ALTAMIRA

España-Francia 2016 97 min.

AltamiraDirección Hugh Hudson Guión Olivia Hetreed y José Luis López-Linares Fotografía José Luis Alcaine Música Mark Knopfler y Evelyn Glennie Intérpretes Antonio Banderas, Allegra Allen, Golshfiteh Farahani, Pierre Niney, Rupert Everett, Clément Sibony, Henry Goodman, Irene Escolar, Nicholas Farrell, Maryam D’Abo, Tristán Ulloa

Un proyecto auspiciado por la familia Botín, heredera directa de Marcelino Sanz de Sautuola, que descubrió junto a su pequeña hija las cuevas de Altamira a finales del siglo XIX, y cuyo legado sólo  logró reconocimiento doce años después de su muerte, tras lidiar presuntamente de manera incansable con la Iglesia, que naturalmente negaba toda posibilidad de vida humana más allá de los dos mil años relatados en la Biblia, y la ciencia, que recelaba de un descubrimiento que pudiera eclipsar otras teorías ya asentadas o naciones autoproclamadas como las más adelantadas en paleontología. Un film cuya mayor virtud es no resultar para nada pretencioso; no es tampoco ese publirreportaje ni el documental que mucha gente pretende ver, ni merece por supuesto ser proyectado únicamente en exposiciones internacionales o parques temáticos como algunas personas demandan. Su vocación didáctica no la coloca en esa situación, por el contrario si en algo ahonda es en su tendencia al melodrama sentimental, con la relación entre padre e hija como eje central de la trama. Lástima, porque con José Luis López-Linares (Asaltar los cielos) en el guión, la cinta podría haber dado más de sí, profundizando más en la tensión subyacente entre religión y ciencia, los obstáculos contra los que tuvo que luchar el rico hacendado y su posición frente al mundo científico que tanto admiraba, además de dejar una mayor y más clara constancia de la importancia del descubrimiento para la humanidad. Por el contrario la realización plana aunque firme de Hugh Hudson, que no se ponía tras la cámara desde Soñé con África, un melodrama de 2000 protagonizado por Kim Basinger, tras cosechar en los ochenta éxitos como Carros de fuego, Greystoke y Revolución, sólo alcanza a contar una historia amable y bien ambientada, que la aleja de esos seriales televisivos con los que también ha sido injustamente comparada. Todos los talentos involucrados en la cinta han jugado al preciosismo y el tópico, desde la cuidada fotografía de Alcaine en incomparables paisajes cántabros, hasta la tópica música de Knopfler; mientras se agradece la contención de Banderas y se acepta el peaje de rodar en inglés a cambio de contar con rostros multiculturales del cine mundial, como la iraní Golshfiteh Farahani (A propósito de Elly, La piedra de la paciencia, Los dos amigos), los francesces Pierre Niney (Yves Saint-Laurent) y Clément Sibony (El desafío), el británico Rupert Everett, notablemente transformado, y Maryam D’Abo, que fue chica Bond en Alta tensión, y la española Irene Escolar (Un otoño sin Berlín). Se deja ver aunque haya desaprovechado considerablemente sus múltiples posibilidades, como esos bisontes animados que apenas logran aportar a la narración su aspecto amenazante como tragedia que se cierne sobre la pequeña María y su familia.

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