La Feria de Consolación y el comercio de Indias

La Feria de Consolación y el comercio de Indias

Julio Mayo

El origen de la actual feria de Utrera no es ganadero, como las de Mairena del Alcor o Marchena. Nació exclusivamente asociada al fenómeno devocional de Nuestra Señora de Consolación y el importante negocio colonial de la Carrera de Indias que se suscitó a raíz del Descubrimiento de América (1492). Conforme avanzaba el siglo XVI, el curso del río Guadalquivir fue deparando serios inconvenientes de navegación, pues algunos de sus tramos resultaban poco profundos para embarcaciones grandes, que tenían que ser remolcadas hasta la desembocadura de Sanlúcar. Para evitar estos accidentes, la Casa de la Contratación decidió que los barcos partiesen hacia América desde los puertos gaditanos de Sanlúcar de Barrameda, el Puerto de Santa María e incluso la propia Cádiz. Uno de los principales ramales de aquella ruta terrestre alternativa al río, por la que se desplazaban ingentes caravanas de viajeros y comerciantes desde Sevilla hasta los embarcaderos, venía a pasar por Utrera, convirtiéndose así nuestra ciudad en uno de los lugares de mayor circulación, cuyo tránsito favoreció el surgimiento de una interesante actividad comercial, no muy oficial, y un desorbitado crecimiento urbano y demográfico de la localidad, hasta situarse en la principal de todo el reino sevillano. Utrera terminó conformándose en una gran agrovilla, en la que en aquellas décadas tan intensas del siglo XVI no había establecida aún una racionalización minuciosa de los recursos que entraban ni salían.

El carácter americanista de Consolación

A partir de 1558, Nuestra Señora de Consolación comenzó a adquirir, a las afueras del núcleo poblacional, en su ubicación periférica, una gran fama después de obrar milagros como el de la Lámpara de aceite, cuyo prodigio favoreció muchísimo el crecimiento de su fenómeno devocional. Empezaron a venir hasta su ermita numerosísimos peregrinos cumpliendo promesas, así como viajeros que pasaban camino de los embarcaderos implorando su venturoso buen viaje. Toda aquella concurrencia ocasionó que se suscitase un importante enclave comercial, en el que podían encontrarse los artículos más novedosos de la industria piadosa del momento y, sobre todo, numerosas piezas de plata y oro. Muchos de los suministros provenientes de América o que iban a salir hacia allí, encontraban uno de los primeros escaparates en Utrera, junto a Consolación. El historiador Rodrigo Caro, escribió ya en el siglo XVII, que entre la muchísima gente abundaban especialmente «mercaderes de todos tratos». En su libro Memorial de Utrera refiere que «junto al propio monasterio, en el barrio que llaman del Real, se hace un mercado muy grande, donde se venden piezas de oro y plata, sedas y otras joyas, vestidos y galas para toda suerte de personas». En los años centrales del siglo XVI, se celebraba la fiesta de la Virgen el 25 de marzo, día de la Encarnación. No se trasladaría al 8 de septiembre hasta el año 1565, estando ya el Santuario e imagen de Consolación bajo la regencia de los frailes Mínimos, que se hicieron cargo a partir de marzo de 1561. Pero tenemos constancia de que la romería en honor de Consolación se celebraba con anterioridad a la venida de los padres Mínimos. Lo acredita un Acta de la primera hermandad filial, que fue Campillos (Málaga), que se conserva en el Archivo Histórico Nacional de Madrid. Sus cofrades comenzaron a venir antes de que lo hiciesen los frailes, por lo que es de prever que la romería, feria y procesión, se hubiese formado a raíz de la concurrencia de los primeros pueblos foráneos a la entonces conocida como ermita de los monjes, ubicada en el camino de los espiritistas, muy cerca del arrecife que recibía el tráfico de la ruta Granada – Antequera – Sevilla, que acortaba desde El Arahal y Morón de la Frontera por aquí, el camino hacia los puertos. También debemos de sumar a ello, la ubicación a los pies de la vereda de la Armada española, por la que transitaron muchísimas compañías de tercios españoles camino hacia los puertos. Esta circunstancia atrajo el tránsito de soldados y el alojamiento de tropas y altos mandos militares.

Fecha de celebración

El traslado de la fecha desde marzo a septiembre, establecido por los padres Mínimos, se debe a condicionantes económicas y está vinculado al calendario comercial de los negocios coloniales. El festejo se acomodó estratégicamente en torno a unas fechas más favorecidas por el método de viajes a América. Recordemos que, en 1565, comenzó precisamente a regularse con mayor precisión el sistema de flotas en sus idas y venidas, de modo que la comercialización de los géneros y mercaderías que se ofrecían en aquellas primeras ferias de la segunda mitad del siglo XVI, cuando Sevilla era el centro del imperio español, no se viesen entorpecidas con la llegada y salida de mercancía, ni la ausencia de importantes negociantes mercantiles. Y, por supuesto, en absoluta correspondencia también con las ferias de aquel lado del Atlántico, como la de Portobello. Los mercaderes sevillanos compraban muchas barras de plata en Tierra Firme. En la documentación notarial que hemos manejado, así como la existente en el Archivo de Indias, se hace continua referencia a las ferias que en aquel lado del Atlántico se celebraban en los meses de mayo y octubre.

Lo que sí parece claro es que la elección de esta fecha no obedece solo a circunstancias agroganaderas, porque el fin de la feria no era un cometido estrictamente agropecuario, como las de Santiponce o Lora del Río. Ello no quita la importancia ganadera de todo este enclave, cuyos naturales –escribió Rodrigo Caro– hacían «solemnes demostraciones de fiestas con ejercicio de gineta y costosas libreas, en que los caballeros della no son inferiores a muchos pueblos andaluces».

