García Márquez y el periodismo

La política y el periodismo vuelven a cobrar el protagonismo en el blanco amanecer de estos días de primavera, en los que el sol luce su  primor velazqueño. Las primarias en el PSOE comienzan a descubrir las claves de los tres aspirantes. Permanecen el dolor y el sentimiento por la muerte repentina de Carmen Chacón, que ha sido un golpe muy duro para todos: socialistas y no socialistas. Lágrimas y llanto, fundidos en el recuerdo de aquella sonrisa; eterna, como la métrica del soneto de Quevedo. Rajoy ha sido citado para declarar por el caso Gürtel. Ignacio González, el ex presidente de la Comunidad de Madrid, ha sido detenido en el transcurso de la llamada operación Lezo. Son momentos pesarosos y mohínos para el PP, que percibe cómo los relojes de la medianoche nunca se paran, cuando el pasado fluye, desgarrado, en su propio curso. Gürtel, Púnica y Lezo son la oscuridad en su larga superficie. «Si el vaso no está limpio, lo que en él derrames se corromperá», sentenciaba Horacio antes de que entre la tarde y la noche las distancias se incendiaran con la  mentira.

Sin metonimias que lo impidan, enfocamos la sintaxis a la brillante aportación de García Márquez al infinito campo del periodismo. El gran escritor fue siempre un enamorado de la profesión de periodista. Para el universal novelista, era el mejor oficio del mundo. Él, antes que nadie, sabía que los textos de no ficción no tienen por qué ser inferiores a los de ficción; por el contrario, los primeros pueden superar a los primeros. «El periodismo me ha ayudado a establecer un estrecho contacto con la vida y me ha enseñado a escribir. La obra creativa, de fantasía, ha dado valor literario a mis trabajos como periodista», aseveró el autor de «Cien años de soledad» en el enunciado mirífico de la universalidad, que surge cuando el alba es, antes que metáfora, odisea infinita. El escritor de periódicos ha creado páginas áureas en esos instantes en los cuales la prosa versifica la existencia en forma de artículo. Por ello mismo, hay que defender con pasión de lector el periódico. García Márquez es el mejor ejemplo en la sinestesia del tiempo. Cuando la escritura cincela sus argumentos, la frontera entre la ficción y el arte de lo real, en que consiste el periodismo, se diluye, porque el nexo de unión es la pasión por escribir y hacer llegar a los lectores el mensaje, de manera que la armonía y la fluidez del texto sean símbolo de perfección. Sea este un relato, un reportaje o una crónica. Historias contadas con el estilo sublime de la originalidad, tan presente en los grandes articulistas desde Larra a Umbral, Kapuscinski y Tom Wolfe. Aquella imagen, que Antonio Lucas rememoró con su prosa, convertida en rima, en función de la infinitud del lenguaje literario, con el ilustre escritor «reclinado en una silla escueta y con las patas encima de la mesa en la redacción de El Universal», es un verso que se repite todavía hoy, cuando el hipérbaton no es olvido, sino la plenitud,  inmortalizada. Mientras, las noches y los días, entretejidos como un canto a la esperanza en su laberinto borgeano, se preguntan por la venturosa hora que fue. «Toda la vida he sido un periodista», argumentaba el autor de «Relato de un náufrago» con esa dicción que vive su propio destino. Para recordarnos en la linealidad del fragmento: «El periodismo es una pasión insaciable que solo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad».

García Márquez dictó hermosas lecciones periodísticas infundiendo el estilo apasionante, que, pareciendo literatura, era narración de lo real. La inspiración, el análisis, la investigación, en la dimensión candente de la actualidad. Para caligrafiar, entre sílabas y rimas, una semántica sin parangón: «Aunque se sufra como un perro, no hay mejor oficio que el periodismo». En la sinécdoque de los tiempos, el manuscrito de lo esencial describe que, al cabo de un segundo, todo puede cambiar en el formato de aquello que no es ficción. Vuelve el tráiler de «Ciudadano Kane», como «flash-back», que duplica su misterio. García Márquez y Umbral. Truman Capote y Wolfe. Larra y Azorín. La antigua voz de Homero se hizo cervantina. El ayer inevitable declara su verdad. Tal vez, porque sea la única que podemos hallar en esta etapa del siglo XXI, en la que la corrupción es la ciénaga que inunda y arrastra. O el pestífero lamedal, en la muy culta pluma de don Ramón María del Valle-Inclán. «¡Cuán flaca es nuestra humana naturaleza, y cuán frágil el barro del que somos hechos!», decía el autor de «Luces de bohemia». Mientras tanto, Rajoy trata de descubrir el estado superior que precede al nirvana, sin necesidad de experimentar los estados previos.

Manuel Peñalver

Sobre Manuel Peñalver

Fue catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Ruiz Gijón (1980-1990). Autor de numerosos estudios, artículos y libros sobre la lengua española. Articulista en periódicos como Diario16, El Correo de Andalucía, La Razón, ABC, Ideal, El Mundo, Diario de Almería. Actualmente, es catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería.

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