Soraya y María Dolores

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Hay imágenes que, por sí mismas, lo dicen todo. No hacen falta palabras, ni sintagmas, ni enunciados. Ni siquiera interrogaciones. En todo caso, exclamaciones. La canción de Antonio Orozco, La distancia es el olvido, es expresiva para fotografiar la mala relación entre Soraya Sáenz de Santamaría, la ambiciosa vicepresidenta del Gobierno, y María Dolores de Cospedal, la ministra de Defensa y secretaria general del PP. La fotografía, en la que, entre una y otra, en el acto de recepción de la Comunidad de Madrid, hay una silla vacía, fue un mensaje de rivalidad compartida por ambas mujeres que expresa el enfrentamiento y la historia de un largo desencuentro. Son dos ambiciones, que, a lo largo de diez años, nunca han disimulado. Unas intrigas, que se concretan en el deseo de dominar una parcela más amplia que la otra para gozar de mayor poder y relevancia y situarse, así, delante en la carrera sucesoria. «La distancia es el olvido; el olvido que cobró tu soledad», dice la letra de la canción. Soraya y María Dolores la cantan y la recitan, cuando el poder se diluye en la agonía de  los momentos en los que la existencia es una metáfora gongorina en las sílabas del atardecer. Los gestos de estas mujeres, el día dos de mayo, nunca pueden ser un poema, pero sí un fragmento en el que la mirada de una iba en dirección opuesta a la de la otra, de manera que la indiferencia definía los tiempos infinitos de aquel plano fotográfico. Cuando Soraya se puso de pie, su sonrisa no era la de Marilyn Monroe en Los caballeros las prefieren rubias, ni la de Ava Gadner en La noche de la Iguana. Era como una sinestesia que quería proyectarse en los espejos del callejón del Gato para eternizar el enigma celosamente guardado.

Cuando se le pregunta a una por la otra, resurge con voz propia aquella frase de Jacinto Benavente: «La ironía es una sonrisa que no puede llorar y sonríe». La enemistad, manifiesta o en el estado elíptico de los puntos suspensivos, va al encuentro de la íntima sintaxis de Jorge Luis Borges: «Lo que más admiro en los demás es la ironía: la capacidad de verse desde lejos y no tomarse en serio». Ni el disimulo es un recurso, cuando la hostilidad hace un streptease de su condición en los segundos que transcurren sin siquiera saber su destino. No podemos obviar, de este modo, aquella interpretación que sobreviene al recordar a François Bacon: «El disimulo es una sabiduría abreviada». Un enunciado que las dos  damas del Gobierno de don Mariano deberían asimilar leyendo a Gracián en estado zen. Pero Soraya, intérprete del zasca en su ingenio y agudeza, lo evita en su guerra fría con María Dolores de Cospedal, pero no con el senador del Partido Socialista, José Manuel Alonso, el cual había acusado al Gobierno de no creer en la capacidad de las mujeres. La bofetada verbal de la vallisoletana todavía resuena en su intensa apelación: «Para decirme lo que es mujer, debería nacer otra vez con otros cromosomas». Pablo Iglesias, Irene Montero y Rufián han sido otros parlamentarios que han vivido la trayectoria que siguen los zascas de la vicepresidenta, convertidos en látigos verbales.

El western Johnny Guitar, dirigido por Nicholas Ray, e interpretado por Joan Crawford, Sterling Hayden, Mercedes McCambridge y Scott Brady, refleja el enfrentamiento entre dos mujeres, que se odian y abominan: Vienna, Joan Crawford, y Emma Small, Mercedes McCambridge. La destrucción planea como una sombra alargada, que no cesa en su propósito. ¿Tiene la enemistad entre la vicepresidenta y la ministra de Defensa algo que ver con esta película estrenada en 1954 y que se basó en la novela, con el mismo nombre, de Roy Chanslor? «Toda comparación es odiosa», leemos en La Celestina. «Las comparaciones son siempre odiosas», leemos en El Quijote. Pero, en ciertas ocasiones, como el capítulo de la silla vacía dio a entender, no tanto.  Por ello mismo, a Soraya le gusta leer en kindle y a María Dolores, no. Por esa razón, la vallisoletana tiene entre sus preferencias musicales a Amy Wihenouse y Coldplay y la madrileña, no. Dos mujeres, en el Gobierno. Dos señoras, ante la crisis del PP, de la que ninguna se siente culpable. Mi amiga María José piensa, mientras tanto, en aquellas palabras de William Hazlitt, para hacerlas suyas y convertirlas en un palimpsesto: «El amor a la libertad es amor al prójimo; el amor al poder es amor a sí mismo». ¿También las harán suyas Soraya y María Dolores? Lo imposible puede hacerse posible leyendo La espuma de los días; aquella novela de Boris Vian, que saca fuego de la última chispa. Allí donde don Mariano fluye como el río del tiempo. Entre Soraya y María Dolores.

Manuel Peñalver

Manuel Peñalver

Sobre Manuel Peñalver

Fue catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Ruiz Gijón (1980-1990). Autor de numerosos estudios, artículos y libros sobre la lengua española. Articulista en periódicos como Diario16, El Correo de Andalucía, La Razón, ABC, Ideal, El Mundo, Diario de Almería. Actualmente, es catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería.

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