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Frank Sinatra está resfriado

Prosiguen su curso los sondeos y encuestas sobre las elecciones del 20 de diciembre. Todas coinciden en que el PP gana; pero lejos de una mayoría suficiente, y que el PSOE se estanca, con el consiguiente aviso para su líder. La cuestión de Cataluña se ha convertido en un espinoso problema, y Mariano Rajoy, que había recibido a  Pedro Sánchez y a Albert Rivera, ha dado un giro a su planteamiento inicial al invitar a la Moncloa a Pablo Iglesias, a Alberto Garzón y a otros políticos y sindicalistas. El desafío secesionista no merece que la prosa se convierta en irreversible; algo que si ocurre con aquel «río en cuyo espejo Heráclito vio el símbolo de su fugacidad». La fortuna  de Pujol es una historia por entregas que ya no sorprende como un silbido en la oscura gloria de un destino errante. Templar las cuerdas de los fonemas y de las sílabas en estas circunstancias es volver a recordar a Larra, cuando repetía el enunciado de que «escribir en Madrid es llorar». Leer a «Fígaro» es la esperanza que nos queda como un modo de andar en el anonimato de los días, el cual suele volver a su crepúsculo a la misma hora, mientras la luz de las sombras se desdibuja, lentamente, en la tarde que aguarda en vano. No somos seres secretos, sino ciudadanos que aspiramos a que se nos escuche en las cercanas calles que parecen infinitas. Hoy como ayer y mañana, la utopía  no llega a ser sindéresis, sino la rima del diálogo.

Pero, entre encuesta y sondeo, entre declaración y afirmación institucional, la literatura amanece donde se había perdido. Como presente y como futuro, para crear la metáfora como compañera siempre fiel en las largas noches de insomnio. He aquí un fragmento de «Frank Sinatra está resfriado» de Gay Talese, el maestro de periodistas y escritores, que supera a Truman Capote y al mismísimo Tom Wolfe, con permiso de Kapuscinski: «Con un vaso de bourbon en una mano y un cigarrillo en la otra, Frank Sinatra se hallaba de pie en un rincón oscuro de la barra, entre dos atractivas, pero ya algo mustias rubias, que esperaban sentadas a que él dijera algo. Pero él no decía nada; había estado callado casi toda la noche, salvo que ahora en este club privado de Beverly Hills parecía todavía más distante…». ¿Se puede escribir mejor? Es posible, aunque nuestra duda no sea la de Descartes, sino la humilde y modesta que nos pertenece por derecho propio. Quizá, si leemos «1984» de George Orwell, a Larra, Camba y Umbral, a James Salter y Raymond Carver, a Roberto Bolaño y Leonardo Padura, podamos encontrar motivos suficientes para establecer una comparación o seguir con la interrogante; ahora sí, cartesiana o kantiana. Mas la relectura sigue invitándonos a la consideración de que la prosa de Talese es luminosa, porque le pertenecen el oro y la eternidad en la mitología de los mortales. Desde luego, el olvido en casos como estos, no espera, puesto que ningún reloj marca las trece, cuando, silenciosos, llegan los segundos fugitivos a la poesía de Keats.

Un día que amenaza lluvia y se queda entre las nubes y el sol, sin saber qué decir, puede ser una jornada ideal para entablar conversaciones con los textos del Siglo de Oro. El camino comienza por Garcilaso. Pero el punto y aparte está en Quevedo antes que en Cervantes, aunque a uno le pertenezca la inmortalidad y al otro, solo la memoria que elige. Mas el punto de llegada no lo encontraremos, por mucho que lo busquemos, nada más que en Larra y en los periódicos de la época. El relato de las horas es el instante que, antes de caligrafiarlo, se va del horizonte. Por ello mismo, ha acertado Pablo Iglesias cuando le ha regalado al presidente del Gobierno un ejemplar de «Juan de Mairena». Hay regalos y hay obsequios. La obra de Antonio Machado no es un racimo de letras. Es el texto mirífico que encierra el pensamiento, la filosofía y el comentario crítico. «Nunca peguéis con lacre las hojas secas de los árboles para fatigar al viento. Porque el viento no se fatiga, sino que se enfada, y se lleva las hojas secas y las verdes». Más allá de los símbolos, la política es la página que registra los porqués y los cuándos en el diccionario del acontecer. En la vida suelen ocurrir demasiadas cosas, que el tiempo, en su eterno presente, sabe medir. La retórica de Rajoy se parece a la de Iglesias como el apellido del alba al de la noche. «Frank Sinatra está resfriado». La cámara recorre el dúplex de Juan Carlos y Corinna en los Alpes. Una nueva prosa y un verso que nunca habíamos leído en su respuesta.