Padilla, El Cid y Vilches salen por la puerta grande tras repartirse nueve orejas y un rabo

Padilla, El Cid y Vilches salen por la puerta grande tras repartirse nueve orejas y un rabo

Manuel Viera

Fue el típico festejo de feria. Divertimento sin más para una gente sin exigencias dispuesta al goce significativo del ambiente festero. Poco toreo y excesivas orejas. Y hasta un rabo que le quita credibilidad a una plaza y a una ciudad caracterizada por la seriedad de una afición que se esfumó hace mucho tiempo. Volver a recuperarla se hace tarea casi imposible. De todas formas hubo algo a tener en cuenta. El toro. Aceptable su presentación y comportamiento. El encastado primero y el flojo, aunque notable, segundo destacaron de un noble encierro de El Torero.

Lo mejor sucedió en el epílogo de una larga e interminable función de tres horas de duración. Y es que Luis Vilches ha vuelto mostrar, como ya hizo en muchas tardes, calidades y cualidades para hacer el toreo. Lo hecho con el sexto toro no fue sólo una bonita colección de detalles, sino una faena con la que, sin relajarse un momento, acabó recreándose en un festín de largos muletazos diestros hilvanados, consiguiendo mantener a raya la emoción. Y lo que es más importante, con verdad. Una faena muy válida que podría renovar el interés por el toreo del utrerano. Faena que reveló la calidad de un torero que reivindica su sitio. Y, además, mató. Dos estocadas que, en otras tardes decisivas, le hubiesen puesto en la órbita del toreo.

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Lo hecho representó una inmejorable oportunidad para recuperar a un torero, injustamente olvidado, que ha demostrado un dominio de las telas, valor sincero y, sobre todo, coherencia en su concepto para atisbar un toreo verdaderamente importante. No fue la obra cumbre, pero sí muestras de cadencia y ritmo a la verónica y de temple y ligazón con la muleta. Muletazos largos con la suficiente profundidad y distancia, hilvanados y rematados. La estocada recibiendo quedó atravesada y la agonía del toro se prolongó en excesivo tiempo. De todas formas, lo hecho y dicho por Vilches fue lo mejor de la tarde-noche de feria.

Destacó de la lidia al basto tercero la despaciosidad de la verónica. Quiso Luis más que pudo en una faena de actitud y algo tensa. La estocada de cañón.

Vilches, tras una de sus actuaciones

Vilches, tras una de sus actuaciones

El toreo de Padilla es siempre sugestivo aunque, a veces, las faenas resulten deshilachadas y no todas mantengan la calidad. Pero merece la pena disfrutarlo e, incluso, degustarlo. Porque, fiel a su estilo, sigue sorprendiendo cada tarde con esa entrega  que fluye sin aparente esfuerzo. La faena al cuarto tuvo momentos cargados de intensidad. Un toreo que gusta a la gente y le hace disfrutar. Juan José no deja de causar sensación.

Un Padilla vital dio muestras de solvencia con el noble y encastado primero. Le aplaudieron lo bueno y lo malo en banderillas, pero gustó al natural. A ambos los mató de certeras estocadas.

El Cid aprovechó la calidad de las embestidas de segundo con un lento y majestuoso toreo a la verónica. Después volvió a torear despacio en una faena, brindada al matador de toros Cuqui de Utrera, en la que lució el toreo de izquierda en un largo e intermitente trasteo. Hubo detalles y momentos de un Cid en alza.

Con el rajado y noble quinto, trazó y gustó el expresivo natural. Poco, quizá, pero significativo. Igual con la derecha en el muletazo sentido y ligado en su concepto vertical. Con la espada fenomenal en sus dos toros.

Plaza de toros de Utrera. Corrida de feria. Un cuarto de plaza. 

Toros de El Torero, aceptables de presentación, nobles y flojos. Mejores el encastado primero, y el noble segundo, de notable calidad en sus embestidas. 

Juan José Padilla, de verde y oro. Oreja y dos orejas y rabo.
Manuel Jesús El Cid, de azul y oro. Oreja y dos orejas.
Luis Vilches, de nazareno y oro. Dos orejas y oreja tras aviso. 

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