Las interrogaciones de Rajoy

Son las seis de la mañana en punto. Esa hora en la que la taza de café y el zumo de naranja son como dos metáforas que convertimos en sintagmas nominales de la realidad, mientras España despierta entre las hermosas sinestesias del alba. En mi pequeña biblioteca recobran su esperado y debido lugar algunas joyas del género epistolar: «Hiperión, o el eremita en Grecia» de Hölderlin, «Una novela en nueve cartas» de Dostoievski, «Lady Susan» de Jane Austen, «Carta de una desconocida» de Stefan Zweig, «Paradero desconocido» de Kresmann Taylor, «84. Charing Cros Road» de Helene Hanff. Paso revista a los periódicos digitales y espero a que abran los kioscos para comprar algunos en la edición de papel.
Primer sábado de agosto y la incertidumbre política sigue como si fuera una escena hitchcockiana, tal vez proustiana o quizá brechtiana, aun sin llegar a convertir en verso solitario la búsqueda del tiempo perdido. La entrevista entre Rajoy y Pedro Sánchez fue la interpretación de dos actores, que dialogaron, pero cuyas premisas se perdieron en un río de palabras. Al día siguiente, se entrevistaron el presidente en funciones y Rivera. El joven líder de Ciudadanos abrió las puertas a pactos concretos como los que atañen a los presupuestos y a la reducción del déficit; mas todo indica que, en lo que concierne a la investidura, no pasará la línea de la abstención. A no ser que haya cambios de última hora, el señor de Pontevedra lo tiene complicado. Un comentario, a modo de epílogo de un relato con intrigas palaciegas, señala que podría darse la circunstancia de que el PSOE sumara la abstención de sus 85 diputados a los 32 de la formación naranja siempre y cuando el Partido Popular cambiara de candidato. Con la regeneración como referente en el escenario de los nuevos tiempos. ¿Estaría dispuesto don Mariano a ceder el relevo a otro compañero o compañera para favorecer la constitución de un nuevo gobierno que pueda afrontar con garantías los retos presentes y venideros? La reforma de la educación, las pensiones, el paro, la sanidad, la universidad, la investigación, los autónomos, las pequeñas y medianas empresas y los jóvenes esperan respuestas a tantas preguntas, que hasta ahora naufragan mar adentro.
Si la solución no aparece, las terceras elecciones se convierten en la única alternativa. Con todos los problemas que ello conlleva: el bloqueo de los presupuestos y tantas otras cuestiones primarias y secundarias que de los mismos derivan. Por todo ello, después de dos siglos vuelven los artículos de Larra, del gran Fígaro, a ser motivo de reflexión en las calles de esta España que camina, perpleja y confundida, por el ejemplo que dan sus políticos, que, en unos casos más que en otros, anteponen sus intereses a los generales. Una nación moderna, como es la española, debe conjugar el pasado, el presente y el futuro de una manera generosa y sublime para convertir la política en referente luminoso de la ética. Nunca es tarde y siempre será posible. Pero, para que esto suceda, es necesario que la democracia interna de los partidos constituya una referencia que se proyecte en la sociedad. Es posible que el propio Mariano Rajoy esté pensando en una salida. La partida es complicada, porque, si Rivera pasa de la abstención, convertirá en ceniza la letra de su programa electoral y, si Sánchez se abstiene, habrá muchos votantes que no entenderán ese proceder, porque ello supondría dejar en manos de Podemos la referencia de la izquierda. Algo tendrán que hacer entonces los líderes para ahuyentar a los fantasmas de unas nuevas elecciones, con todo lo que la cuestión supone. Para que encajen todas las piezas, hace falta que una se mueva. Pero el proceso vuelve a empezar y a terminar en Rajoy. Todos los caminos conducen, pues, a una reflexión, que suponga respetar al partido más votado para que forme gobierno, en este caso el PP con sus 137 escaños, mas con la exigencia de que el candidato sea una persona que favorezca el acuerdo. La historia no permite que, en su nombre, se juegue con cartas marcadas. En el caso de que no quedara otra posibilidad y en las diez de últimas no hubiera otra opción, el señor de Pontevedra tendría que ver la realidad como es y no como él quiera que sea. Y ello significaría poner la nación por encima de cualquier otro interés. El mes de agosto tiene este año otras lecturas y otros perfiles. Ahora toca descansar unas semanas. Volveremos en septiembre. El otoño siempre es testigo de una literatura que renace en las páginas de un periódico del siglo XXI. Aquel que surca la infinita geografía de nuestra querida Utrera en la comunicación diaria con sus lectores.

Manuel Peñalver

Sobre Manuel Peñalver

Fue catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Ruiz Gijón (1980-1990). Autor de numerosos estudios, artículos y libros sobre la lengua española. Articulista en periódicos como Diario16, El Correo de Andalucía, La Razón, ABC, Ideal, El Mundo, Diario de Almería. Actualmente, es catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería.

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