enseñanza de este inolvidable western no es una didáctica cualquiera: John Bernard Books, el último pistolero, a pesar de su rudeza y de su aire fanfarrón, cree en la ley y a ella se atiene. Por lo que el film en el cual le acompañan en el reparto la bellísima Lauren Bacall y el singular James Stewart, junto a Ron Howard y Richard Boone, es una hermosa metáfora del cine que se proyecta en la vida, en la política y hasta en la moción de censura que ha hecho posible que el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, desaloje a Rajoy del palacio de la Moncloa, por ciento ochenta a favor frente a ciento sesenta y nueve en contra y una abstención. Pero la metáfora no ha acabado: John Wayne, o sea, John Bernard Books, no puede morir de cualquier modo. Un hombre, que cree en sus valores, aun cuando el cáncer lo está destrozando, no puede permitir que la muerte acabe con él, postrado en la cama. Quien era conocido como el hombre del colt 45 y consiguió vencer en duelo a los cinco forajidos más siniestros y viles, y alcanza la gloria del héroe, tenía que morir (lo que estaba escrito) de pie. Los héroes, como en El último pistolero, en La diligencia o en El álamo, héroes son desde el principio al fin. Aun con las circunstancias o la adversidad, en contra del guion.

Mas el señor de Pontevedra, nacido en Santiago de Compostela, o sea, don Mariano, fumando puros en las orillas del tiempo, no ha sabido convertir nunca el paso de las horas y de los días en reflexión hegeliana, proustiana o borgeana. Y la moción de censura, por encima de los pormenores, más o menos afortunados de la misma, con los votos en contra de PSOE, Podemos, Compromís, ERC, PDeCAT, Bildu y PNV, la ha perdido entre la insignificancia. Aun con la sombra perversa de la Gürtel reflejada en él mismo, como presidente del Partido Popular, el señor Mariano podía haberse ido a su casa o a su profesión como héroe. Pero Rajoy, en lugar de héroe, ha sido un antihéroe. ¿Por qué? Porque nunca fue (ni pudo ser) Lincoln, Churchill, Gandhi, Martin Luther King, Mandela o Buda. O incluso Obama o Kennedy. Le faltaron grandeza, coraje, compromiso y corazón. Tampoco entendió que irse a tiempo es quedarse a tiempo. No entender estos significados, como nos explican la literatura y la filosofía clásicas, es la causa de que no haya caligrafiado las páginas en blanco que la historia le entregó. Y ello mismo sucedió porque nunca interpretó aquellas sabias palabras de Óscar Wilde: «Cualquiera puede hacer historia, pero solo un gran puede escribirla». Olvidó, asimismo, que Pedro Sánchez es un superviviente y un adversario que esperaba con el arte gracianesco del disimulo la sentencia de la Gürtel. Igualmente, no consideró que Pablo Iglesias iba a incorporar a su teoría política aquel enunciado de Confucio: «El hombre que ha cometido un error y no lo corrige comete otro error mayor».

Rajoy, finalmente, no supo aprender del histórico gol de Gareth Bale, de chalaca chilena, en la final de Kiev, contra el Liverpool: «Con el cuerpo en el aire, de espaldas al suelo, las piernas disparaban el balón hacia atrás, en un repentino vaivén de hojas de tijera». Loris Kariu, el portero del equipo británico, al igual que Rajoy, ante la moción de censura, se quedó preguntando a los instantes que cómo y por qué, mientras el balón, tan rápido como el colt del último pistolero, entraba en la portería entre onomatopeyas y voces de ¡gol, gool, gol! Ahora es Sánchez, el presidente. En unas circunstancias, tan enrevesadas como inextricables.

Manuel Peñalver

Catedrático de Lengua Española de la Universidad

Rajoy, finalmente, no supo aprender del histórico gol de Gareth Bale, de chalaca chilena, en la final de Kiev, contra el Liverpool

 

 

Manuel Peñalver

Sobre Manuel Peñalver

Fue catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Ruiz Gijón (1980-1990). Autor de numerosos estudios, artículos y libros sobre la lengua española. Articulista en periódicos como Diario16, El Correo de Andalucía, La Razón, ABC, Ideal, El Mundo, Diario de Almería. Actualmente, es catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería.

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