Un largo Jueves Santo y Madrugá de desbordante de intensidad (GALERÍA)

Un largo Jueves Santo y Madrugá de desbordante de intensidad (GALERÍA)

Además del traje oscuro y la mantilla, junto a los oficios y las visitas a los sagrarios, el Jueves Santo dejó momentos de lucimiento y emoción que enlazaron directamente con la Madrugá. Fue una jornada que parece no tener fin y que dejó instantes que ya forman parte de la historia cofrade de Utrera.

La tarde comenzó con la Trinidad, que dejó atrás su templo para adentrarse en el casco histórico de Utrera a través del Arco de la Villa. Allí, como cada año, volvió a obrarse el milagro y, pese a las reducidas dimensiones de esta antigua puerta de entrada a la ciudad, los pasos del Cristo de los Afligidos –exornado con claveles de color cardenal- y de la Virgen de los Desamparados –con claveles y clavenillas de color blanco- pudieron alcanzar la puerta de la iglesia perteneciente a las Hermanas de la Cruz, al otro lado del Arco, donde rezaron y cantaron ante las imágenes de esta cofradía. El sonido de sendas saetas completaron un instante que estuvo arropado por el numeroso público que, desde bien temprano, se dio cita en dicho enclave. En este lugar, que centró muchas miradas, pudo observarse la primera fase del nuevo palio de la Virgen, con la bambalina delantera bordada en oro.

Ya de regreso a su templo, con motivo del tricentenario de esta cofradía, los coros de las hermandades del Rocío y de Fátima, acompañados de la banda «Álvarez Quintero», cantaron la letra escrita para la marcha «Callejuela de la O». Pero más emotivo aún que ese instante, la apoteosis se vivía en el interior de la capilla donde, como es tradicional, todos los asistentes cantaron el ave maría que incluye la marcha «Encarnación coronada».

También debido a la efeméride que vive la corporación trinitaria, una representación de las hermandades de la Vera-Cruz y Jesús Nazareno formaron parte del cortejo en un tramo del recorrido, como recuerdo a algo que ocurría cuando estas tres corporaciones eran las únicas que existían.

El Jueves Santo también centró sus miradas en torno a la parroquia de Santiago el Mayor. Desde allí salieron los pasos de la hermandad del Silencio, en torno a los cuales se llenó de recogimiento el tránsito de la cofradía. El sonido de las cadenas que algunos de los nazarenos llevan amarradas a sus tobillos era prácticamente lo único que se atrevía a elevar el volumen de una estación de penitencia en la que pudo verse el paso del Redentor Cautivo exornado con claveles rojos, mientras que el palio de la Virgen de las Lágrimas llevaba claveles blancos.

Y precisamente desde este mismo templo llegaba la hermandad de los Gitanos, cuya salida procesional estuvo arropada por la multitud que abarrotó el entorno del templo. Cuando las puertas de la iglesia se abrieron, se desveló uno de los secretos de cada Semana Santa: conocer el exorno floral de estos pasos. El del Cristo de la Buena Muerte lució un monte de claveles rojos. El de la Virgen de la Esperanza estuvo conformado por ranúnculo, hierbabuena, bouvardia, rosas esperanze, rosas spray, fresias de color rosa, latirus rosa, minocladio, leucadendro y alelíes. Casi recordando la escena del año anterior, este paso de palio se llegó a asomar al interior de la iglesia de San Francisco en su tránsito por este lugar. Sería el inicio a una Madrugá llena de emociones y acompañada por los cantes de los gitanos, que llenó de duende las calles de Utrera.

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