Pedro Sánchez, entre Begoña y la bandera

El Partido Socialista anda a la búsqueda del tiempo perdido. Pero no como una manera de releer la universal obra de Proust, sino como praxis para consolidar un líder. La tarea no está resultando fácil. La última etapa de Zapatero puso entre paréntesis capítulos que otrora habían sido bien redactados. Ahora es Pedro Sánchez el que asume el reto. El madrileño no es tan débil como creían sectores de la derecha y de los propios socialistas. La destitución fulminante de Tomás Gómez y la designación de Ángel Gabilondo, como candidato a la presidencia de la Asamblea de Madrid, fue algo más que una simple declaración de intenciones; aunque este proceder supusiera dejar a las primarias como a una metáfora en medio de una ola rebelde. No sé si Sánchez ha leído a Proust. A quien sí  parece que tiene presente es a Obama. Después del acto en el Price, a él y a su mujer les dicen «los obama socialistas». El atril, el traje oscuro y la corbata roja del secretario general, el rojo intenso del vestido de la bella Begoña; y una bandera gigante de España como telón de fondo. El rojo es el color de la pasión, de la atracción, del amor, de la vida, del fuego, del placer. El símbolo de la divinidad.  Mas, también, el de la ira. El de los semáforos. El de las tarjetas que enseñan los árbitros. Una emoción y su contraria. En el cine y en la literatura. Rojo diva era el vestido que llevaba Marilyn Monroe en «Los caballeros las prefieren rubias» (¡se vendió en una subasta por 1.2 millones de dólares!). Este mismo adjetivo forma parte del título de una de las grandes obras de la literatura universal: «Le rouge et le noir» (1830) de Stendhal. «El color es el tacto del ojo, la música de los sordos, una palabra en la oscuridad», decía el nobel turco Orhan Pamuk.

¿Una nueva sintaxis para una política distinta y que  busca el centro como lo buscó hasta encontrarlo Felipe González? Los pactos con Podemos en los  ayuntamientos y en las autonomías indican otro camino; mas el concepto cambia de un día a otro.  Y de una hora a otra. ¡Que se lo pregunten si no a Juan Carlos Pérez Navas! Pedro Sánchez ha vencido, sin luchar, a dos rivales que soñaban con ser el cartel electoral del PSOE: Susana Díaz y Carmen Chacón. La trianera comenzó a perder la partida el día que disolvió el parlamento para convocar elecciones. Los noes y los silencios, hasta que Juan Marín le dio el sí, con condiciones, hicieron naufragar unas ambiciones que nunca disimuló. Carmen Chacón se fue a Estados Unidos y sus aspiraciones se evaporaron. En estas circunstancias, el camino de Sánchez está expedito. Lo que no quiere decir que hayan desaparecido las dudas que parte de su partido tiene. De aquí a las generales, cualquier paso en falso puede crearle graves problemas. La teoría de los colores en el Price no es una antítesis, ni una paradoja. Pero el morado de Podemos y el naranja de Ciudadanos tienen leyenda y significado. El uno, en el  Egipto de Cleopatra. El otro, en el budismo tibetano.

Leer una antología de Antonio Machado puede ser un ejercicio intelectual muy fructífero para quien dijo que la cuna del poeta sevillano era Soria. Entre la política y la poesía las distancias no son tan grandes. Sobre todo, si la lectura se hace sabiendo quién es quién. «Tu mejor maestro es tu último error», señaló Ralph Nader. Sánchez no es todavía; mas puede llegar a ser. El inmovilismo de Rajoy y la crisis de liderazgo de la derecha son puntos a su favor. Obama tiene discípulos. Se trata de confirmar si los propósitos son los mismos, parecidos o semejantes. La relectura de la novela de Stendhal es necesaria. Quizá, imprescindible. Tal vez, obligatoria. Entre el rojo y el negro hay disimilitud. Más que entre la sinonimia y la antonimia. Porque el color es abstracción y la palabra, concreción. Habrá que esperar al día de las elecciones generales para comprobar si la papeleta que elijamos tiene que ver –o no– con la corbata del líder del PSOE y el vestido de la bella Begoña en el Price. Marilyn Monroe fue diosa y musa. «Beauty» y «Pop art». Begoña es belleza y métrica. Arte y mirada. Salter tendría que haberlo escrito con la metalírica que solo él tenía. «Nueva York parecía a lo lejos una ciudad extranjera». ¿Por qué debemos leer a James Salter y a Raymond Carver? Esta es la pregunta que nos seguiremos haciendo en la suave melancolía de la tarde, mientras no sepamos con certeza si aquella –o aquel– «selfie» era realidad o ficción.

Manuel Peñalver

Sobre Manuel Peñalver

Fue catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Ruiz Gijón (1980-1990). Autor de numerosos estudios, artículos y libros sobre la lengua española. Articulista en periódicos como Diario16, El Correo de Andalucía, La Razón, ABC, Ideal, El Mundo, Diario de Almería. Actualmente, es catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería.

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