10 años sin Pepa de Utrera

10 años sin Pepa de Utrera

José Jiménez Loreto

La Pepa, se nos perdió una perla…

«Aquí, cuando pasaron las horas y tu barca no siguió, te lloraron tus hermanas, te lloraron tus gitanos, tus amigos y, en lo alto de la rama, el jilguero, la alondra y el ruiseñor. Porque se apagó la fiesta y el compás ya se rompió, Utrera se echó a llorar, porque se le perdió una perla, como aquella concha en el mar» (Manuel Peña Narváez, escritor y crítico flamenco).

Aquel domingo de mayo se fue Josefa Loreto Peña. Pepa de Utrera ya se había ido tres o quizás más años antes dejándonos su admirable legado de vida y su arte imperecedero. Arte reconocido por el universo flamenco -público, crítica y artistas- que derramó durante medio siglo por todos los escenarios que pisó, desde el teatro más suntuoso hasta el más humilde cuarto de cabales.

Ella vivió como quiso y murió como nunca hubiera deseado. El cruel mal del alzheimer había borrado los recuerdos de su vida y de su obra pero no sus sentimientos. Si en una sola palabra la vida es memoria, a Pepa se la arrebató la enfermedad del olvido.

Fue una mujer adelantada a su tiempo. Un tiempo sin cuotas de género ni brechas salariales en el que ser mujer y artista era todo un reto, y si además flamenca y gitana, una prueba de supervivencia.

En esta efeméride en la que conmemoramos el décimo aniversario de su pérdida, hemos optado por no incidir en su apasionante biografía y su brillante trayectoria artística, que ya han sido esbozadas en anteriores publicaciones, proclamando su grandeza cantaora únicamente con la concluyente cita que le dedicó el escritor taurino y flamenco sevillano Luis García Caviedes:

«Pepa de Utrera es la fiesta. En opinión del maestro Miguel Acal es ‘la mejor festera de España’. Tiene la voz clara y fuerza para sacar siete u ocho cantaoras… Pepa es capaz de jugar al dominó con la bulería. Hay que ser muy artista para estar veinte minutos en el escenario con un mismo palo y no hacerse jartible…». A buen entendedor…

Así, en este panegírico vamos a intentar devolver a Pepa y rescatar para nosotros algunos de sus momentos más vividos, aquellos que ella quería que conociéramos todos los suyos, los que le traían la nostalgia alegre de tiempos pasados, los que despertaban sus más ocultas emociones porque ya no volverían.

Escudriñamos en nuestra memoria para revivir las interminables tertulias de estío con abanicos en aquel patio de cal, vela, pozo y geranios de la casa madre de la calle Forcadell -siempre esperando al aguaó con su pipa de madera verde tirada por un burro tordo y al tricarro de los helados del Charrúa- en las que Pepa, con la venia de la abuela María Peña, era la estrella y protagonista. Son fragmentos de la vida de una artista contados por ella misma, trozos de recuerdos arrugados y apilados y guardados desde nuestra niñez que ahora brotan como preludio de un libro de memorias que alguien debería escribir.

En los primeros años de la década de los sesenta, Madrid se convierte en el meridiano flamenco de España. Fue el comienzo de la época dorada de los tablaos. Centenares de artistas profesionales y no tan profesionales, se dirigían a la capital huyendo de las miserias que vivían en Andalucía.

Pepa es una mujer decidida y valiente. Con una maleta de tela y cartón piedra como único equipaje y un billete de ida en el Talgo se traslada a Madrid en busca de fortuna.

Pronto su nombre se anuncia en los más prestigiosos tablaos madrileños: Zambra, El Duende, Las Cuevas de Nemesio, Corral de la Morería, Los Canasteros, Las Brujas, Villa Rosa y, por fin, Torres Bermejas. En esta señorial sala próxima a la Gran Vía echa raíces (fue contratada para un mes y estuvo allí actuando durante más de una década), convirtiéndose en una auténtica embajadora del cante de Utrera y en una artista querida, respetada y admirada por todos sus compañeros de profesión. Pepa comparte escenario con todos los grandes artistas flamencos de la época, absolutamente todos, y sería más fácil nombrar a quiénes no llegaron a actuar con ella en los tablaos.

