Las lecciones del Quijote

En este tiempo de vacaciones y mar, infinitud y alba, acude a la cita con la memoria aquel enunciado de Mario Vargas Llosa: «Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado. Casi 70 años después recuerdo con nitidez esa magia de traducir las palabras en imágenes». Y nada mejor, para ser fiel a estas palabras, que la relectura de la universal obra de Cervantes en la odisea de ese tiempo que parece infinito, siendo fugaz. Son muchas las claves y lecciones que encierra la magistral novela. A comienzos de 1605 saldría de la imprenta de Juan de la Cuesta la primera parte, compuesta por 52 capítulos y las dos primeras salidas de don Quijote. Su título, «El ingenioso hidalgo D. Quijote de la Mancha». Habría que esperar a 1615 para que en la misma imprenta naciera, esplendorosa, la segunda parte con el título «El ingenioso caballero D. Quijote de la Mancha». Los numerosos estudios y análisis que se han hecho sobre literatura tan profunda y sabia han tratado de comentar sus complejos aspectos y temas. La lectura nunca miente y es ella la que nos acerca a una consideración en la que el lector se convierte en un personaje más. «El Quijote es una novela, una galería, un género literario en sí mismo, y hasta una biblioteca. A esa biblioteca le seguirán creciendo los libros», señalaba Francisco Rico.

Nunca hubo una diversidad tan coherente, ni un desorden tan ordenado. Porque, digámoslo con convicción, el Quijote es el Barroco que pasa por el filtro del Renacimiento. Y ahí radica quizá el secreto mejor guardado. Desde el prólogo al último capítulo, el lector agudo descubre que estamos ante la literatura y ante la metaliteratura, la historia y la sociología, la psicología y la antropología. Ante el tiempo y el silencio, ante la vida y la muerte, ante el amor y el desengaño, ante el éxito y el fracaso, ante el triunfo y la derrota. La novela cervantina, de acuerdo con la propia concepción que se refleja, página por página, en la eternidad de su manuscrito, es el conflicto entre la realidad y la fantasía, entre un mundo y otro, entre una manera de ser y otra. Lo que explica, por una parte, la «sanchificación» de don Quijote y la «quijotización» de Sancho, a medida que evolucionan los dos personajes. Porque la novela es equilibrio y orden allí donde parece, justamente, lo contrario y antagónico. Entre la primera salida del hidalgo, que termina con su regreso a la Mancha, malherido, la segunda, que culmina con la treta urdida por el barbero y el cura, y la tercera, en la que don Quijote es derrotado por el caballero de la Blanca Luna, hay una escala en la que, al final de la misma, el idealismo es vencido por el realismo. Lo que ocurre es que ello mismo da lugar a una pregunta borgeana en la misma esencia de la narración: ¿Pueden cuestionar el idealismo el cura, el barbero, el ama, la sobrina del hidalgo y tantos otros personajes, tan representativos de la España del chisme y del qué dirán, del fingimiento y de la hipocresía, de la burla y la malicia?

La novela es una obra genial, ya que su autor conocía bien los dos mundos que fotografía y retrata, así como la España del período, en la cual surge una profunda crisis social; aspecto que servirá al narrador para reflejar con un lenguaje excepcional las diferentes clases sociales, la decadencia y la picaresca. Y ese mundo aparte, que solo un escritor como Cervantes es capaz de pintar mediante el panorama que se otea desde su privilegiada atalaya. Se puede argumentar, de esta forma, que el Quijote es la novela de ayer y de hoy, incesante en su límpido misterio. La libertad, la esperanza y la confianza en el ser humano; mas también, el pesimismo, el «tempus fugit» y la envidia. Los argumentos de Dostoievski son la semántica del criterio, que surge tan cierto como un silogismo kantiano: «No hay en todo el mundo una obra literaria más profunda ni más poderosa. Hasta el momento, es esta la más alta expresión del pensamiento humano. Y si el mundo fuera a terminar y se le preguntara a alguien en algún lugar: ¿Entendieron ustedes su vida sobre la tierra, y qué conclusiones han sacado?, el hombre podría [contestar] silenciosamente entregando en mano a don Quijote». Y, así, en la narrativa de los días en las calas de este Mediterráneo tan hermoso como la III égloga de Garcilaso, las metáforas del pensamiento se hacen molinos de viento en lugar de gigantes y rebaños de ovejas y carneros en lugar de ejércitos. Y Dulcinea del Toboso, musa, en lugar de Aldonza Lorenzo. Don  Quijote no era todavía Alonso Quijano.

Manuel Peñalver

Sobre Manuel Peñalver

Fue catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Ruiz Gijón (1980-1990). Autor de numerosos estudios, artículos y libros sobre la lengua española. Articulista en periódicos como Diario16, El Correo de Andalucía, La Razón, ABC, Ideal, El Mundo, Diario de Almería. Actualmente, es catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería.

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