Perico Fernández, un héroe en su leyenda

La vida es poesía de la existencia que da mil y una vueltas para girar sobre sí misma las veces que el destino considere, antes de que la rueda se pare con la misma rima de un poema manriqueño de pie quebrado en la interrogación retórica del ubi sunt. Pedro Fernández fue el protagonista de una novela por entregas, con fragmentos en los que se hizo presente la capacidad narrativa en la odisea del «ring», cuando llegó a ser Ulises para pasar de un capítulo a otro en el tiempo proustiano del yo. Entre la noche y una botella de güisqui, los guantes pueden romperse en sílabas que ya nunca vuelven a encontrar su medida, porque los versos libres prescinden de su forma original y la estrofa pierde su sentido. Perico, genio y figura, con un corazón tan grande como un cuadrilátero, ya lo dejó sentenciado cuando los enunciados se convierten en el epítome de una prosa que nunca olvidó la filosofía del «Sic transit gloria mundi». Unas palabras que posiblemente tengan su antecedente en un fragmento de la «Imitación de Cristo» de Tomás de Kempis, que se cita al final de la película «La máscara de la Muerte Roja» y que  la banda de rock americana «Brand New» la utiliza en su canción «Sic Transit Gloria…Glory Fades».

La biografía del gran boxeador aragonés, aunque alguien haya escrito con argumento inconsistente algo distinto, es narrativa original desde la primera página, en el Hospicio de Zaragoza, hasta la última, redactada por la diabetes y el alzhéimer en un hospital. Pero, antes, hubo letras de oro, que supieron dibujar con la sintaxis de un dios ateniense un autodidactismo de la técnica que lo hizo campeón del mundo en la categoría de los superligeros, al vencer a Furuyama. Tan épica conquista rebasó, en los límites del alba, el campeonato de España y el de Europa. Unas frases suyas resumen, con la  exactitud del observador, la condición del ser humano y de aquellos que se asoman al balcón del triunfador para aprovecharse, primero, y darle la puñalada por la espalda, después, cuando de la gloria se desciende al infierno: «Otros se enriquecieron más que yo con mis puños». «Me ayudaron a gastarlos muchos que hoy me vuelven la espalda». Los bocadillos con mortadela, envueltos en papel de aluminio, las latas de  cerveza, las copas y los reservados, la habitación, inhóspita y fría, en el lupanar, el refugio en los asientos traseros de un coche abandonado y la gramática de sus sentimientos reflejan las realidades cervantinas de un personaje inigualable. Cuando el alcalde de Zaragoza, Antonio González Triviño, le ofreció un trabajo como conserje en un colegio, la respuesta quedó enmarcada en el lugar debido de las esquinas del mundo: «Si quieren un portero, fichen a Zubizarreta».

Perico Fernández quiso ser quien fue en la calle y en el boxeo, y soñó con la pintura de Velázquez y Goya, sabiendo que lo imposible puede ser posible en el momento en el que el alma es el sentimiento que entiende que todo es pasajero y todo se desdibuja, lentamente, en su incalculable laberinto. Siempre valoró el enunciado con el que Steve Jobs supo decir lo que los maldicientes, charlatanes, correveidiles, gacetillas y lenguaraces ignoran en su parquedad: «Tu tiempo es limitado, así que no lo malgastes viviendo la vida de otro… Vive tu propia vida. Todo lo demás es secundario». Películas como «Toro Salvaje», «El luchador», «Million Dolar Baby», «Huracán Carter», «Marcado por el odio» o «Más dura será la caída» resumen, como una escena que perdura, lo que acontece en el deporte de las doce cuerdas al proyectar, al mismo tiempo, la grandeza y la miseria. Viendo cada una de ellas, algo de las mismas se identifica en los 64 años que vivió el mítico genio. «Toro Salvaje», nominada a ocho óscar, retrata, con toda crudeza, la lucha contra sí mismo que hace el protagonista. Aunque no fuera Jake LaMotta, o sea, Robert de Niro, de esta película,  ni el púgil de «Million Dolar Baby», la vida de Perico Fernández fue tan literaria como cinematográfica. Desde Maternidad al hospicio. Desde la celebridad a la caída. Desde el abandono a la autodestrucción. Un héroe en su leyenda, cuya memoria es ahora poema que alza su voz con la métrica del recuerdo y las lágrimas enrojecidas por el llanto. «Guantes rotos: en el podio de la historia». «Se ha ido una gran persona, abandonada por todos», ha dicho José María García. El directo, el gancho y el «crochet», que vimos en la pantalla en blanco y negro de aquel bar del pueblo, ya nunca podrán ser olvido en los anaqueles de los días.

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Manuel Peñalver.

Manuel Peñalver

Sobre Manuel Peñalver

Fue catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Ruiz Gijón (1980-1990). Autor de numerosos estudios, artículos y libros sobre la lengua española. Articulista en periódicos como Diario16, El Correo de Andalucía, La Razón, ABC, Ideal, El Mundo, Diario de Almería. Actualmente, es catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería.

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