Puigdemont no es Messi

Son las seis de la mañana de este sábado, 11 de noviembre. Los periódicos, en su edición en papel y en su cada vez más cuidada y potente edición digital, la radio, la televisión, la cercanía del EGM, los lectores, la actualidad, la noticia, el comentario, el análisis, la información local, regional, nacional, internacional, el periodismo. Y un poema de Ismail Kadaré: El mundo es pequeño: quizás / tus ojos encontrarán estos versos, / como la gacela al león en la selva. / Y sobre las letras negras /echarás una mirada triste. / Puede ser que tus ojos / tiemblen sobre los versos /

¿Pero los amarillentos versos / temblarán bajo tus ojos? El problema de Cataluña, lejos de resolverse, escribe y caligrafía, capítulo a capítulo, un tratado de política confusa, incoherente y distante de lo que debiera ser en lugar de lo que es. Carles Puigdemont, el excalde, el filólogo, el periodista, no es en la metáfora de la política lo que es el astro argentino, Leo Messi, en la metáfora del fútbol. Le ha faltado visión, regate corto, desplazamiento, sentido de la verticalidad, velocidad y técnica para llegar, como Messi, regate a regate, toque a toque, pase a pase, al fondo de la portería rival con el balón en los pies, dejando a los defensas y al portero rivales, tumbados en el suelo y mirando al infinito, no dando crédito a lo que veían. Entre la política y el fútbol hay semejanzas, que se perciben mucho mejor a través de las sinestesias proustianas y borgeanas del tiempo y de la existencia en forma de filosofía.

Pero, si Carles Puigdemont no es Leo Messi, Mariano Rajoy, el presidente del Gobierno, no es Marcos Asencio, el fino mediopunta del Real Madrid y de la selección española. Le falta al irónico don Mariano esa técnica de prodigio, ese desmarque y ese saber dar el último pase para dejar al rival desconcertado para siempre. «Yo no soy más que un mendigo de buen fútbol. Voy por el mundo, sombrero en mano, y en los estadios suplico una linda jugadita por amor de Dios. Y cuando el buen fútbol ocurre, agradezco el milagro sin que me importe un rábano cuál es el club o el país que me lo ofrece», decía Eduardo Galeano en el alba de los días con esa clarividencia majestuosa, que percibe lo infinito en el horizonte de su finitud. Ha dicho el filósofo y pedagogo Eduardo Marina que el Estado ha mirado para otro lado cuando le interesaba no enemistarse con partidos nacionalistas, porque después les iba a pedir ayuda. ¡Que cada palo aguante su vela! Así ha sido y así está siendo. Tantos años de abandono de las competencias en Educación y en otras áreas han desembocado en la situación actual. Deberá pasar mucho tiempo para que todos estos consecuentes se interpreten de manera distinta, de modo que el porvenir y el futuro se interpreten de otra forma en las relaciones entre los nacionalismos y el Estado, entre una visión y otra, sin perder nunca la concepción de la unidad de España, si bien desde su diferencia y diversidad.

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Ante la situación de Carmen Forcadell, Puigdemont, atrincherado en Bélgica, vuelve a la carga con una dialéctica, que percibe como la razón que se da a sí mismo, el que no quiere dar marcha atrás en su error: «Carme Forcadell ha pasado la noche en prisión por haber permitido el debate democrático. ¡Por permitir hablar y votar! Así es la democracia española». Declaraciones y más declaraciones como principio para fundamentar lo que no tiene fundamento, lo que no se sostiene por su demagogia. Posteriormente, a estas manifestaciones del expresideent, Forcadell acató la legalidad y evitó, de este modo, la prisión incondicional. Después de tantas idas y venidas, de tantos encuentros y desencuentros, debe quedar un margen para la esperanza y el entendimiento entre una y otra parte, entre España y Cataluña, entre Cataluña y España. La prosa del futuro y del porvenir deben escribirla juntas, sin tensiones, para lograr los objetivos más nobles y ambiciosos en el ámbito de la economía, de la cultura, de la innovación, del progreso, del bienestar. Eso sí, reconociendo las peculiaridades, las diferencias, la pluraliiad, la razón de ser de la historia. «La concordia hace crecer las pequeñas cosas, la discordia arruina las grandes», argumentaba Salustio, el historiador latino, con aquella sublime proverbialidad.

Los días van pasando, el 21 de diciembre se aproxima, la cita con las urnas está cada vez más cerca. Ya veremos qué resultados obtienen los partidos nacionalistas y los constitucionalistas, qué porcentaje de votos. Y cuáles serán, por tanto, las consecuencias en el nuevo escenario de los mismos. «El precio de desentenderse de la política es el ser gobernados por los peores hombres», dijo Platón.

Manuel Peñalver

Manuel Peñalver

Sobre Manuel Peñalver

Fue catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Ruiz Gijón (1980-1990). Autor de numerosos estudios, artículos y libros sobre la lengua española. Articulista en periódicos como Diario16, El Correo de Andalucía, La Razón, ABC, Ideal, El Mundo, Diario de Almería. Actualmente, es catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería.

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