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Un Jueves Santo y Madrugá de contrastes en Utrera (GALERÍAS Y AUDIO)

Si algo caracteriza en Utrera las horas que enlazan el Jueves Santo con la Madrugá, sin lugar a dudas, es el cúmulo de contrastes que traen consigo. Las hermandades de la Trinidad, El Silencio y Los Gitanos viven, con su propia idiosincrasia, unas estaciones de penitencia que permiten expresar la fe de una manera muy diferente.

Con el atardecer del Jueves Santo, el río de antifaces y capas celestes de la cofradía trinitaria se adentran en el casco histórico de la ciudad, a través de la única antigua puerta de la muralla que aún permanece en pie. El Arco de la Villa congrega cada año a numerosas personas que asisten, boquiabiertas, a contemplar el milagro que supone ver discurrir un paso procesional –especialmente, el de palio- por ese lugar.

Una vez pisando los castigados adoquines de la calle San Fernando, llegaba el momento de rezar junto a las Hermanas de la Cruz y de escuchar el canto de las saetas al Cristo de los Afligidos y a la Virgen de los Desamparados. Durante el recorrido por la ciudad, hubo tiempo para ver caer miles de pétalos sobre el paso de palio, especialmente ante la casa de su camarera en la plaza de Gibaxa; y de escuchar el sonido del tamborilero en la recogida de la cofradía, entre otros especiales momentos de la estación de penitencia.

Y del júbilo de una hermandad de barrio, al recogimiento más absoluto con el caminar de El Silencio. El color negro del hábito penitencial de los nazarenos se fundió con la oscuridad de una noche de Jueves Santo que también trajo el sonido de las cadenas que, amarradas en los tobillos de algunos penitentes, estremecen al acariciar los adoquines de las calles por las que discurrió la corporación. Junto a esta melodía propia de dicha cofradía, el silencio que rodea el desfile procesional del cortejo era roto únicamente por el tintineo de los incensarios que portan los ángeles que enmarcan el paso del Señor, al golpear con el metal plateado de la canastilla.

El paso del Redentor Cautivo volvió a estar mostrar un exorno floral de estética silvestre, con claveles, lirio, margaritas rojas y verdes, astilbe, antirrhinum, rosas, calas blancas, esparraguera, yedra, cardos, jacintos morados, clavellinas chinas y lisianthus. Por su parte, el palio de la Virgen de las Lágrimas, en el clásico color blanco, estuvo exornado con fresias.

También las flores de los pasos de la hermandad de los Gitanos centraron muchas miradas, como es tradicional, al sorprender cada Madrugá la elección y el color de las flores que lucen en torno al Cristo de la Buena Muerte y a la Virgen de la Esperanza. En el primero de los casos, el crucificado procesionó sobre un monte de claveles morados, y un ramillete de proteas a los pies de la cruz. Mientras, el palio lució craspedias amarillas, fresias amarillas, rosas tucán, rosas de pitiminí naranjas, agapanthus amarillos, eremurus amarillos, anastasias amarillas, syringas blancas, tanacetum blanco y ornithogalum amarillo.

Desde el granadino barrio del Realejo llegó a Utrera una numerosa banda que, por primera vez, caminó tras el Cristo de la Buena Muerte. Sus sones, así como los que acompañaron a la Virgen de la Esperanza, dejaron paso al cante que, cada Madrugá, surge en torno a los titulares de esta hermandad, en este caso con gitanos utreranos y de Granada.

La cofradía decidió recortar un tramo de la parte final del itinerario, para alcanzar algo más temprano la parroquia de Santiago el Mayor, en previsión de posibles lluvias, que finalmente no aparecieron. Todo ello en una Madrugá que puso el compás que cada año trae consigo esta corporación como antesala a la llegada del Viernes Santo en Utrera.

Trinidad

Silencio

Gitanos