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Manolete, leyenda y centenario

Escribir sobre Manuel Laureano Rodríguez Sánchez, Manolete (Córdoba, 4 de julio de 1917-Linares, 29 de agosto de 1947), es una metáfora borgeana al destino, donde la escritura hace suyo aquel enunciado de Julio Cortázar: «Las palabras no alcanzan, cuando lo que se quiere decir desborda el alma». Para caligrafiar ese sentimiento, hay que pedir a los dioses que te mimen siquiera en algunas de las sílabas de los fragmentos. Y más aún cuando el llanto y las lágrimas se reúnen en el recuerdo de aquella cogida que Islero, un toro negro entrepelado de Miura, infligió al diestro, en la plaza de toros de Linares, aquella tarde del 28 de agosto de 1947.

Cuando el toreo se hace luminoso don, no es necesario que las preguntas tengan respuesta, ya que la mitología es la que contesta para decir, con exactitud, que la grata música del zéjel se parece a un natural ligado con el de pecho en el espacio inverosímil que exigen la quietud y el temple. Para recordarnos que solo la elegía lorquiana o los poemas de Gerardo Diego o Agustín de Foxá al universal matador pueden convertir la memoria en eterno adiós. Aunque, quizá, para ser más consecuentes con el silogismo de la verdad, aquella que siempre hay que buscar en el periodismo, hay que privilegiar como documento excepcional las fotografías de Francisco Cano Lorenza, Canito, aquel día trágico de 1947. Manuel Rodríguez versificó el arte de torear, puesto que fue elegido por la deidad para ello. «El toreo está tan lleno de Manolete como los cielos y la tierra de la voluntad de Dios», caligrafió Clarito en un fragmento que vuelve puntual. De aquel concepto, más que de ningún otro, surgían los pases al natural: eternos, como la sublimidad de la Gioconda, como el misterio del Greco, como un soneto de Quevedo, como el pincel de Velázquez, como un beso de Ava Gardner, como la sonrisa  de Marilyn Monroe. Un toreo espiritual, hondo, senequista, puro, místico, que tenía algo de Mozart. Manuel Rodríguez es, como escribe Joaquín Pérez Azaústre, un personaje propio de Scott Fitzgerald. Mas también, de Orson Welles y Francisco Umbral.

No puede faltar en la emoción del instante, que se hace elegía, cuando el reloj de la época, colgado de la pared, fotografía su tic tac, el nombre de Lupe Sino, Antonia Bronchalo Lopesino (¡ahí  está el juego de palabras!); musa, más allá de la literatura, con su melena ondulada, ojos verdes, mirada de cine, como la de Lauren Bacall, y enamorada del torero, al que conoció en el bar madrileño de Chicote. Desde luego, ni Adrien Brody es Manolete, ni Penélope Cruz, Lupe. En hojas sueltas de hermosos poemarios, perviven aquellos versos, que se traslucen en la analepsis del mito: «Yo saludo al torero más valiente del ruedo. / Saludo al abanico difícil de tu izquierda, / que hace al toro satélite, / luna de tu oro antiguo, / con órbita de estrellas». El cartel del 28 de agosto, enmarcado entre el duelo y la leyenda, lo componían Gitanillo de Triana, Manuel Rodríguez, Manolete, y Luis Miguel Dominguín. Los toros fueron de la ganadería legendaria de don Eduardo Miura. Lleno en los tendidos. Y diez mil personas, que nunca pensaron que, al ejecutar la suerte suprema, marcando los tiempos con la emotividad y valentía de un héroe griego, el «Monstruo» sufriría una terrible cogida en el triángulo de Scarpa, que desgarraría venas y arterias. Voces, gritos y desesperación, mientras llevaban al diestro a la enfermería. Ahora sí, ahora sí, hay que recitar, otra vez, con lágrimas de esta escena eterna, los alejandrinos de Agustín de Foxá, los tercetos encadenados de Gerardo Diego y los memorables poemas de García Nieto, José María Pemán, Muñoz Rojas y Federico Muelas. Y el  romance de Adriano del Valle. Y el soneto de Alfredo Marqueríe. Y el mítico cante de Manolo Caracol: «Tiene los ojos “cerraos” / el mejor de los toreros / también se llama Manuel / lo mismo que el Espartero».

Cuando el centenario de su nacimiento y el 70 aniversario de su muerte se acercan, nuevamente el verso se hace pausa en su historia universal: «Y te vas recto, recto / ¿cómo el río a la mar? / A la mar de la muerte /  tus alamares van». Heptasílabos, sentimientos, que se tornaban en sollozos, ya inmortales en la tierra. En homenaje a la rememoración de un torero, que fue, entre los claros nombres, el más grande en su diálogo con la vida y la muerte. Lo posible y lo imposible, cuando hasta el alba se estremece. «Don Luis, no veo. Don Luis, no veo». José Flores, Camará, su apoderado, le cerró los ojos. El antiguo reloj, a péndulo, en el mueble de roble oscuro, marcaba las cinco y siete minutos del 29 de agosto de 1947.

Manuel Peñalver

Catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería

Manuel Rodríguez es, como escribe Joaquín Pérez Azaústre, un personaje propio de Scott Fitzgerald. Mas también, de Orson Welles y Francisco Umbral.