Sor María José, una utrerana que acaba de conmemorar las bodas de oro de su profesión perpetua como religiosa carmelita

Sor María José, una utrerana que acaba de conmemorar las bodas de oro de su profesión perpetua como religiosa carmelita

A las seis de la mañana suena la campana que marca el comienzo de la actividad diaria en el convento de la Purísima Concepción de Utrera, donde viven las religiosas que forman parte de la orden de las Carmelitas Calzadas. Comienza una jornada que no se cierra hasta más allá de las diez de la noche, repleta de tareas, un horario que lleva cumpliendo a rajatabla desde hace más de medio siglo la utrerana Sor María José, una de las pocas religiosas españolas que sigue viviendo en dicho convento.

Esta utrerana confiesa que no siempre tuvo clara su vocación religiosa, y que incluso trabajó durante un par de años en diferentes fábricas y que en su juventud vivió sus primeros «paseos con algunos muchachitos», pero que llegado el momento culminante «en vez de un hombre, me enamoré del Señor». En un primer momento tenía intención de formar parte de las Salesianas, pero finalmente decidió ingresar en la orden de las Carmelitas en 1965, teniendo como primer destino la localidad onubense de Aracena, para recalar posteriormente en Utrera.

Con la perspectiva que dan 50 años en el interior del convento utrerano, Sor María José lo tiene completamente claro: «lógicamente en todo este tiempo ha habido sus luces y sus sombras, pero en la vida religiosa si acudes al Señor lo superas todo, cuando tienes alguna dificultad te acercas al Sagrario y pides luz. No me arrepiento, si naciese otra vez volvería a ser religiosa y carmelita».

Uno de los momentos más complicados llegó en el instante en el que Sor María José comunicó a su familia que iba a ingresar como religiosa en un convento de clausura, ya que significaba que no iba a poder disfrutar con los suyos de una vida convencional. Confiesa que «en aquel momento toda mi familia lloró, pero cuando vieron que yo estaba feliz con mi elección, ellos también fueron felices». Con respecto a las particularidades de la vida de una religiosa de clausura, asegura que «ya no me cuesta la clausura, ahora lo que cada vez me cuesta más es salir del convento, salgo poco, sólo lo necesario».

La Iglesia, y de manera más radical los conventos de clausura, sufren en la actualidad una importante crisis de vocaciones, que está provocando que el número de religiosos y religiosas que les dan vida se vaya reduciendo de manera drástica. Cuando Sor María José ingresó en el convento utrerano, estaba integrado por 33 religiosas, mientras que en la actualidad sólo conforman la comunidad una quincena. En esta comunidad hay nueve hermanas africanas -en la actualidad las más jóvenes- y por tanto las que se encargan de las tareas más activas que requiere la vida en el convento. Con respecto a esta falta de vocaciones, que amenaza gravemente la superveniencia de los conventos, Sor María José explica que «tengo esperanza en que vengan más vocaciones, la esperanza es algo que no hay que perder nunca».

Con motivo de las bodas de oro de su profesión perpetua, Sor María José ha recibido una agradable sorpresa, gracias a una eucaristía conmemorativa en la que la han acompañado sus hermanas, numerosos miembros de su familia, el padre capellán del convento, así como representantes de hermandades como el Silencio. Un detalle que ella ha agradecido «mucho, porque yo pensaba que iba a ser una misa íntima, pero estoy muy agradecida a todo el pueblo de Utrera».

En sus primeros años como religiosa en el convento, recuerda «cómo quitaba hierbas del huerto acompañada de Madre Elisa», en un recinto que sigue siendo utilizado por las hermanas africanas para sembrar todo tipo de productos y hortalizas. Años de la juventud de Sor María José en los que las propias religiosas eran las encargadas de cuidar a las gallinas y a los cerdos que tenían en sus propias instalaciones. «Recuerdo el frío cuando teníamos que tender la ropa a las cinco de la mañana, ahora la cosa ha cambiado, igual que han cambiado los tiempos», explica la religiosa.

Sor María José mantiene intacta la ilusión que tenía el primer día que entró por la emblemática puerta de esta institución que cuenta con tanto cariño por parte de los utreranos. Para ella, todas las dificultades son superables y asegura que la dureza propia de la vida en el convento «no pesa, no cuesta porque se hace por amor, hay que seguir siempre adelante y no detenerse».

Redacción

Sobre Redacción

Redacción de Utreradigital.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *