El amor de Penny Robinson

Los lectores esperan con superlativo interés la nueva novela del gran escritor que es el extremeño Alonso Guerrero, quien fue profesor de Literatura de la reina Leticia, con la cual se casó después de un largo noviazgo. Alonso Guerrero no es muy conocido por el gran público, pero su obra narrativa es excelente y su talento literario fulge como la pintura de Rembrandt. Injustamente preterido, sus grandes dotes como narrador merecen el reconocimiento de página en página. Un escritor, el cual ha leído con tanta pasión a los clásicos, que tan dilectamente se ha aproximado a la genialidad de Cervantes y a la prosa diamantina de Quevedo y que, con tanta sapiencia, descubrió a Ibsen, a Stevenson, a George Wells, a Thomas Mann y a Malcolm Lowry y que sueña, entre la madrugada y el alba, con las verdades de Larra, Valle-Inclán y Umbral y la excelsitud literaria de Luis Landero y Enrique Vila-Matas, no puede defraudar a nadie. Y menos aún con esa palpitante obra que va a ser El amor de  Penny Robinson, editada por la editorial Berenice,  y que, con una tirada de tres mil ejemplares, se pondrá a la venta el nueve de marzo. La excelencia estilística no olvida de dónde surge y las doscientas ocho páginas constituirán la vertiente de una literatura íntima y arrebatadora, como un poema de Raymond Carver antes del amanecer. El novelista transporta los capítulos a aquellos recuerdos tan arrullados, que se encienden en la memoria, la cual llena el silencio en esas horas en las que el sufrimiento se hace poesía en la métrica libre de James Salter. De manera que nosotros la interpretemos en la aventura posible (o imposible) que buscamos en nuestra intimidad, cuando el amor nace como la Venus del espejo de Diego Velázquez.

Pasión, soledad, desengaño, nostalgia en la prosa de un hombre, el cual siempre estuvo enamorado de la literatura, aun sabiendo que el adiós emerge en la evocación como un manuscrito infinito; el cual redactamos dándole la bienvenida a un ayer, que, al conjugar el pretérito, lo hacemos presente en la sintaxis del lenguaje que se instala en un anhelo sublime. De este modo, encuentra las palabras que se orientan por la senda del destino como sílabas que a nosotros se acercan sin dar nada por perdido. Si la reina es una mujer culta, instruida y leída, se debe, en parte, a su formación como periodista y a su pretensión lectora y, en parte, al entusiasmo por los libros, que, como profesor, primero, en el Instituto Ramiro de Maeztu, de Madrid, y como escritor y marido, después, le transmitió Alonso Guerrero. El destino no es un fragmento cualquiera, sino, antes bien, la pregunta y la respuesta que reconocemos, porque tiene algo nuestro en esa dimensión desconocida, que acaudala el tiempo como testigo de nosotros mismos. En la nueva novela del ex marido de la reina Leticia triunfará la literatura, que muestra la esperanza, aun naufragando el llanto que enternece y libera. Escribir para este ilustre extremeño es caminar por las avenidas del mundo que quedan más allá de los horizontes, los cuales habitan el olvido para fotografiar la realidad tal como es en la espuma de los días: aquellos que se refugian en la sombra de los silencios que tanto saben de nosotros.

El amor de Penny Robinson es la metáfora que acaece en el presente y que, sin elegirla, llega por sorpresa para permanecer en los sentimientos que no podemos negarnos a escucharlos, puesto que nos pertenecen, aunque no sepamos por qué. Decía Benedetti que nuestros pasos están documentados en la historia de nuestra fe descalza; y así será en este libro que vamos a recibir con los ojos abiertos para verlo como el sol naciente en el óleo sobre lienzo de Claude Monet. Con El amor de Penny Robinson vuelven de nuevo Larra y Umbral, para comunicarnos que la literatura de Alonso Guerrero es una antología eminente de la realidad que se hace ficción y de la ficción que se hace realidad en su luminosidad cervantina, en los instantes eternos de la filosofía quevediana y en aquellas madrugadas de invierno en las que, desnudando los pliegues del alma, descubrimos la literatura de Stevenson, George Wells y Malcolm Lowry. Nada es nunca como fue en la revelación que transcurre sin ocultar la huella de los momentos; los cuales nos embriagan como el elixir de los dioses entre las sábanas de una mujer, que se hacen transparentes como Las tres gracias de Rubens. Los poemas de Malcolm Lowry siguen brillando en el sol del mediodía. Leyéndolos, a veces, en silencio,  y, a veces, hablándonos a nosotros mismos, supimos que La Venus de Urbino de Tiziano fue una respuesta llena de preguntas. Y la vida, la mirada de Sara Montiel, queriéndonos al fin.

Manuel Peñalver

 

 

Manuel Peñalver

Sobre Manuel Peñalver

Fue catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Ruiz Gijón (1980-1990). Autor de numerosos estudios, artículos y libros sobre la lengua española. Articulista en periódicos como Diario16, El Correo de Andalucía, La Razón, ABC, Ideal, El Mundo, Diario de Almería. Actualmente, es catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería.

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