La dama del jazz

El mar duerme bañado por la luz. Una autobiografía exactamente tejida, que acude como afirmación a la que nunca podrá vencer el paso del tiempo. Aquel disco a los 18 años. La diosa del jazz en los heptasílabos del desgarro. Las lágrimas se rompen, misteriosas y tácitas, mientras el alba es sintaxis de los segundos que preceden a las horas en las avenidas del mundo. Las preguntas delatan a las respuestas. ¿Cómo empieza el día cuando la única esperanza es el próximo chute? Billie Holiday. La infancia imposible. La prostitución. El primer vestido de seda auténtica y los zapatos de charol con tacón de aguja. El alcohol. La droga. La prisión. El trauma a tan temprana edad, como un «uppercut» que siega de raíz las ilusiones que todo ser humano lleva en su ADN. Pod`s and Jerry`s y Dickie Wells`s. Aquella fotografía enmarcada en el hipertexto del desarraigo. Las películas de Billie Dove. El mismo peinado. El mismo nombre. La vitrola para oír a Bessie Stmith y Louis Armstrong en el burdel de Alice Dean. Ciudadano Kane y Orson Welles. La chica up. Trav`lin All Alone. Calle 133 de la Séptima Avenida. Más allá del swing. Una mañana antes del amanecer. Recordando lo que sucedió.
Pongamos en un recuadro el nombre siempre universal de Billie Holiday. Tal vez al de la mítica dama podríamos sumar algunos nombres más: Frank Sinatra, Lester Young, Ella Fitzgerald, Nat King, Sarah Vaughan, Dina Washington, Nancy Wilson… Entonces, quizá llegaríamos a decir que un artículo también puede ser jazz o blues; y aquella diosa, poesía y mito en las pulsaciones del destino. «Supongo que no soy la única que oyó buen «jazz» por primera vez en un burdel», fraseó como testimonio de una vivencia magnética e insondable, que, apagadas las luces del Society, jamás acaba. ¿Se puede llegar a la memoria de una balada tan pura leyendo Lady sings the blues? La musa i must have that man inspira. «Así llevo el vaso a mi boca; y te miro y suspiro». ¿Tiene sentido mezclar la prosa con el estilo encuadernado de rojo pasión por Billie para tratar de identificar el punto de inflexión que escudriñamos en los ángulos oscuros del microtexto? El recuerdo tiene siempre sabor de sinestesia. «De los árboles del sur cuelga una fruta extraña; sangre en las hojas y sangre en la raíz; cuerpos negros balanceándose en la brisa sureña». La discriminación racial. Strange fruit, elegida como la mejor canción del siglo XX por Time en 1999. En el café Society Downtown tuvo que ser. Su ascendencia estaba en el poema escrito por Lewis Allen. «Dios mío, en mi vida oí algo tan hermoso. En la sala se podía oír volar una mosca», dijo en el lavabo del Downbeat una señora a Billie.
«¿Cabe la posibilidad de que los reveses y el dolor conduzcan a la heroína?». Sobreponerse cuesta un mundo. Eleanora Fagan Gough lo consiguió; pero volvió a entrar a la autodestrucción por la misma puerta por la que salió. Philip Larkin dijo que sus discos eran «calcinados y abrasadores». Un siglo después Billie Holiday sigue existiendo en nuestros corazones. Pensar en ella es universalizar su voz rebelde, porque nadie puede cercenar el abecedario de aquella métrica tan hermosa. Aunque los narcóticos, la cirrosis, la vileza, la derrota y el rumbo perdido de la nave esperaban con la guadaña. «Esta es una extraña y amarga cosecha» como metáfora que va y viene del mar agitado en su calma; sereno en su melodía. De la misma manera que aquella canción; capaz de curar las heridas del alma, sin poder hacerlo con la propia en el lienzo de una infancia perdida como un capítulo que nunca fuimos capaces de escribir en la semántica invertida de aquella página. Todo comenzó como un oxímoron selectivo de lo cotidiano. Como un futuro que nos pregunta a dónde vamos. Como un presente que se proyecta del mismo modo que una de aquellas películas que queremos comentar con nosotros mismos en el tráiler de la duda.
Las palabras habían convertido los instantes en eternidad. En copretérito inacabable. En luminosidad que sorprende por su realismo agónico en la grabación de los momentos como teselas para un mosaico. «Lo que sale es lo que siento». Y los ojos humedecidos, bien sabía por qué. Había vivido 44 años. Kenneth Hollan, el saxofonista, la había visto actuar en el club Grey Dawn de la calle 133. Una nube sombría invadió la coexistencia con el desamor. «Y la muerte nadie la oía, pero hablaba muy cerca del teléfono». (Baltimore, 1915–Nueva York, 1959). Millones de discos vendidos. El filme protagonizado por Diana Ross. La edad de oro del jazz. Aquellas noches interminables en su misterio, el viejo micrófono… «Billie, ¿otra vez, Strange fruit?». Los años pasan y son reemplazados. ¡Y solo tú eres, como vestal que nos imanta con la voz!

Manuel Peñalver

Sobre Manuel Peñalver

Fue catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Ruiz Gijón (1980-1990). Autor de numerosos estudios, artículos y libros sobre la lengua española. Articulista en periódicos como Diario16, El Correo de Andalucía, La Razón, ABC, Ideal, El Mundo, Diario de Almería. Actualmente, es catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería.

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