Escribir en España es llorar

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Larra me enseñó a leer a Chateaubriand y a Lamartine. Y, ahora, como conclusión de aquella literatura, a Patti Smith y a Roberto Bolaño. Ha salido el sol sin titubear: «Tiempo, no vueles más. Que las horas propicias interrumpan su curso. ¡Oh, dejadnos gozar de las breves delicias de este día tan bello!». ¿Qué hay más encanto en la luz del otoño o en la del invierno? ¡Una gota de miel en la copa de la vida! Media tostada de tomate con aceite de oliva virgen extra de Canjáyar, una taza de café y un vaso de agua encima de la mesa, viendo el mar a la distancia de un fragmento de «Cien años de soledad». Leo en la tableta los medios digitales y, antes, la edición en papel de este periódico. Dijo Fígaro que escribir en Madrid es llorar. Y, por extensión, en España, la nación de Alonso Quijano y Sancho. De «El lazarillo de Tormes» y «El buscón». De Alfonso de Valdés y Francisco de Quevedo. Los dos prismas de una manera de ser y de ver el mundo, sin empañar la vista como una melodía lejana. La realidad y los sueños, en la huida fugitiva del destino.
La situación de Cataluña es una odisea complicada. La de España no es menos compleja. Los resultados del 20 de diciembre pueden desembocar en unas nuevas elecciones. En una segunda vuelta, con los mismos argumentos, pero con otra letra. Sobran muchos intereses creados y ambiciones personales. El señor de Pontevedra dice que él no se va. Pedro Sánchez, también quiere quedarse. Albert Rivera no sabe muy bien lo que hacer, pues sus cuarenta escaños son menos que los sesenta y nueve de Podemos y, en ningún caso, los que soñó semanas antes de los comicios. España no sabe cómo caligrafiar en el momento presente su futuro ante la falta de acuerdo y de diálogo de unos dirigentes que piensan en el poder antes que en la nación. Aquella frase de Winston Churchill, «El político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones», parecen ignorarla, como si la sintaxis fuera una fotografía de palabras en blanco y negro que no interesa recordar y aún menos aplicar. El manuscrito ya ni siquiera aguarda, cansado de tanto sintagma borroso y anacoluto en la longitud de unos párrafos que no encuentran su sentido. «Nuestras ilusiones no tienen límites; probamos mil veces la amargura del cáliz y, sin embargo, volvemos a arrimar nuestros labios a su borde», escribió René de Chateaubriand en la clepsidra imperturbable y eterna del tiempo que insiste y labra lo que le han otorgado desde sus alminares en tácito silencio. El ayer, al fin, puede ser rescatado por una metáfora, sin que nosotros mismos lo sepamos. El norte limita con el sur, cuando los dos puntos cardinales se acercan y tejen la misma hora en su latitud.
Si los renglones torcidos no cambian su formato, habrá una nueva convocatoria a finales de abril o de mayo, según marque el calendario de los tiempos, que otorgan y erigen las palabras en la geometría transversal de su escritura. «Hasta de la esperanza se siente ahora hastiado mi corazón». En el río de la verdad, alguna vez fue la dicha antes que la mentira. Oigamos mientras tanto la música blues de Janis Joplin y Lightnin` Hopkins. «Rock», «soul», «blues» y «country blues». «Buried alive in the blues». «Brownies», mezclados con hachís, en su adiós. «Despiértate. La cama está más fría y las sábanas sucias en el cielo. Por los montantes de la galería llega el amanecer, con su calor de abrigo de entretiempo y liga de mujer», versificó Gil de Biedma, sucediéndose hacia lo lejos, porque hay paz en los meses cuando los imaginamos al mediodía y el rumor de los neumáticos desaparece.
España siempre ha sido literatura y esperpento; pero también, historia y política. Los líderes deberían estar a la altura de las circunstancias. La universidad, la investigación, la enseñanza, la economía, la administración reclaman cambios y reformas, sin demora. Es la etapa de los idiomas, de las nuevas tecnologías, de las redes sociales y de los jóvenes emprendedores. «Juventud, divino tesoro», si rememoramos a Rubén Darío en la métrica de este presente de indicativo, que todos queremos conjugar con la mirada dirigida al futuro. Por el camino señalado en su libre cadencia, hay una puerta abierta en el lugar debido. «Cuando el ojo no está bloqueado, la visión aparece», reza el proverbio, buscando la piedra filosofal. Que, en este caso, no es Zinedine Zidane. Rafa Benítez se ha ido otra vez a Liverpool. ¡Manda el IBEX! Noos. El independentismo. El paro. Los pactos. Rajoy y Sánchez, ¿un Picasso sin colores o un Ferrari sin gasolina? No ese era Sinatra con catarro, en la prosa de Talese.

Manuel Peñalver

Sobre Manuel Peñalver

Fue catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Ruiz Gijón (1980-1990). Autor de numerosos estudios, artículos y libros sobre la lengua española. Articulista en periódicos como Diario16, El Correo de Andalucía, La Razón, ABC, Ideal, El Mundo, Diario de Almería. Actualmente, es catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería.

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