De esta etapa, Pepa guardó siempre recuerdos entrañables y un rico anecdotario que, junto a la relevancia de sus protagonistas, nos muestran la grandeza profesional y humana de la artista. Por los tablaos desfilaron grandes personalidades del mundo del arte, la cultura y la política nacional e internacional que de visita por Madrid disfrutaron de una intensa velada flamenca.

Pepa actuó en los tablaos de la Villa y Corte con los mejores cuadros flamencos para tan ilustres celebridades y personajes como los príncipes Juan Carlos y Sofía, Hussein de Jordania, el Sha de Persia y Soraya, Rainiero de Mónaco y Grace Kelly, Jacqueline Onassis, Nixon, Edward Kennedy, Ronald Reegan, el astronauta Neil Amstrong, Ernest Hemingway, María Callas, el bailarín Rudolf Nureyev, Alfredo Kraus, Gari Cooper, Charlton Heston, Robert Mitchum, Jack Lemmon, Richard Burton, Frank Sinatra, Lana Turner, Sofía Loren, Paco Rabal, Lucía Bosé, María Félix, Carmen Sevilla, Antonio el Bailarín, Luis Miguel Dominguín, El Cordobés, Carmen Amaya…

En 1962 participa en la gran fiesta que se celebra en el tablao «El Duende» con motivo de la despedida de los Duques de Windsor, el ex rey Eduardo VIII de Reino Unido -el hombre que no quiso reinar por amor- y su esposa la modelo norteamericana Wallis Simpson, acontecimiento de la crónica rosa que reunió a lo más granado de la sociedad madrileña.

Pepa, que ya hacía temporada en Torres Bermejas, es requerida para incorporarse al cuadro de este tablao dirigido artísticamente por la majestuosa bailaora Pastora Imperio y comercialmente por su yerno el torero Gitanillo de Triana, quien ya había contratado a nuestra cantaora años atrás en el Cortijo El Guajiro de Sevilla.

Pepa, que siempre alabó el braceo de Pastora bailando, decía de ella que «era una gitana listísima». Cada noche sacaba al escenario a algún aristócrata o banquero de los que frecuentaban el local para decirle la buenaventura. «¿Sabe usté’?», decía Pastora, «Esto se lee mucho mejó’ si pone mil pesetas en la palma de mi mano». Y así, todas las noches sacaba un dineral. Después, se dirigía al cuadro y le decía: «Pepa, cántame los tientos de la Candela…» y alzaba al cielo sus brazos…

En su estancia en «El Duende» coincidió Pepa con la llegada de una jovencita cuyo nombre artístico era Rocío a secas. Era tan joven que cuando entraba la policía en el tablao a hacer la ronda, tocaban un timbre en el guardarropa y enseguida la sacaban del cuadro y la escondían en una covacha hasta que se marcharan, ya que al ser menor de edad no podía estar trabajando a aquellas horas y en aquel local. Por aquel entonces, Pepa no podía ni imaginar que aquella mocita de Chipiona que apuntaba muy bien el cante por cuplé llegaría a ser «la más grande» de las cantantes españolas: su querida y admirada amiga Rocío Jurado.

Pepa conoció a Manolo Caracol a mediados de los cincuenta en la casa de sus primas Fernanda y Bernanda una de las veces que el genio de la Alameda vino con su pareja artística Lola Flores a escuchar a las Niñas de Utrera. Ya en Madrid, coincidió con él y su familia actuando en «Torres Bermejas» en 1962. Un año más tarde, Caracol inaugura su aristocrático tablao «Los Canasteros» y contrata a Pepa para su excepcional cuadro, en el que se dieron cita artistas de la talla del propio Caracol, Enrique Morente, Rancapino, La Perla de Cádiz, Bambino, María Vargas, Gaspar de Utrera, El Sordera, Diamante Negro o Romerito de Jerez.

Caracol siempre proclamó que el pueblo de España que más le gustaba era Utrera y Pepa gozó de una gran amistad con su familia, especialmente con sus hijas Luisa, Lola y Manuela. Era un buen empresario y un artista colosal. Pepa decía de él que «hasta andando por el escenario era un fenómeno, una figura» y que «Caracol tó’ lo cantaba gitano. Por ‘siguiriyas’ cantaba pa’ crují’. Tenías que llorar sin ganas. Y por fandangos, ni lo ha habío’ ni lo habrá…». Pepa, cuando estaba a gusto, se atrevía con algunas letras caracoleras…

En «Los Canasteros», Pepa le cantó a Rita Hayworth, la guapísima «Gilda», una de las actrices míticas de la época dorada del cine americano, quien le confesó que ella realmente se llamaba Margarita Cansino y que bailaba flamenco desde niña porque su abuelo era guitarrista y su padre bailarín de Castilleja de la Cuesta que emigraron a Estados Unidos en 1912. Años más tarde, Pepa coincidió en la Feria de Sevilla con Manuel Rosales Cansino, primo lejano de la actriz y fabricante de tortas de aceite, que se entusiasmó con la revelación de la cantaora utrerana y la trasladó a sus parientes.

