La siniestra sombra del ISIS

Es la primera hora de la mañana, suena el clan, clan, clan al subir las persianas metálicas y los periódicos se alinean en los quioscos. Es el momento de encender el ordenador, de comenzar la cita con la escritura, de acariciar la inocencia del tiempo, descuartizada por la barbarie yihadista. Es el intervalo para caligrafiar en las páginas en blanco las palabras que más queremos. Es el instante en el que el dolor nos hace seguir adelante con la prosa convertida en sintaxis del sentimiento. Es el tic-tac con el que sobrevienen los versos de Blas de Otero como metáforas que le ponen métrica a la existencia en la sinalefa del silencio. Es la tercera persona del presente de indicativo que pronunciamos cuando el semantema paz nos enseña los horizontes de la tarde, como poemas exactos en su armonía. Es la rima que nos conduce por otra vereda para encontrar el agua cristalina que bebimos en las fuentes de la infancia entre encinas y veneros.

París, en noviembre, y Bruselas, hace unos días. Otra vez, la sangre derramada en el viejo continente por la vileza asesina del terrorismo islamista, con su epicentro en Molenbeek. Con premeditación y alevosía, en los rincones de unas entrañas envenenadas, que nunca supieron leer las letras de la dicha porque nunca creyeron en ella. Ante estas hienas y estas ratas, enfangadas por la locura, los servicios de inteligencia belgas han naufragado. Mientras era capturado Salah Abdeslam, ya planeaban los hermanos Khalid e Ibrahim «El Bakraoui», que se inmolaron en su siniestro presagio. «El terrorismo nace del odio, se basa en el desprecio de la vida del hombre y es un auténtico crimen contra la humanidad», caligrafió  Juan Pablo II en el recuadro del pensamiento que perdura en el primer punto y aparte del destino.

En los recientes acontecimientos,  de nuevo ha ido el periodismo por delante de la política, informando minuto a minuto, analizando, opinando y mostrando la realidad tal como era en el aeropuerto de Zaventem y en la estación de metro de Maelbeek. Víctimas de cuarenta nacionalidades. Páginas enteras, largos relatos y la información fluyendo en las páginas digitales con la velocidad de los segundos. Llega la noche y pasan los días. Mas la esperanza sigue herida en su raíz más profunda. Acaso una canción de Billie Holiday o de Patti Smith nos haga pensar que todo acabará en las hojas del calendario que sigue intacto en la repisa donde lo colocamos a primeros de año. «No hay camino para la paz; la paz es el camino», señalaba Mahatma Gandhi en los instantes en los que el mundo se quiere a sí mismo a través de la verdades insondables en las que todavía creemos. Olor a muerte en las calles de la capital políglota, mezclado con el llanto que cualquier ser humano derrama cuando el horror vuelve a ser, mientras creíamos que se había ido para no volver. «¡Viva la libertad! El sol nunca ha iluminado un logro humano más glorioso», gritó por los caminos del lenguaje que nunca olvida los sentimientos Nelson Mandela.

Alerta, en Europa Las libertades en peligro, por culpa de un ejército de desalmados, que miran a las puertas del infierno porque son incapaces de mirar a otro lado, por la venda que se han colocado ellos mismos para ensangrentar vidas nobles y hermosas, que soñaban con los objetivos más venturosos. Las democracias occidentales saben que los terroristas acechan. París. Bruselas. Boston. Londres. El 11-M en España, con sus interrogantes y grandes lagunas en la investigación, no queda tan lejos. La historia prosigue en su infinito curso. El futuro se conjuga con otras perspectivas. Las rimas de la esperanza siempre nos pertenecen en nombre de: la poesía. Machado y Neruda. Alberti y Borges. Las primeras metáforas son las más queridas. Las lágrimas lo atestiguan en el espejo.

En el teorema perdido de las horas, somos nuestra memoria. El sol sale. El mar despierta. La verdad cambia de la televisión al periódico. Los contextos son diferentes y las situaciones, también. Los centenarios se suceden. Henry James. Cervantes. Shakespeare. La literatura universal vuelve a nacer. Entre sustantivos y adjetivos, fue después. Los verbos y los pronombres van y vienen en la proximidad de los adverbios. El atentado en Lahore es un crimen que se suma a otro crimen. Palmira no es otra cosa que nostalgia imposible en el pretérito perfecto. Viajar consiste en volver. «Lo peor es cuando uno termina un capítulo y la máquina de escribir no me aplaude», dijo Orson Welles entre sinestesias imperfectas. Reproducir lo mismo en la «tablet» es una forma de recordar aquello que pensamos sin haberlo previsto. En ese eterno instante que nos trae el reloj con su fugitiva prisa; inasible en su reminiscencia literaria, como música de etimología.

Manuel Peñalver

Sobre Manuel Peñalver

Fue catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Ruiz Gijón (1980-1990). Autor de numerosos estudios, artículos y libros sobre la lengua española. Articulista en periódicos como Diario16, El Correo de Andalucía, La Razón, ABC, Ideal, El Mundo, Diario de Almería. Actualmente, es catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *