Elecciones y rock

Escribir como Larra, Camba, Umbral, Kapuscinski, Tom Wolfe o el gran Talese es un ejercicio imposible. Pero soñar en el momento en el que el alba da la bienvenida a las horas, no; al menos, mientras los adjetivos no se conviertan en aliteraciones, las metáforas no busquen el sendero equivocado y los verbos no se aparten del régimen sintáctico establecido. El oficio de escritor requiere paciencia, esfuerzo, tenacidad, vocación; y un vaso de cristal, por donde se vea el mundo, mientras el reloj lo rememora en esos instantes de la tarde, en los cuales el silencio se convierte en cómplice de la redacción y el papel en blanco muestra lo sucesivo. El lunes murió Manolo Tena, el extremeño que universalizó el «rock» en español y enmarcó la movida madrileña en el recuerdo con los versos que perduran en los infinitos libros de la vida. Una hora tras otra, aquel Madrid era la vanguardia de Europa y la oda de una voz que inmortalizaba los segundos en la estación del metro de Lavapiés. Allí, el ritmo y el «blues» se fundían en el abrazo que abre la esperanza al porvenir, como si Billie Holiday, la dama del «jazz», volviera para quedarse siempre. En la misma semana que Pedro Almodóvar estrenaba Julieta, murió «Chus» Lampreave. Más de 50 películas. Ocho, con el director de La Mancha. Ella, más que nadie, descifraba los secretos del nuevo cine.

¿Hay alguna relación entre el «rock», el «blues», el «jazz», el cine y la política? Toda la habida y por haber, aunque Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera y, sobre todo, Mariano Rajoy nos hagan entretejer otra interpretación. ¿Se imaginan ustedes a Tena hablando con el señor de Pontevedra de la letra de sus canciones en una taberna del barrio con la mirada puesta en el infinito que hay detrás de una barra con fotografías de la época? Si no podemos pensar en la escena, quizá podamos poner el viejo tocadiscos para escuchar a Janis Joplin o releer «Éramos unos niños» de Patti Smith. Son las palabras, son los poemas, son los gritos de rebeldía, son los fragmentos de una métrica que permanece solitaria en el calendario de los años, que no vuelven. Es el ayer mágico que ha muerto, a pesar de que nosotros nos hayamos enterado tarde. Es una nueva entrega que acude cuando clarea y que es memoria de las generaciones que leyeron el idealismo del «Quijote». Es el romanticismo que nunca olvidamos en el mar que traen los días con su eterna exactitud.  Es el pretérito indefinido que compartimos con la música que elegimos. «Si ellos pasaran la vida entera, sobreviviendo en la carretera, comprenderían la diferencia entre mendigos y princesas. La pesadilla no tiene final, el espectáculo ha de continuar».

La nación no sabe qué decir, la economía amenaza con volver a los peores momentos de la crisis, la seguridad social es una hucha rota, la enseñanza languidece, los inversores se van y los jóvenes cogen el avión en busca de otros horizontes por donde la esperanza asome. ¿Nuevas elecciones? El acuerdo entre PSOE, Ciudadanos y Podemos naufraga. Las diferencias entre Iglesias y Rivera hacen que el pacto parezca inalcanzable. En este contexto, las interrogaciones se muestren misteriosas, porque los plazos se agotan en su caligrafía kafkiana y, tal vez, proustiana. Lamentablemente, el ego puede más que los intereses de los españoles. La formación morada remite, no obstante, a sus bases.

Vuelve a sonar «Sangre española», como poesía que descubrimos en los vagones del tren y en las calles de los tiempos, como rimas de la existencia en los metros cuadrados de una buhardilla, que llena los espacios con anaqueles y versos nerudianos. Voces compuestas, fonemas y sonidos en la cercanía del anochecer, cuando el cielo se pone azul con un adjetivo de Quevedo o un párrafo de Camba. «Preparado para el rock and roll». Como respuesta a una pregunta que sale del alma para proseguir su curso en el corazón. Endecasílabos de amor en cada línea, en cada punto y aparte, en cada puesta de sol. Con esa luz de color melocotón, diamante y oro que en Almería recuerda a «Chus» Lampreave para convertirla en diosa del universo, con la pasión que se adivina en la sintaxis de lo que conmemora y une en un adiós que no tiene fin. En la forma radiante de una melodía por la que llega un rumor de serenidad. «Quiero beber y no olvidar, quiero ser feliz y volver a empezar. Siempre quiero que nada tenga ningún dueño, quiero volver realidades los sueños, quiero beber y no olvidar, quiero ser feliz y ya nunca llorar». Mientras, el atardecer declina en una cala perdida pensando en lo que pudo ser y no fue. A través de lo insondable.

Manuel Peñalver

Sobre Manuel Peñalver

Fue catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Ruiz Gijón (1980-1990). Autor de numerosos estudios, artículos y libros sobre la lengua española. Articulista en periódicos como Diario16, El Correo de Andalucía, La Razón, ABC, Ideal, El Mundo, Diario de Almería. Actualmente, es catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería.

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