Casa Valentín, tres generaciones haciendo magia detrás de una barra en Utrera

Casa Valentín, tres generaciones haciendo magia detrás de una barra en Utrera

Entre el centro y el arrabal -a medio camino entre la ciudad y el campo- se encuentra desde hace décadas uno de los restaurantes más emblemáticos de Utrera. En 1956, Valentín Gutiérrez, uno de esos aventureros del norte de España -que formaba parte del grupo llamado de manera cariñosa como los «montañeses»- se establecía en Utrera y fundaba «Casa Valentín». Llegó desde tierras cántabras, concretamente desde el valle del Liébana, para poner en marcha una de esas clásicas tabernas que han dejado una huella imborrable en una ciudad como Utrera; lugares de buen vino, de buena mesa y de maravillosas tertulias con la eterna barra como testigo.

Años en los que las calles de Utrera fueron testigo de la apertura de muchos establecimientos de estas características, como Gomez Mier, «Casa Currito» o El Manicomio, que como dato curioso y anacrónico, disponían de dos entradas diferenciadas: una para que entraran los hombres y otra únicamente dirigida a la entrada de mujeres para comprar el vino que se usaba en la cocina. Valentín abrió su taberna en lo que anteriormente era un taller de venta y reparación de neumáticos «Firestone» y que por su situación -muy cerca del camino hacia muchas explotaciones agrícolas de la localidad- pronto se convirtió en un lugar de parada obligatoria para que muchos trabajadores del campo tomaran al alba su primer café del día antes de las largas jornadas de trabajo.

Es en la década de los ochenta del pasado siglo XX, cuando «Casa Valentín» dio un giro que la terminó diferenciando del resto de las tabernas, enfocando más el servicio hacia el concepto de restaurante, gracias al impulso de Felipe Gutiérrez, hijo de Valentín y quien desde los once años comenzó a aprender el oficio, convirtiéndose con el paso del tiempo en una persona muy querida en Utrera y un profesional al que todos recuerdan con cariño, que falleció en 2015.

La tercera generación detrás de la barra de «Casa Valentín», la representa José María Gutiérrez, hijo y nieto de Felipe y Valentín, respectivamente, quien comenzó como pinche de cocina en 1993 y que en la actualidad dirige el establecimiento, aunando lo mejor de la herencia que ha recibido de su familia con las exigencias de los nuevos tiempos. José María es una de esas personas que irradia alegría, a la que se le sale por los poros el amor a su profesión, exigente consigo mismo y con la calidad de la materia prima para su cocina a la que trata con rigor y exquisitez  como si acabara de empezar. Como él mismo explica, «esta profesión es vocacional, me siento un privilegiado porque disfruto de mi trabajo, todo lo que he aprendido lo he hecho de mi padre y de Jesús, un camarero que tuvimos durante muchos años y que se convirtió en parte de la familia. Nuestro objetivo aquí es hacer feliz a la gente y además es un trabajo que te permite hacer unas magníficas amistades».

José María puede presumir de haber servido y ser amigo de tres generaciones de utreranos, aquellos primeros clientes que llegaban a la taberna que regentó su abuelo hasta 1995, todos los que comenzaron a ir de la mano de su padre y las personas de su generación que prácticamente lo han visto echar los dientes detrás de la barra del restaurante. Con poco más de 40 años, José María conoce ya todas las caras de un negocio tan complicado como la hostelería, confesando que «hemos vivido una montaña rusa e incluso me he arruinado dos veces, pero con mucho trabajo hemos conseguido adaptarnos a los nuevos tiempos».

José María Gutiérrez

«Casa Valentín» es uno de esos lugares mágicos en los que todo se rodea para que la persona que entre por sus puertas pueda disfrutar de momentos de felicidad. Una experiencia que es posible gracias a la apuesta por la buena mesa, cimentada en una materia prima de primera calidad, recetas tradicionales y la facilidad para adaptarse a las necesidades de cada cliente.

