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EL MUNDO SIGUE

España 1963 121 min.

Guión y dirección Fernando Fernán Gómez, según la novela de Juan Antonio de Zunzunegui Fotografía Emilio Foriscot Música Daniel J. White Intérpretes Lina Canalejas, Fernando Fernán Gómez, Gemma Cuervo, Milagros Leal, Agustín González, Francisco Pierrá, José Morales, Fernando Guillén, Jacinto San Emeterio, José Manuel Caffarel, Joaquín Pamplona, Cayetano Torregrosa, Ana María Noé, Pilar Bardem

Rodada con la dificultad de la censura, aliviada tras un cambio de titularidad en el Ministerio de Cultura, y apenas estrenada en Bilbao dos años después, y como estrategia comercial de una distribuidora vasca con el fin de adquirir los derechos de distribución de varios títulos americanos, El mundo sigue llega ahora a las pantallas con honores de estreno, justo cincuenta años después, aunque su distribución sigue antojándose limitada a tenor del excepcional documento que supone y de todo este tiempo que ha permanecido en el ostracismo más absoluto. Su estreno coincide con una reivindicación del cine español en la televisión pública, lo que quizás ha abonado el terreno para recibirla con más entusiasmo. Parece ser que Fernán Goméz la concibió como tercera y última entrega de su trilogía sobre la tragedia de vivir; La vida por delante La vida alrededor serían sus precedentes, aunque enfocadas desde un punto de vista aparentemente más cómico que ésta, auténtico drama desmelenado y sin tregua alguna para la broma. El texto de Zunzunegui le sirvió en bandeja el material al director de El viaje a ninguna parte para tejer un análisis somero y acertado sobre el temperamento español, sobre la herencia recibida no ya desde la Guerra Civil y el autoritarismo franquista, sino desde la misma época de la primera dictadora del reino unificado, una Isabel la Católica cuyo fundamentalismo religioso sentó las bases de un pueblo sometido a una doble moral, a la censura, la falta de libertades, el castigo y la amenaza de un purgatorio. Una serie de condicones que fue forjando un carácter irascible, enojoso, miserable, desconfiado y hasta esperpéntico, del que aún no nos hemos librado. Como película El mundo sigue es un prodigio de construcción, soluciones narrativas y capacidad para enganchar de principio a fin. Tras unos títulos de crédito al ritmo de una agradable música de baile que sale de la radio de un coche, comienza retratando las calles de Madrid y sus habitantes hasta que la cámara se fija en una de ellas y la sigue hasta el último piso de una calle de barrio. Todo un ejercicio de estilo que a día de hoy se convierte en una experiencia nostálgica de incalculable valor. Lo que sigue nos lleva del estupor a la incomodidad y la perplejidad, sin abandonar en ningún momento la horrible convicción de lo mucho que acierta el realizador al retratar la idiosincrasia hispánica. El eje del argumento lo ocupa una familia típicamente cristiana que representa la incapacidad de muchas de ellas para la convivencia, una impostura propiciada por una ley supuestamente divina, soberbia e inquebrantable. Dos hermanas que se odian ante la mirada desesperada de una madre mortificada y un padre obligadamente autoritario; un marido y cuñado ludópata, golfo y terriblemente machista, en el sentido más literal del término, porque solapadamente o no toda la sociedad retratada expide un irrespirable tufillo a machismo. Esos son los principales personajes de una galería en la que la falta de recursos, la ambición por el lujo, la agresividad, la mala suerte y los instintos más básicos campan a sus anchas para no dejar títere con cabeza y arrastrar de forma inmisericorde a todos y todas por el fango y la inmundicia. Sus dos horas se hacen así difíciles de digerir, provocando una sensación de horror y vergüenza difíciles de superar. Entre lo peor la puntual sobractuación de sus protagonistas, con accesos de locura que se podrían haber ahorrado, y la ausencia de esperanza o remisión; y entre lo mejor un uso de la cámara y el montaje ejemplares, con momentos sublimes como la subida a galope de Gemma Cuerva por las escaleras de su casa para reencontrarse con su madre mientras en flashback asistimos a instantes de su niñez junto a ella. A destacar también los excelentes diálogos y la sensacional dicción de todos sus intérpretes. Imprescindible aún siendo muy dolorosa por lo mucho que acertamos a reconocernos en su miseria.