El Quijote de Ibarra

El doble sueño de Cervantes refleja, como el «Noli me tangere» (en el Museo del Prado desde 1839) de Correggio, el amanecer, aquel enunciado de Borges: «Yo sigo jugando a no ser ciego, yo sigo comprando libros, yo sigo llenando mi casa de libros». En la estampa del recuerdo permanece el taller de la imprenta, donde había 16 prensas y trabajaban más de 100 personas; entre ellas, pintores y grabadores excepcionales como Salvador Carmona y Mariano Maella. Todos los oficiales, prensistas y cajistas sabían latín, acariciaban los lomos de aquellos volúmenes con la piel del blanco silencio y vestían sus hojas con una letra que se recrea en el camino de las generaciones, reviviendo  lo que Eneas, llorando, le dijo a Ácates: «¿Hay algún lugar en la tierra que no esté lleno de nuestros esfuerzos?». Un ayer que regresa a un hoy distinto con aquella lápida de azulejos blancos y azules de Talavera: «Aquí estuvo la Casa de Ibarra. Gloria de la imprenta española».

Consagrado ya Miguel de Cervantes como el primero de los clásicos en esta fecha, eterna, sucesiva, sin que la noche se olvide del alba, «El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha» (1780) es una obra cumbre de la tipografía española y europea, donde «relumbra el alfabeto diamantino». Surgió, del mismo modo que el «Salustio», en aquella imprenta que estaba en una casa de la madrileña calle de la Gorguera, «que tiene cuarto bajo, principal, cocheras y caballerizas, que al presente la tiene arrendada en 6000 reales vellón cada año, D. Joaquín de Ibarra, impresor de libros». Con un coste de 60000 pesetas, se imprimieron 1600 ejemplares. El precio de venta, sin encuadernar, fue de 320 reales. En la película de Polanski, «La novena puerta», uno de los personajes, Boris Balkan, es un eximio coleccionista y crítico literario, que posee un «Quijote» de Ibarra. Neruda con los hermosos sintagmas que cantan lo eterno reveló esta sublimidad: «Quijotes increíbles, impresos por Ibarra». Cada uno de los cuatro tomos, en folio, forma una arquitectura que entreteje su perfecta simetría y hace resplandecer una impresión tan artística como los cielos velazqueños de «La rendición de Breda». La edición, cuidada con un magisterio verdaderamente excepcional, eterniza la escritura en el zéjel del destino.

El «Quijote» de Ibarra (o de la Academia), el inigualable arte tipográfico que nos hace escritores en la interminable brisa que los mares de Ulises nos regalan en la inmensidad. La prosa que convierte la rima en semántica de la armonía, cuando empezamos a ver la vida en el río de Heráclito. El poema que enamora a todas las miradas que resplandecen al fondo de los sueños que alguna vez habitamos en la ardiente fontana de la dicha. El viejo manuscrito que siempre vuelve al punto y aparte de un párrafo que emprende su aventura; impresa la estrofa que recitamos en los rincones míticos del alma. El hipertexto, que nos descubre la intimidad, mientras campanean las aliteraciones de la añoranza como si las palabras estuvieran estampadas en el aún y el todavía del ir y venir del caballero andante. El sendero por el que volvemos a soñar rememorando el verso 462 del libro I de la «Eneida»: «Sunt lacrimae rerum et mentem mortalia tangunt».

La joya bibliográfica de 1780 del insigne aragonés, uno de los tipógrafos más renombrados de Europa en la época, es también la genialidad en el incesante piélago que surca el sereno adiós de una generación a otra. La  leyenda que se graba en el corazón, mientras el reloj de sonería de horas y medias y caja original en caoba moldurada inmortaliza su tic-tac entre la luz de un sueño compartido. El véspero y la aurora que reflejan la huella de los instantes. La fuente de aljófar y plata por la que fulge la sintaxis de un prólogo como el caudal de agua serena que vuelve a su origen y principio: «Desocupado lector, sin juramento, me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse».

Un ejemplar, con una exquisita encuadernación, plena piel de época, enriquecedora restauración, charnelas de piel, ruedas en planos, hierros en lomo con nervios y tejuelos y cortes dorados, desvela la métrica de Helios mientras oímos el «Adagietto», 5.ª sinfonía, de Gustav Mahler. Enmarcado el nombre de la novela, «gloria del ingenio español y precioso depósito de la propiedad y energía del idioma castellano», en las preguntas que solo encuentran respuesta en el pergamino por donde fluye la historia con «letras finas, cabales como lebreles». Con el «carpe diem» y el «ubi sunt» rebasando noches y singladuras, mientras la calle, mojada, resplandece en la ciudad en la que siempre vivimos. Con el aura mágica que tienen aquellas páginas entre los dedos. Y que siempre serán la infinita metáfora de España.

Manuel Peñalver

Sobre Manuel Peñalver

Fue catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Ruiz Gijón (1980-1990). Autor de numerosos estudios, artículos y libros sobre la lengua española. Articulista en periódicos como Diario16, El Correo de Andalucía, La Razón, ABC, Ideal, El Mundo, Diario de Almería. Actualmente, es catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería.

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