También contaba Pepa que el genial y extravagante pintor surrealista catalán Salvador Dalí quiso entrar una noche en «Torres Bermejas» con una pantera atada a una correa, cosa que, por supuesto, no le permitieron.

En su breve paso por el «Corral de la Morería», Pepa coincidió con la llegada del actor americano Rock Hudson, que entonces había alcanzado la cima de su popularidad. Allí le pidieron, medio en inglés, medio en castellano, que le impusiera una medalla a «El Tupé», un bailaor gitano de Valladolid compañero de Pepa, en reconocimiento a sus años de dedicación al tablao. Hudson se subió al escenario y, no habiendo comprendido de qué iba la historia, pensó que era un homenaje a él mismo y se puso la medalla, ante la estupefacción de «El Tupé» quien, de puntillas, pues le llegaba al actor casi a la cintura, le gritó: «Tus muertos, tus muertos, ¡que la medalla es pa’ mí, ‘peaso’ de payo!».

El actor mexicano Mario Moreno «Cantinflas» estuvo en varias ocasiones en «Torres Bermejas» y Pepa siempre recordaba su bailecito por rumbas diciendo de él que estaba «sembrao» de gracia y pasado de compás.

El también actor Yul Brinner, «el calvo de oro de Hollywood», le dijo a Pepa que el flamenco le emocionaba y que quería aprender a tocar la guitarra con «El Pescaílla» -marido de Lola Flores- porque él también era músico y gitano de origen ruso. Pepa estaba impresionada con el Faraón de «Los Diez Mandamientos» y recordaba su trifulca en «Torres Bermejas» con el seductor torero Luis Miguel Dominguín por «un ataque de cuernos», aunque la sangre no llegó al río.

Pero, sin duda, el personaje que más impresionó a Pepa fue la actriz americana Ava Gadner. La conocida como «el animal más bello del mundo» vivió varios años en Madrid. Estaba fascinada por el flamenco y era una asídua de tablaos como «Zambra», «El Duende» o «Torres Bermejas». Le gustaba sentarse y charlar con los artistas, y algunas veces se los llevaba a su hotel para que les hicieran una juerga flamenca. Pepa fue testigo de algunos episodios de la ligera y escandalosa vida nocturna de la diva con la que en alguna ocasión se sentó en un rincón de «Torres Bermejas» mientras ella se tomaba, por este orden, una copa de jerez, un whisky y una cerveza. Contaba Pepa que en una de sus noches locas, Ava se subió a una mesa de la Venta Manzanilla, en la carretera de Barajas, a la que acudían los famosos y los flamencos a partir de las tres de la madrugada cuando cerraban todos los tablaos, se levantó la falda y se meó delante de todos. Pepa decía que incluso en ese momento tan embarazoso, la Gadner parecía una reina. No es extraño que en su admiración por la belleza y elegancia de la estrella cinematográfica, quisiera incluso imitarla en su estilismo.

El 1 de julio de 1965 «Los Beatles» desembarcan en España en la que fue una visita histórica. Por la noche, los cuatro chicos de Liverpool acudieron al tablao «Corral de la Morería» acompañados del periodista Alfredo Amestoy, amigo de Pepa. Paul, Ringo y George se marcharon pronto al Hotel Fénix porque el concierto de Las Ventas era al día siguiente, pero a John Lennon le entusiasmó el espectáculo flamenco que presenció. Uno de los cantaores del cuadro le preguntó: «¿Quieres una fiestecita?». Esa noche estaban con Pepa en un reservado del Corral, entre otros muchos artistas, El Niño de Aznalcóllar y Gabriel Moreno, y Lennon se conmovió al escucharlos mientras un guitarrista le ponía los dedos en los trastes de su «sonanta». Tanto le impresionó esta noche flamenca, que John se llevó a Londres una guitarra española y varios ejemplares del disco «Antología del cante flamenco». Por eso, una década más tarde, a Pepa, la más yeyé de las flamencas de su época, también se le saltaban las lágrimas cuando escuchaba en su pick-up la canción «Imagine» de aquel sencillo, amable y sensible muchacho inglés del flequillo hasta las cejas.

