Pacto por la Educación

Son las siete en punto de la mañana de este primer sábado de diciembre. Huele a décimos de lotería y a café; a frío y a chimenea. A anís y mostrador. Encima de mi mesa, discos de «blues» y de «rock», libros sin leer, periódicos, revistas, apuntes, manchados de tinta, folios en blanco, poemas que son «jazz», como aquel de Cortázar o aquellos otros de Scott Fitzgerald. Unos versos de Orhan Veli, cuando el día amanece en su infinitud, dan voz a una lírica inefable: «Una coqueta muchacha pasa por la acera; / cae algo de su mano; / presiento que es una rosa; / escucho Estambul con los ojos cerrados. / Escucho Estambul con los ojos cerrados; / un pájaro aletea alrededor de tu falda. / ¿No sé si tu frente está caliente o no?, / ¿o tus labios están húmedos? / Detrás de los pinos asoma la luna blanca, / puedo sentirlo en los latidos de tu corazón. / Escucho Estambul». Eduardo Mendoza ha sido el ganador del Premio Cervantes 2016. Convirtió la lengua literaria en la esperanza de sí misma. En el sueño que recorremos hasta el fin. En texto que guarda su secreto en su intimidad memorable.

¡Ha muerto la LOMCE! ¡Viva el pacto por la Educación! Aprobada en 2013, la llamada «ley Wert» era un fracaso anticipado; un esperpento que tenía los días contados; un simulacro y un silogismo en la diacronía del tiempo perdido. Una hoja arrugada al menor movimiento de la mano. Las reválidas eran dudas, interrogaciones y prosa sin gramática en su polémica redacción. Así, el desconcierto aparecía como una metáfora, que naufraga para ahogarse, sin dejar rastro de su fugitiva sombra. El Gobierno ha llegado a un acuerdo con el PSOE y Ciudadanos para formar una comisión que elabore un documento, el cual dará lugar al nacimiento de una nueva ley, que perdure y no esté sujeta a los vaivenes políticos. La muerte anunciada de la LOMCE debe convertirse en una oportunidad para revertir la situación y sembrar el porvenir con la semilla de la esperanza en la «juventud, divino tesoro» de Rubén Darío. Podemos y los restantes grupos deben participar, si se quiere que el consenso sea el referente. La lengua, las matemáticas, las lenguas clásicas, las humanidades, en su conjunto, las ciencias, los idiomas, las nuevas tecnologías, las artes, el deporte, la filosofía y el saber deben ser reflejados de forma que faciliten la labor de los profesores y entusiasmen a los alumnos. España tiene que ocupar los lugares primeros en los indicadores de la educación y abandonar esas posiciones que causan sonrojo y vergüenza. Para que las palabras de Albert Einstein: «Nunca consideres el estudio como una obligación, sino como una oportunidad para penetrar en el bello y maravilloso mundo del saber», vuelvan a ser la voz  de un verso, que sea tan hermoso como inolvidable, desde el alba al atardecer, en su luminosa rima.

Hay muchos motivos para la preocupación. Los errores ortográficos que tienen muchos alumnos, incluso en la universidad, reflejan otras deficiencias. Pero no se puede delegar toda la responsabilidad en los docentes. Los padres deben asumir su función en el propósito de la deseada mejora, fomentando en el hogar el esfuerzo y la dedicación. Comenzando por la lectura. La televisión y el móvil absorben las horas que son necesarias para asimilar unos conocimientos, que van a resultar relevantes en el futuro académico y laboral. Todo ello implica unos cambios, que requieren un lenguaje diferente al de ahora. Las destrezas comunicativas, leer y escribir, hablar y escuchar, tal y como se estructuran en el Marco Común Europeo de Referencia para las Lenguas, tienen que constituir un apartado esencial, pues su dominio resulta imprescindible. Los vínculos entre la innovación, la investigación y la empresa deben ser estrechos y próximos. Con la creación de empleo como aspecto prioritario. Un hecho que exige una estrecha coordinación de los diversos niveles educativos, de manera que la colaboración sea un hecho fructífero y provechoso. Y, así, puedan hacerse realidad la sintaxis del enunciado Mahatma Gandhi en el recuadro de su verdad: «La verdadera educación consiste en obtener lo mejor de uno mismo. ¿Qué otro libro se puede estudiar mejor que el de la Humanidad?». Rimas machadianas en el acontecer de los días. Fragmentos joyceanos, que acuden a nuestra memoria para soñar lo que fue. «Ayudadme a comprender lo que os digo, y os lo explicaré más despacio», sentenciaba Juan de Mairena en la inmortalidad velazqueña de unos tiempos que ya no tienen la misma letra que antes.  Nada se parece a lo de siempre.

Manuel Peñalver

Manuel Peñalver

Sobre Manuel Peñalver

Fue catedrático de Lengua y Literatura del Instituto Ruiz Gijón (1980-1990). Autor de numerosos estudios, artículos y libros sobre la lengua española. Articulista en periódicos como Diario16, El Correo de Andalucía, La Razón, ABC, Ideal, El Mundo, Diario de Almería. Actualmente, es catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería.

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