Víctor y Raquel

Día de tragedia bajo la luz mortal del estío en la plaza de toros de Teruel. Curro Díaz, Morenito de Aranda y Víctor Barrio querían caligrafiar el toreo con el pensamiento conmovido del que lo hace y del que lo ve. Un cartel, entre los besos de Ava Gardner, el cine de Orson Welles y «Muerte en la tarde» de Hemingway. Los tres sabían que el arte de torear es música que «en el aire se aposenta». Encierro con el encaste Santa Coloma. Al tercero, negro bragado, marcado con el número 26, el espada segoviano, vestido de grana y oro, lo recibió a portagayola. Amanoletado y vertical en su indefinible esencia. «Donde termina Manolete, empieza Víctor Barrio», dijo Jaime Ostos con la tersura borgeana del momento. Comienza la faena poniendo el oído en el corazón y los ojos en el silencio. Limpieza y armonía en la geometría picassiana del pase. Coge la muleta con la mano izquierda para componer los naturales como Garcilaso compuso las églogas; entre todas las memorias, una. Pero el viento, en esa hora en la que el destino se quedó sin respuesta, lo dejó al descubierto. Lorenzo lo derribó y le infirió un hachazo homicida. Con la arena ensangrentada, el trayecto a la enfermería fue un verso roto por el desgarro. A las 20.25, como si hubieran sido las cinco de la tarde lorquianas, la doctora Ana Cristina Utrillas firmaba el parte de defunción. «Algo inmortal hay en nosotros que quisiera morir con lo que muere».

Bailaor, Islero, Avispado, Burlero, Lorenzo. El Gallo, Manolete, Paquirri, José Cubero, Víctor Barrio. Raquel, la mujer, la musa, la compañera, que estaba en los tendidos, junto al padre del diestro, impresionada por la terrible cogida, baja con la velocidad de los segundos que quieren irse para no volver. Víctor y Raquel no eran Leandro y Hero, Tristán e Isolda, Calixto y Melibea, Romeo y Julieta o Diego Marcilla e Isabel de Segura, «Los amantes de Teruel»; mas la joven periodista ya ha dejado para la eternidad en forma de tuit uno de los párrafos más hermosos del amor: «Siempre soñamos con la portada de la Puerta Grande de Las Ventas. No pudo ser. Injusta vida. La que se me ha ido contigo». Esa mirada tan limpia, tan cristalina y ese dolor tan sincero y hondo solo pueden ser entendidos por la leyenda y la literatura, como si Raquel hubiera sido una diosa helénica desde el mismo día en que nació. En las redes sociales, sus palabras serán para siempre la métrica de unos instantes que se hicieron infinitos uno a uno. «Gracias a todos. No puedo contestaros. No tengo palabras. Se ha ido mi vida, no tengo fuerzas, pero sí mucho agradecimiento», volvía a escribir en su cuenta de Twitter el diez de julio a las 12.43. Esos caracteres tan byronianos, tan lorquianos y tan hernandianos han convertido el luto de esta heroína en rima manriqueña; como si la elegía hubiera vuelto a nacer en el hoy fugaz que sus lágrimas de lumbre y nieve han hecho eterno. Por el río orwelliano de las generaciones fluyen los versos de Federico como un adiós que nunca se extingue: «¡Que no quiero verla! / Que no hay cáliz que la contenga, / que no hay golondrinas que se la beban, / no hay escarcha de luz que la enfríe, / no hay canto ni diluvio de azucenas, / no hay cristal que la cubra de plata. / No. / ¡Yo no quiero verla!».

Raquel, hija de Labán y segunda esposa de Jacob, es un nombre bíblico. En el Antiguo Testamento, su significado es el de «oveja de Dios». Víctor, de acuerdo con su etimología latina, significa hombre vencedor. Los dos han derrotado a la muerte con una prosa stendhaliana e inefable. Y han convertido el ruedo de Teruel en una metáfora brechtiana, que no es ficción, sino realidad en su épico recuerdo. Los relojes de la media noche van más allá de un sueño. Raquel, sobre el negro y el blanco del camino, nos seguirá recordando el nombre de un valiente. Al que el imposible color de la muerte lo hizo héroe homérico, cuando el sol del atardecer comenzaba a retirarse en su intangible curso. Una paloma vuela mientras muere el día en el hexámetro del llanto por quien tan fiel fue a su valentía. ¡A las ocho y veinticinco de la tarde! ¡Eran las ocho y veinticinco en sombra de la tarde! No hay letras iguales en las páginas de un libro. Pronto llegará el alba. Entonces, labraremos los recuerdos con la infinitud velazqueña del alma para ver y oír torear con la música callada de Bergamín. Preguntando que dónde están los siglos y  que dónde, los sueños de un torero.

Manuel Peñalver

Sobre Manuel Peñalver

Fue catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Ruiz Gijón (1980-1990). Autor de numerosos estudios, artículos y libros sobre la lengua española. Articulista en periódicos como Diario16, El Correo de Andalucía, La Razón, ABC, Ideal, El Mundo, Diario de Almería. Actualmente, es catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería.

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