En 1966, Pepa tiene la satisfacción de participar en la grabación de la obra discográfica de Antonio Mairena «La Gran Historia del Cante Gitano Andaluz». Su autor, el maestro Antonio Mairena, y su realizador, el sello Columbia, eligieron este título largo y explícito, porque expresaba con claridad lo que es la sustancia de esta colección discográfica, una obra cumbre en la historia del flamenco. Tres vinilos LP que constituyen una compilación monumental.

Se grabó en Madrid y se ilustró con los textos del poeta y flamencólogo cordobés Ricardo Molina, que ya gozaba de una entrañable amistad con Pepa. Las guitarras son las de Melchor de Marchena y Niño Ricardo. El cuadro que realiza el ambiente y la fiesta se nombra como Cuadro Gitano de Andalucía la Baja (nombre «señalaíto»). Lo componen, además de Pepa de Utrera, Juan Talega, Tomás Torre, Rosalía de Triana, Gaspar de Utrera, Rafael Ortega (padre de «Manzanita») y El Turronero. ¿Hay quién de más?

Antonio Mairena siempre confesó su predilección por los cantes y cantaores de Utrera, entre ellos Pepa, con los que vivió una relación casi familiar y momentos inolvidables en los escenarios y en aquellas juergas de tronío en Utrera y Morón. Pepa se refería a su  «baile del pañuelo» como un prodigio de arte y gitanería.

En 1967, Pepa graba en Madrid el LP «Tablao Flamenco» editado por la discográfica Pérgola. En este disco interpreta bulerías, tangos, soleares y alegrías acompañada por las guitarras de Ramón Vigaray y de un joven de 19 años con el que ya había actuado en los tablaos madrileños y que se hacía llamar Paco de Algeciras.

Aunque su entonces adolescente toque hacía presagiar un gran guitarrista – Pepa decía que con él se cantaba muy a gusto – nadie podía predecir que aquel muchacho llegaría a ser uno de los artistas flamencos más importantes del siglo XX: el maestro Paco de Lucía.

Pepa y Paco se profesaban un gran cariño y nunca olvidaron sus comienzos en Madrid, como rememoraron cuando se encontraron en Mont de Marsan con motivo del homenaje que en el festival flamenco francés se rindió al de Lucía.

En 1968 llega al tablao Torres Bermejas un jovencito de 18 años llamado José Monge Cruz para incorporarse al cuadro de la prestigiosa sala madrileña.

Pepa es ya una de sus artistas más veteranas y asume con gusto el papel de anfitriona del rubio gitano de San Fernando, al que siempre recordó como como un «chiquillo mu’ bonito al que le daba vergüenza de tó». Esa timidez de Camarón no le impidió que llegara a ser fijo en este tablao durante doce años, siempre acompañado en el cante por la guitarra de Paco Cepero, y  que con el paso del tiempo se convirtiera en una auténtica leyenda del cante.

La siempre divertida Pepa se metía con él para hacerle reír diciéndole: «Camarón, tú cantas como lo’ s’ángele pero bailando tienes tres carrá y una horquillá…».

En los primeros años 70, Lola Flores era ya una estrella internacional. Un periodista dejó escrito sobre su visita a Nueva York la célebre frase: «No canta ni baila, pero no se la pierdan». Afianzada en su carrera y en su matrimonio con el guitarrista Antonio González «El Pescaílla», se lanzó al mundo empresarial con la gestión de un tablao de gran recuerdo en Madrid. «Caripén» era un local cercano a la Plaza de Oriente en el que pasaban sus mejores noches los intelectuales, artistas y adinerados de la capital. Como ya hemos reseñado, Pepa conoció a Lola en Utrera casi veinte años antes, cuando junto a Caracol aparecían en la casa de sus primas Fernanda y Bernarda para vivir juergas interminables que ponían en pie la calle Antón Quebrado. Pepa moría con Lola y sentía auténtica veneración artística por ella. Durante su estancia en Madrid, fueron muchas las vivencias que compartieron en los tablaos y en la casa de la Faraona en la calle María de Molina, en la que se sentía como en familia y donde apreciaban mucho -sobre todo doña Rosario, la madre de Lola- tanto el cante de Pepa como su potaje de garbanzos con manitas. Y «El Pescailla» -uno de los creadores de la rumba catalana- siempre reconoció que Pepa y el inimitable Bambino eran punto y aparte como intérpretes de ese género, llegando a decir que también ellos habían creado la «rumba utrerana». Pepa siempre consideró que sus actuaciones en «Caripén» fueron el broche de oro a su carrera en Madrid.

