El pescadero Fernando Molina, el último superviviente de la plaza de abastos de Utrera

El pescadero Fernando Molina, el último superviviente de la plaza de abastos de Utrera

Cuando el utrerano Fernando Molina apenas había llegado a su primera década de vida, se puede decir en cierta forma que el epicentro de Utrera se encontraba en la plaza de abastos. La zona era un auténtico hervidero y a la postre era el único lugar de la ciudad donde se podía hacer la compra, por lo que desde primeras horas de la mañana, el mercado se convertía en un continuo ir y venir de clientes, trabajadores y mercancías. Han pasado seis décadas y solo hay que dar un rápido vistazo al área para percatarse que toda esa alegría y colorido se ha evaporado. Al entrar en las desiertas instalaciones de la antigua plaza, solo un puesto es capaz de resistir a todos los vaivenes, y es precisamente una de las seis pescaderías que gestiona en Utrera Fernando Molina.

Más que piel, el cuerpo de este utrerano por el que casi corre más agua salada que sangre, está plagado de escamas. Criado en la zona que todo el mundo en Utrera conoce como «los postigos de la calle Nueva», la actual calle Buenos Aires, a donde daban las puertas traseras de las viviendas de la calle Nueva; Fernando conoció desde muy pequeño el ambiente que se vivía en la plaza de abastos. Cuando solo tenía ocho años comenzó a trabajar como mozo para los distintos pescaderos, llevando a cabo a cabo todas las tareas que le encomendaban. «Hay que tener en cuenta que en aquella época no había absolutamente nada en Utrera y todo el mundo iba a comprar a la plaza de abastos, había un ambiente muy bonito, era una feria. Hoy soy yo el único que queda en la plaza y creo que sería muy difícil darle vida otra vez», explica el utrerano.

Estamos inmersos en otros tiempos, donde las familias pasaban por dificultades y los niños comenzaban a trabajar a edades muy tempranas, por lo que no resulta extraño que cuando tenía 15 años, ya nos encontramos a Fernando gestionando su propio puesto de pescado en la plaza de abastos. Su trabajo, sacrificio y valentía le llevarían a crecer poco a poco hasta llegar a tener abiertas las seis pescaderías que gestiona en la actualidad en Utrera. Una empresa completamente familiar donde trabajan con él sus hermanos, hijas, yernos e incluso sobrinos, en una plantilla que roza la veintena de personas. En la actualidad Fernando tiene 71 años, pero en ningún momento se ha planteado colgar el delantal de pescadero; sigue al pie del cañón y acudiendo a su puesto de trabajo de manera diaria para ayudar en lo que haga falta.

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Durante muchos años era el encargado de coger el coche y desplazarse a los mercados donde se vendía la mejor mercancía, como los puertos de Cádiz, el Puerto de Santa María o Huelva. Años en los que le faltaban horas en el día, que terminaba robándoselas a su descanso para que sus clientes pudieran tener acceso al mejor pescado de las costas todos los días. Una tarea de la que no se encarga en la actualidad él, aunque el pescado que se vende en la actualidad en sus pescaderías sigue viniendo tanto de estos puertos como del mercado central en Mercasevilla.

Durante todos estos años Fernando ha trabajado todo tipo de pescados y mariscos, aunque si se le cuestiona por la variedad que históricamente más ha gustado en Utrera lo tiene muy claro: «en Utrera han gustado siempre mucho los chocos, antes los teníamos que limpiar nosotros, ahora vienen limpios».

Este utrerano lleva prácticamente 60 años al pie del cañón, tratando siempre de ofrecer el mejor servicio y cuidando de un negocio que se ha convertido también en un modo de vida para toda su familia. Molina ha sido capaz adaptarse a los cambios en las costumbres de los utreranos que han evolucionado en las últimas décadas y al desembarco en la localidad de las grandes superficies que han terminado cambiando el modelo de consumo de los ciudadanos. «Antes se compraba el pescado de otra manera, porque también las familias eran más grandes y se cocinaba de otra forma. Las amas de casa hacían un gran guiso y detrás venía el pescado, por lo que se compraba más cantidad», explica Fernando.

Un utrerano que ha sido capaz de levantar una gran empresa familiar de la nada, al que le sigue brillando la ilusión en sus ojos igual que el primer día, que colabora con algunas hermandades de la localidad y que disfruta en su tiempo libre siguiendo las evoluciones del equipo de su alma, el Sevilla Fútbol Club.

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