Puntadas de amor y fe hasta el final de sus días

Puntadas de amor y fe hasta el final de sus días

A las puertas de la Semana Santa, la hermandad de los Gitanos ha perdido a una de las hermanas más ilustres, Isabel Sánchez Morón. Muy querida en el seno de dicha entidad religiosa, de trato afable y dedicada en cuerpo y alma a su Cristo de la Buena Muerte, de la que era camarera, también ha dedicado incontables horas de su vida a bordar distintas piezas para la citada cofradía. Isabel llegó a la hermandad de la mano de esposo, Manuel Morales -más recordado como «Mané el practicante»-, y desde entonces se convirtió en una figura clave, enriqueciendo con sus manos el patrimonio de la cofradía de la Madrugá, una corporación de la que decía que «es lo más grande que tengo».

Isabel Sánchez -en el centro de la imagen-, junto a dos Cati Fernández y Ana María Jiménez

Precisamente ella ofrecía una entrevista a este medio de comunicación pocos días antes de fallecer, para hablar del taller de bordados del que formaba parte. Junto a ella, Ana María Jiménez -la más veterana-, Cati Fernández Cinta y Meli Prior han dedicado sus esfuerzos durante tres décadas a engrandecer el patrimonio de su querida hermandad.

Isabel comenzó bordando en el año 1989, poco después de que lo hiciera su compañera Ana María, en una época en la que el taller estaba integrado por una decena de mujeres. De sus manos, han salido buena parte de piezas de la hermandad, así como obras tan espectaculares y emblemáticas como el palio y el manto de la Virgen de la Esperanza, éste último un laborioso proyecto en el que emplearon seis años. «El manto para mí es lo más grande que he hecho, puesto que había piezas a las que le dedicamos un mes, así como piezas de hilos de seda. Todo hecho con mucho amor y trabajo», comentaba Isabel en la citada entrevista.

El último proyecto acometido han sido los faldones que lucirá el Cristo de la Buena Muerte en esta Semana Santa, que han venido preparando hilo a hilo. Sobre la baranda que separa el altillo del resto de la casa-hermandad han colocado los terciopelos de color granate para ser poco a poco bordados con hilo de oro, con gran  paciencia y maestría. El responsable de los diseños es Jesús Migueles, quien plasma sobre papel los dibujos que posteriormente son bordados en las telas. Además, él mismo se encarga de guiar a las artesanas y supervisar el trabajo.

Bordadoras que ejercen la responsabilidad de cuidar de estas joyas que embellecen la estética de la hermandad durante su recorrido por las calles de Utrera en la Madrugá. «Cuando veo nuestros trabajos me emociono. Ocurren muchas cosas durante el proceso de elaboración, pero le pido a mis titulares que me ayuden a terminarlos», comenta Ana María.

Durante los últimos 12 años, Isabel desempeñó la función de camarera del Cristo de la Buena Muerte, por el que sentía una especial devoción. «Empecé poniendo una hucha para poder recaudar el dinero para los claveles y los cultos. La hermandad siempre me ha ofrecido su ayuda, pero he preferido hacerlo directamente yo, porque para eso soy la camarera», recordaba en dicha entrevista. Este año, ella contemplará desde el balcón del cielo su último trabajo: los faldones que con tanto amor bordó, junto a sus compañeras, a su Cristo de la Buena Muerte.

Estas artistas del bordado de la hermandad de los Gitanos han relatado que sus mejores años en dicho taller han sido junto a Manolo Peña y Diego Begines. «Nos hemos sentido muy valoradas, ha sido espectacular, no nos ha faltado de nada», explicaba Isabel.

Iniciaron esta labor durante el mandato de José Vargas Jiménez –conocido como «Joselito del Águila»-, en una pequeña habitación de la calle Campana. Según recuerdan, «él nos dio muchas alegrías en el bordado. Además, nos invitaba a tomar café y, durante los días de calor, nos enviaba con un sobrino helados para refrescarnos».

En la actualidad continúan con la creación de estas obras de arte en un espacio dentro de la casa-hermandad, situada en la calle Cristo de los Afligidos. Los últimos meses han sido de intenso trabajo para dar los últimos retoques a los faldones del paso del crucificado, que empezaron hace un año. Unas mujeres que, por el amor que les une a su cofradía, se encargan de continuar enriqueciendo el patrimonio con nuevas creaciones que pasarán a la posteridad.

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