Además de los mejores mariscos y chacinas, el restaurante también ofrece menú del día los días laborables y una carta de tapas. Pero su elemento diferenciador se localiza en platos como los arroces -destacando el de perdiz, carabineros, marisco y marinero-, el pisto, los fideos a la marinera, espinacas, tagarninas, higaditos, pavías, lubina empanada o pechuga a la bechamel. Recetas de toda la vida y platos que se elaboran al momento, justo cuando el cliente los pide.

José María reconoce que Utrera es un buen lugar para disfrutar de la buena mesa, y entiende que el Mostachón de Oro que se concedió al restaurante Besana Tapas en 2014, «en cierta forma lo entendí como un homenaje en general a la hostelería de Utrera», un gremio en el que reconoce que están algunos de «mis mejores amigos», destacando a Casa Basilio, La Brasa o Bar Alonsi.

A lo largo de las últimas seis décadas han sido innumerables las visitas ilustres que ha recibido este restaurante, entre las que hay que destacar personalidades como Rocío Jurado, Ortega Cano, Farruquito, Jesulín de Ubrique, Finito de Córdoba o Enrique Ponce. José María recuerda con especial cariño a Antonio Gala, quien asegura que «estuvo especialmente cercano, brindaba con nosotros con el bastón y quien me dejó una frase que desde entonces no olvido: lo mejor del vino son las últimas catorce gotas».

Los toros y el flamenco son dos elementos fundamentales para conocer la esencia de «Casa Valentín», un recinto sagrado en el que Paco el del Gastor, El Pele, Esperanza Fernández o Rafael de Utrera tienen un lugar especial. Una forma de ser que incluso ha detectado el prestigioso guitarrista José Antonio Fernández, afincado en Utrera y quien ha dedicado una canción de su disco «Adiós Muchachos…» a «Casa Valentín», lugar en el que disfruta de la buena mesa y de la agradable compañía.

El restaurante ha sido testigo del surgimiento de asociaciones y eventos destacados para Utrera, es el lugar en el que tradicionalmente se reúne la Orden del Mostachón y es que como indica José María «nuestra premisa principal es que el restaurante es la casa de todo el que viene, en la época de mi padre recuerdo que íbamos incluso a comprarle el tabaco a la gente o cualquier bebida especial que le gustara a algún cliente y que no tuviéramos en ese momento».

Todo ese trabajo de tres generaciones que han hecho magia detrás de una barra en Utrera, ha construido una historia legendaria a la que le quedan todavía muchos capítulos por escribir, ya que José María Gutiérrez -que  como homenaje a su padre trabaja con un polo en el que puede leerse una inscripción que reza «100% Felipe»- es capaz de que todo aquel que entre por las puertas del restaurante, se sienta como en casa, olvide sus problemas y con la buena mesa como principal argumento, disfrute de ratos inolvidable. Sin olvidar, como apunta el propio José María, que «las mujeres son una parte fundamental en toda esta historia, lo es mi madre María, a la que ningún cocinero ha conseguido echarle la pata nunca y lo es mi esposa, ya que ésta es una profesión que conlleva muchas ausencias y por tanto numerosos sacrificios para la familia, ella y mis hijos son mis pilares más importantes».

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Redacción de Utreradigital.com

Un comentario en “Casa Valentín, tres generaciones haciendo magia detrás de una barra en Utrera

  1. Rafael Álvarez Montesino dice:

    Yo en el año 1956 tenía 16 años y entré a trabajar un día antes de su apertura en casa Valentín. Fue mi primer inicio como camarero, ya que después trabajé en la Macarena que estaba en la vía marciala junto a Don Clemente, en el restaurante de la estación de ferrocarriles, en el Bosque también entré cuando se inauguró. En el Onuba estuve muchos años trabajando con Pepe el Rabanero. En el casino con Diego Segura. En fin trabajé en casi todos los bares de la época. Recuerdo en casa de Valentín a Valentín que era una bella persona, a su mujer Dolores que era una buena mujer, y al niño que tenían que era un crío Felipe. Que por cierto estuve un año de vacaciones en Utrera y un cuñado mío me dice: Rafa hoy te invito a comer en un sitio que se come de maravilla y me llevó a casa de Valentín. Saludé a Felipe que le dio mucha alegría de verme y yo a él

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