Manuel Castillo, un prestigioso médico utrerano que velaba por la salud de los pilotos

Manuel Castillo, un prestigioso médico utrerano que velaba por la salud de los pilotos

A finales de la década de los veinte del pasado siglo, la gran mayoría de las calles de Utrera no contaban con asfalto. Los niños podían jugar en cualquier sitio porque apenas había tráfico, y las pelotas con las que se organizaban los partidos de fútbol eran de trapo. Esa es la Utrera en la que nació en 1927 el utrerano Manuel Castillo, una localidad en la que como él mismo recuerda «la calle Finita, la actual alcalde Fernández Heredia, se llamaba así porque era la única que estaba asfaltada».

Una infancia feliz, en la que nada hacía presagiar los negros nubarrones que llegarían poco después con el estallido de la Guerra Civil. Años en los que Manuel se paseaba hasta Los Molares en una pequeña bicicleta que tenía, aprendía sus primeras letras en las tradicionales «migas» -una especie de guarderías que existían en la época-, para entrar poco después en las escuelas gratuitas de San Diego del colegio de Los Salesianos.

Los buenos recuerdos se entremezclan con la pesadilla que supuso el comienzo de la Guerra Civil, momentos que Manuel rememora y explica que «Utrera estuvo sitiada durante siete días y nos teníamos que refugiar debajo de la cama».

Desde 1939 a 1945 Manuel completa sus estudios de Bachillerato en Los Salesianos -una institución que dejó una importante huella en su personalidad que aún hoy perdura- para comenzar en 1947 la carrera de Medicina en la Universidad de Sevilla, donde sentaría las bases para convertirse en uno de los profesionales médicos más importantes del país. La exigencia de estos estudios apenas le dejaban tiempo libre, consiguiendo licenciarse con un sobresaliente y un premio al mejor expediente de toda su promoción.

Por un lado Los Salesianos, por otro el mundo de la Medicina, y por último el el Ejército; han sido tres conceptos sobre los que ha pivotado la vida de Manuel. El primer contacto con el Ejército lo tuvo con las antiguas milicias universitarias, mientras que en 1954 aprobaba las oposiciones para el cuerpo de médicos del ejército del aire, comenzando una exitosa carrera en esta institución que iba a durar casi tres décadas y en la que se retiraría a los 62 años con el grado de Coronel y el curso aprobado para ser General.

En la década de los sesenta, Manuel toma una decisión a contracorriente del tiempo que le había tocado vivir y decide -en sus ratos libres- aprender idiomas, concretamente inglés, francés e italiano, algo que le iba a abrir muchas puertas en su carrera profesional como médico, y que a la postre iba a ser un aspecto realmente decisivo. En 1960 se marcha a Estados Unidos,  a la ciudad de San Antonio, para completar un curso de seis meses de medicina aeroespacial, especialidad que  se iba a convertir en su profesión.

Tras su estancia en tierras norteamericanas, Manuel Castillo ocupa su puesto como médico especialista de pulmón y corazón en el pabellón vasco de Sevilla, donde se ubicó hasta 1968 el hospital del Ejército del Aire. Son años que recuerda con cariño, ya que era un puesto que le permitía vivir en Utrera, localidad en la que nacieron dos de sus tres hijos.

Es en este periodo cuando el destino lo situó en el centro de un suceso que muy pocos han olvidado y que conmocionó a la sociedad de la época, como fue la muerte del torero Juan Belmonte el 8 de abril de 1962, en la finca que el torero poseía en Utrera, el cortijo Gómez Cardeñas, que se encuentra a dieciocho kilómetros del casco urbano. Desde 1957 Manuel era también médico forense y en aquel momento realizaba su trabajo en el juzgado de Utrera.

Así, el día que murió Belmonte, el médico utrerano se encaminó hacia el lugar de los hechos junto al secretario del juzgado y el juez, donde como explica Castillo: «sentando en un sillón estaba el cuerpo cadáver de Juan Belmonte, con una herida en la sien derecha y una pistola de un calibre muy pequeño, de siete milímetros, colgada de una mano y la cabeza inclinada a ese mismo lado. Sobre la mesa se encontraba una cuartilla con una letra firme que decía ‘No se culpe a nadie de mi muerte’» y la firma de Juan Belmonte».

«El Pasmo de Triana», el torero que había revolucionado los ruedos y cuya rivalidad con Joselito había dividido a España en dos sectores irreconciliables, había fallecido, y era al utrerano Manuel Castillo al que le correspondía realizar la autopsia. Un momento que recuerda perfectamente, ya que «fue muy laborioso encontrar en el cerebro un proyectil tan pequeño, hasta que finalmente lo hallé debajo de una estructura osea que se llama la silla turca, sabía que iba a ser leído por muchas personas y por tanto hice el informe con mucho detalle, de hecho posteriormente me lo he encontrado en muchos libros publicado».

Después de los felices años en Sevilla, en 1965 Manuel se traslada a Madrid para convertirse en el médico especialista de pulmón y corazón del centro de medicina aeroespacial del ejército del aire de Madrid, lugar en el que desempeñaría su labor profesional hasta el año 1986. Junto con el resto de especialistas médicos que realizaban su trabajo en este centro, se puede decir que durante casi dos décadas, ningún piloto militar o comercial, volaba sin el consentimiento médico de Manuel, ya que no existían centros médicos de estas características para la aviación civil.

El utrerano, gracias a su trabajo y dedicación se convirtió en una voz autorizada en el sector, participando en encuentros médicos a lo largo y ancho del mundo, en ciudades como San Francisco, Londres o San Diego, y llevando a cabo innumerables reconocimientos médicos a pilotos durante décadas.

A punto de cumplir los 91 años, Manuel recuerda punto por punto los momentos más importantes de una destacada carrera tanto en el Ejército como en la Medicina, donde gracias a su empuje, su capacidad de trabajo y su visión de futuro, se convirtió en una referencia. Hoy disfruta de su día a día en Madrid, ciudad en la que vive, aunque reconoce que «siempre he echado de menos mi ciudad, la de mis hijos, las de mis hermanos, la de mis amigos. Me gusta todo, sus plazas, monumentos, los Salesianos, María Auxiliadora, Consolación, el camino, la Semana Santa o el Corpus. Todo lo referente a Utrera me gusta, siempre he estado orgulloso de ser de Utrera».

Manuel Castillo es una de esas personas que con su trayectoria, ha demostrado que se puede llegar a las cotas más altas, independientemente de las dificultades que se encuentren en el camino. Le tocó vivir de cerca la Guerra Civil y la posguerra, tiempos muy complicados, pero él, supo luchar contra estos condicionantes y labrarse una carrera profesional que merece ser conocida y reconocida por todos los utreranos.

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