Importancia de la Plata

El culto a Consolación benefició la creación artística en muchos ámbitos. En la fabricación de exvotos, ofrendas y otras muchas piezas preciosas que se expenderían a las puertas del templo. Pero la ubicación estratégica de Utrera, en el paso de mucha mercadería ajena al control de las autoridades, hizo que la feria de Consolación se distinguiese por acoger en su recinto a plateros que traficaban con género de nobles metales. Esta reunión comercial y ferial se convirtió en uno de los lugares de encuentro más importantes de los artífices de la plata de todo el reino de Sevilla y Córdoba. Utrera fue uno de los centros neurálgicos de la platería sevillana, pese a los talleres tan destacados de Sevilla, Carmona, Écija o Córdoba. Muchos plateros llegaron, incluso, a abrir un puesto ferial fijo, durante todo el año. El historiador utrerano don Pedro Román Meléndez describe, en su Epílogo de Utrera, que en la feria se producían transacciones de muchos objetos artísticos. «Desde el día 6 de septiembre está poblado el Real (que es un sitio bien amplio) de tiendas de todo género: plata, sedas, lencería y buxerías; y es de las mayores de esta Andaluzía». Una de las calles del recinto ferial, terminó recibiendo el nombre de Platerías, por el número de orfebres que se alineaban en unos puestos que terminaron construyéndose de material, ocupados durante todo el año.

El profesor Fernando Quiles, proporciona la identidad de algunos de los plateros que ocuparon aquellos puestos feriales, en un interesantísimo trabajo de investigación titulado «Plata y plateros en Utrera durante el siglo XVIII». La mayoría eran sevillanos, como José de Garay y Juan de Ávila, quienes compraron sus respectivos espacios en 1723 y 1746 respectivamente. Resalta la presencia en el recinto ferial utrerano del platero de Carmona, Fernando de Gámez, habitual visitante de nuestra feria desde 1728. Así como la del platero Manuel Ruiz y Perea, quien arrendó un portal tienda en la calle «Platería de Consolación», en 1747. Fue discípulo suyo, Andrés de Orozco, quien también arrendó una tienda en el real de Consolación (la tercera a mano izquierda de la expresada calle de la platería).

Organización de tiendas en el Real

Los primeros datos que poseemos sobre la organización de las tiendas en el Real de Consolación, se remontan a los años finales de la década de 1560, e inicios de la de 1570. El terreno aledaño a la iglesia y convento de Consolación era propiedad, en gran medida, de los religiosos, recibido en donaciones de devotos y adquisiciones realizadas por los propios monjes. Mediante un curiosísimo sistema de alquiler, aquellos Mínimos arrendaban por escritura notarial los puestos que iban construyendo, con fondos económicos del convento, a comerciantes a los que les adjudicaban el sitio por periodos anuales o bianuales. La comunidad conventual era propietaria hasta de los mesones, bodegones y otros establecimientos de alojamiento de todo el entorno. Estas escrituras nos sirven para seguir la evolución constructiva y espacial del evento ferial y catar, en cierta medida, el crecimiento devocional de este interesante fenómeno de religiosidad popular. En los siglos XVII y XVIII, conforme fue decreciendo la fuerza del monopolio comercial que ostentaba Sevilla en la Carrera de Indias, en detrimento de otras plazas, como la propia Cádiz, la tipología de géneros que se comercializaban originariamente en esta feria de Consolación fue mutándose.

En el Quinientos influyó muchísimo el arranque de la aventura americana en que Nuestra Señora de Consolación acaparase infinidad de ruegos y plegarias por interceder en los viajes en la salvaguarda humana y, también, en la protección de las mercancías. Está probado documentalmente. Se conserva más de una escritura notarial que establece el cumplimiento de la promesa, supeditando la entrega de importantes cantidades económicas a los frailes en caso de que la llegada de la cargazón llegase completamente óptima a los puertos americanos. Por esta razón, entre los principales bienhechores de la Virgen en el siglo XVI, figuran cargadores indianos como el vasco, asentado en Sevilla, Pedro de Arriarán, o al mismísimo don Alonso Fernández de Lugo, Adelantado mayor de Canarias, primer patrono del altar mayor de la Virgen, luego sustituido por el conde-duque de Olivares en el siglo XVII.

El factor americano hizo célebre a Consolación y universalizó a Utrera. Dejó huellas en México, Colombia, Venezuela, Perú, Panamá, Ecuador o Cuba. La representación que mejor simboliza el carácter americanista de nuestra Patrona, es el barquito de oro que porta en su brazo. Además de definirla como una imagen marinera, encarna magistralmente el triunfo comercial de tantos cargadores a Indias que la imploraron como protectora, al tiempo que retrata el brillo de uno de los episodios económicos más esplendorosos de la historia de España, amén de algún que otro episodio coyuntural de naufragios indeseados.

El lugar de Consolación se convirtió en un sitio de encuentro, en el que coincidieron personas de países distintos, como el mesonero flamenco, natural de Flandes, Juan Bella, y otros individuos portugueses, franceses e italianos que deambularon por aquí. Castellanos, moriscos y gitanos, eran representantes de las etnias diferentes que cohabitaron aquel entorno. Utrera fue un gran pueblo cultural, con los brazos abiertos a todo el mundo, en donde se derribaron muchas barreras de raza, ideología y actuaciones de la condición humana, en cuyo santuario y explanadas se celebró una de las ferias, romería y procesión más popular de toda la Andalucía occidental del Siglo de Oro.

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