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Un gafe llamado Horacio Quiroga

Hace un par de años leí uno de esos libros a los que siempre se vuelve; un libro de anécdotas y curiosidades relacionadas con escritores famosos titulado Enigmas literarios. Secretos y misterios en la historia de la literatura, de Jesús Callejo Cabo (Corona Borealis, 2004).

Uno de sus capítulos está dedicado al cuentista, poeta y dramaturgo Horacio Quiroga. Creo que la vida del escritor uruguayo, marcada desde su inicio por el infortunio, es digna de ser recordada.

Horacio Silvestre Quiroga Forteza nació en una fecha especial: fin de año de 1878. Cuando sólo tenía dos meses y medio, su padre se mató disparándose con una escopeta de caza en presencia de su familia. Algunos dijeron que se trató de un accidente; otros, que se suicidó debido a la complicada situación económica que atravesaban los Quiroga.

La madre volvió a casarse y se trasladó a vivir a Buenos Aires. Ascencio Barcos, padrastro de Horacio, sufrió una hemorragia cerebral que lo dejó paralizado en una silla de ruedas. Ni siquiera podía hablar y la depresión lo llevó al suicidio. Un día, en presencia de Horacio, que por entonces tenía 13 años y le hacía las veces de intérprete, su padrastro se disparó apretando el gatillo con el dedo del pie. Utilizó para ello la misma escopeta que mató al padre biológico del joven Quiroga.

La salud también le jugó malas pasadas al escritor uruguayo. Era asmático y tartamudo y sufrió muchos problemas de adaptación en el colegio o a la hora de hacer amigos…

A los 19 años se enamoró de María Esther Jurkowsky, pero los padres de la joven le impidieron que la siguiera visitando. A los 21 se fue a París, se quedó sin dinero y el hambre le obligó a regresar a Montevideo.

El 5 de marzo de 1902, con 24 años, Horacio mató accidentalmente a su amigo Federico Ferrando, al disparársele un arma que creía descargada y que estaba limpiando para que Ferrando se batiera al día siguiente en duelo. Pasó algunos días en la cárcel, fue liberado y se trasladó a Buenos Aires, a casa de su hermana María. En la capital argentina perdió a dos de sus hermanas, Pastora y Prudencia, aquejadas de fiebres tifoideas.

El infortunio de Quiroga no quedó ahí. Su primera mujer, Ana María Cirés, y con la que tuvo dos hijos, Eglé y Darío, se suicidó tras seis años de matrimonio ingiriendo líquido para revelar fotografías, tardando ocho días en morir. Su segunda esposa, María Elena Bravo, de 18 años y 30 más joven que Quiroga, lo abandonó y se llevó con ella a la única hija de ambos, Elena.

Por esas fechas Prudencio, hermano mayor del escritor, murió en un trágico accidente y Baltasar Brum, político y amigo de la juventud de Horacio, se suicidó tras ser derrocado como presidente de Uruguay en 1933.

Como no podía ser de otra forma, los últimos años de Horacio Quiroga confirmaron el gafe que envolvió toda la vida del creador de Cuentos de la selva. A los 56 años los médicos le diagnosticaron una hipertrofia de próstata, de la que fue operado en 1936. Al serle diagnosticado un cáncer gástrico, solicitó permiso para salir unas horas del hospital. Visitó a varios amigos y a su hija Eglé antes de entrar en una farmacia para comprar cianuro. Regresó al hospital y la madrugada del 19 de febrero de 1937 fue hallado muerto en su cama.

No me negaréis que la historia tiene su miga. Pero hay más. Parece que la genética hizo su trabajo y los hijos de Quiroga heredaron el gafe paterno. Así, su hija Eglé se divorció y acabó suicidándose un año después, en 1938. Darío Quiroga, por su parte, se suicidó en 1952.

La guinda al pastel de infortunios se la llevan algunos de los allegados del escritor. Su amigo Leopoldo Lugones se mató el 18 de febrero de 1938 en una habitación de hotel, mezclando arsénico y whiskey. Su amante, la también escritora Alfonsina Storni, se arrojó al mar al serle diagnosticado un cáncer de pecho. Por último su sobrino, el novelista Jules A. Claretie, se arrojó a un tren.

No es de extrañar, por tanto, que Horacio Quiroga sea recordado como un buen escritor, pero también como un gafe redomado.