Ana Pastor

En estos días de julio, en los que el calor es una metáfora que silencia la ficción para devolvernos a la realidad que se revela infinita, hay obras literarias cuya relectura siempre trae al presente conclusiones como las que comienzan por su propio título. La literatura no fue un sueño de don Quijote, sino una pregunta con respuesta en la noche propicia. O sea, el alba en su irrevocable curso y en la forma que ni el espacio ni el tiempo pueden detener. «Adquirir el hábito de la lectura es construirse un refugio contra casi todas las miserias de la vida», señalaba William Somerset Maugham en la memoria de la prosa que a sí misma se labra en el ayer del tiempo. «Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído», argumentaba Borges en las páginas que rigen el destino. «La prudencia en la mujer» de Tirso de Molina es una de las obras que nunca se pierden cuando todo se perdió. Un drama histórico en el que las figuras centrales son Fernando IV, el Emplazado, y la reina madre, doña María de Molina, quien se enfrenta a las conjeturas de los nobles y consigue salvar la corona de su hijo. «Una excepcional obra de teatro, donde la historia se hace actualidad y la actualidad, historia», afirmó Blanca de los Ríos con palabras que el arte de la poética sueña y labra. «Un clásico vivo», dijo Juan Ramón Jiménez con la métrica de los instantes en la sintaxis del pensamiento. «Dignamente en su lealtad / cualquier merced se emplea / y Vuestra Alteza, señora / con su vida ilustre enseña / que hay mujeres en España / con valor y con prudencia».

Dicen quienes la conocen que Ana Pastor, la nueva presidenta  del Congreso, es prudente, trabajadora, discreta y fiel al líder. Hace unos años, la vi en el mercado de San Miguel de Madrid y percibí su exquisita amabilidad en el trato con la gente. Con los votos de su partido y los de Ciudadanos ha conseguido el puesto institucional que, en la jerarquía, ocupa el tercer lugar del Estado. La ex ministra de Fomento ha sido en un departamento tan complejo una buena administradora y nadie ha puesto una sola duda encima de su honradez. A salvo de cualquier mancha de corrupción, este ha sido el aval para que la formación naranja de Albert Rivera apoye su candidatura. Los nombres de María Dolores de Cospedal y del ministro en funciones de Asuntos Exteriores, García Margallo, fueron rechazados por el partido kennedyano, que exigía un nuevo guion para un cargo de tanta relevancia. Ha sido elegida al haber logrado 169 votos. Patxi López ha obtenido 155, los 85 del PSOE más todos los de Unidos Podemos menos uno (70). Hubo 25 votos en blanco. En lan primera votación, Pastor obtuvo también 169 votos, López, 85, Xavier Domènech, 71 y Francesc Homs, 8.

En 2002, es nombrada ministra de Sanidad en sustitución de Celia Villalobos. Ha sido diputada por Pontevedra en varias legislaturas y, con José Bono de presidente, fue vicepresidenta segunda de la mesa de la Cámara Baja. En 2011, fue designada como titular de la cartera de Fomento. Rajoyana, dialogante, afable, elegante, con unas formas que transmiten la serenidad budista, cuando llega al  estado zen, ha sabido situarse inteligentemente en ese escenario en el que la política permanece sin ser portada, ni contraportada, lo que le ha servido para marcar distancias con otros compañeros de su partido, ahogados el río de sus ambiciones. Su gran mérito ha sido dejar que la ambición deambule como si no la tuviera, cuando, en realidad, los focos del poder siempre la han atraído como los sueños del tiempo atraen la historia del ayer que vemos repetirse cada día en el teatro brechtiano de la existencia.

La discreción es una de las virtudes más hermosas. Ana Pastor y su compañera de partido Celia Villalobos son la antítesis, la paradoja y el oxímoron. El refranero castellano nos ofrece sabios ejemplos sobre tan excelsa cualidad. Las palabras hay que medirlas y analizarlas antes de ponerlas en circulación. «Como pretendes que otro guarde tu secreto si tú mismo, al confiárselo, no los has sabido guardar», argüia François de La Rochefoucauld. La presidenta del Congreso ha hecho de la discreción un arte que tiene una parte literaria y otra parte filosófica. Y por esos caminos ha llegado a representar un símbolo que lo atestigua. La mujer que lee a Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Gil de Biedma y Alejandro Zambra ocupa ya una responsabilidad que otros han pretendido. Ella la ha conseguido sin hacer ruido. Como el agua que, en su dulce murmullo, no sabemos si habla o calla mar Mediterráneo adentro.

Manuel Peñalver

Sobre Manuel Peñalver

Fue catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Ruiz Gijón (1980-1990). Autor de numerosos estudios, artículos y libros sobre la lengua española. Articulista en periódicos como Diario16, El Correo de Andalucía, La Razón, ABC, Ideal, El Mundo, Diario de Almería. Actualmente, es catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería.

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