Excepto a «su» Madrid en tren, a Pepa no le gusta viajar. De salidas al extranjero, «ná». Uno de los primeros contratos para el Japón se lo ofrecieron a ella, pero dijo que no. No le gustaban ni el avión ni los taxis, le daban miedo, «jindama» en su expresivo decir. Pero en 1982, Pepa se atreve a realizar una gira de varios meses por un país en el que el flamenco goza de un gran número de seguidores: Israel. Se presenta con gran éxito en el Teatro Yuval de Tel Aviv al frente de la compañía «El Teatro Gitano» con el espectáculo «Feria Gitana». Junto a ella Miguel Funi, Jarillo de Triana, el guitarrista americano David Serva y la bailaora israelí Dalia Low. La dirección artística corrió a cargo del bailaor y coreógrafo madrileño Ciro. Para Pepa esta gira supuso una experiencia maravillosa y quedó enamorada del país hebreo, su música y su gente. En cambio, la chacha María Peña –su madre– llevaba muy mal las ausencias prolongadas de su Pepa. Cuando le preguntaban que dónde estaba su hija, ella contestaba sollozando: «En Ariel -se confundía con el nombre del detergente-, un sitio que está mu’ lejo’ en donde hay unos gachós ‘malnacíos’ que mataron al Señó».

Y no podríamos concluir este periplo de evocaciones y remembranzas sin referirnos a          ellas. Pepa, Fernanda y Bernarda. Y Utrera, el pueblo que les robó los apellidos. El padre de la flamencología, Anselmo González Climent, las bautizó como «las tres de Utrera» en su libro «Oído al cante» de 1960. Está muy claro que ellas constituyen el trípode de la mujer cantaora de Utrera, en pura esencia de arte y compás.

Las tres, nietas de Pinini. Las tres, primas hermanas. Las tres, cantaoras de nacimiento. Se criaron juntas, ya que José el de Aurora y la chacha Inés, padres de las Niñas de Utrera, fueron quienes cobijaron y aliviaron la «jambre» de María Peña y sus hijas en los duros años de la posguerra.

Juntas también se iniciaron en la vida artística y sus respectivas carreras fueron paralelas   durante muchos años. Fueron familia, compañeras, amigas y confidentes. Por eso el querer estuvo siempre por encima de cualquier rivalidad profesional, porque ellas sabían quién era cada cuál en el universo del cante. Para Pepa, «como sus primas, nadie»…

Vivieron, cantaron, rieron, lloraron… y casi murieron juntas. Tres reinas sin consorte del cante gitano.

La Pepa y la Bernarda
ya están cantando,
una por bulerías,
la otra por tangos.

Y es pa’ llorá’
cuando canta Fernanda por soleá.

Las tres cantando,
el arte de Pinini
van derramando.

Y Pepa es, sobre todo, bulería, cante por fiesta, y hace fácil lo que a los demás resulta difícil. Su cante no tiene misterios, pero es puro, sonoro y fresco. El cante de Pepa es baile y su baile es gracia y picardía, un revuelo de volantes que insinúa a una mujer y una artista irrepetible.

Ella, que fue rebelde, porque el mundo la hizo así, quiso cumplir los 83 años e irse un 3 de mayo de 2009. Su vida era su cante, su arte, y sin ser artista no sabía vivir.

Pepa se nos fue. Se marchó sin hacer ruido para estar junto a su madre y a su «Charrúa». Pero nos dejó su cante, su saber estar, su alegría, su humildad de artista, su generosidad, su amor por los suyos sin condiciones, sus amigos, su coquetería, sus recuerdos…

Pepa nos dio tanto que nunca pudimos darle lo que ella merecía.

Pepa de Utrera
tú eres flamenca,
tú eres festera.

… Porque se nos perdió una perla, como aquella concha en el mar…

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Redacción de Utreradigital.com

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