Ópera sin obras

La veterinaria Lucía López ha publicado recientemente un curioso y ameno estudio sobre la oveja merina negra. Cuenta en él que en el Alto Aragón se la considera una especie sagrada que protege a los rebaños de los rayos y que por eso los pastores, temerosos de acarrearse una maldición, a estos animalitos ni les cortan el rabo ni los marcan ni les hacen sangre. Además saben que cuando el ganado vaga libremente por las sierras, es más fácil encontrarlo si en él hay ovejas negras.

El abate Marchena, el pastorcito del Calzas Anchas, auténtica oveja negra de la sociedad de su tiempo por su temprano radicalismo político y religioso, ha regresado con ocasión del 250 aniversario de su nacimiento para encontrarle a su ciudad un puesto destacado que la privilegie en los circuitos turísticos nacionales e internacionales. Para la efeméride la comisión organizadora ha echado el ayuntamiento por el balcón: música de cámara, ópera, representaciones teatrales, recreaciones de salones dieciochescos, conferencias, concursos…

Comprendamos y celebremos que se haya aprovechado el evento para promocionar la ciudad de Utrera. Sin embargo, sorprendámonos de que a pesar del alarde de medios que ha desplegado el evento y de que siendo Marchena «uno de los intelectuales de la Ilustración española probablemente más citados» y, «paradójicamente, más desconocidos, en su auténtica realidad» (Cañas Morillo:2014), debido, entre otras causas, a la dificultad para acceder a su obra, no se haya editado siquiera una modesta antología de sus escritos.

En vida al pobre demonio de Marchena le resultó imposible huir de su propia leyenda. Tras su muerte, esta falsa realidad no dejó de crecer desde que Menéndez Pelayo afirmara que «la vida del abate Marchena interesa tanto o más que sus escritos». El retrato novelesco que el polígrafo traza de su colega utrerano, mezcla de prejuicios ideológicos, admiración y escarceo literario, ha ido remozándose a través del tiempo. Galdós, Baroja, Carpentier, Pérez-Reverte adivinaron en él un tipo no vulgar y atractivo, y lo convirtieron en personaje de algunas de sus obras. Unos lo retratan con dignidad; otros lo presentan como un héroe cómico.

Para conmemorar el evento se han editado dos publicaciones que siguen ahondando, lamentablemente, en su trayectoria más novelesca. En la primera ocho escritores actuales fabulan, con desiguales hallazgos, sobre las peripecias vitales del abate; la segunda pretende ser una guía didáctica y un libro de divulgación científica, pero no consigue ni lo uno ni lo otro.

La lectura de su obra nos habría devuelto una imagen si no contradictoria, sí más completa y cabal de este patriota español afrancesado. Apóstol del ateísmo o de la irreverencia, pero espíritu de una intimidad religiosa conflictiva que admiraba a los grandes ascetas españoles. Exaltado radical en política que, sin embargo, expresa repetidamente un deseo moderación que nos aconseja que «sepamos templar hasta la ardiente/ansia del bien; el hombre es perfectible/, pero se perfecciona lentamente». Defensor de los derechos del pueblo, aunque previsor de los males que acechan allí «donde los proletarios su horrorosa /denominación ejercen». Propagandista de la Revolución Francesa, pero crítico con sus consecuencias: «la guerra general, un lujo horrible, /…de Europa el equilibrio destruido/». Republicano, pero funcionario destacado en la corte del rey José I; defensor de un federalismo de raíz girondina, pero partidario del hipercentralismo napoleónico. Devoto de la literatura extranjera, especialmente la francesa; pero admirador de nuestra poesía lírica porque «en esta parte la España se deja muy atrás a todas las demás naciones de Europa».

Pasados los fastos del aniversario, los diletantes triatletas que hemos corrido esta maratón musical- perdón, cultural- hemos llegado a la meta como gárgolas desalentadas; y merecemos, sin duda, un descanso. Si la rumbosa comisión hubiese puesto al alcance de «la utrerana gente» una sencilla selección de sus escritos, algunos lo habríamos aprovechado para acercarnos por vez primera a su obra. Hubiera seguido así la estela de don Enrique de la Cuadra, quien encargó a Menéndez Pelayo la recopilación y publicación de su obra, que vio la luz en dos volúmenes en 1896.

Estas palabras de Adolfo de Castro (Un girondino español:1898) siguen vigentes en la actualidad: «Y por un capricho de la suerte, dos personas opuestas a Marchena en muchas de sus ideas– se refiere a él mismo y a Menéndez Pelayo- son las que en la España moderna lo han considerado en todo lo que valía, mientras que hombres adictos a las suyas lo han dejado en desdeñoso o indiferente silencio».

Visiten la web creada para la ocasión: en el menú de la página ninguna pestaña que nos remita a sus textos. Si por sus obras los conoceréis, don José Marchena y Ruiz de Cueto continúa siendo un perfecto desconocido para sus paisanos.

Juan Romero Luna

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