El zapatero Miguel Sola «Pilín», historia viva de un oficio en extinción

El zapatero Miguel Sola «Pilín», historia viva de un oficio en extinción

Algo tan simple en la actualidad como comprar un par de zapatos o elegir entre los muchos pares que solemos tener todos en el armario, era un auténtico lujo en la época de la postguerra. Se trata de un aspecto que ha evolucionado de una manera vertiginosa, los antiguos zapateros que hacían de su oficio un verdadero arte han ido poco a poco desapareciendo para dar paso al calzado de fábrica, más barato eso sí, pero completamente diferente a lo que había en otros tiempos.

Eran años en los que comprar un zapato era algo muy excepcional que solo se podían permitir las personas más acomodadas, el resto tenía que conformarse con aguantarse hasta que les dolieran los dedos gordos de los pies, porque los zapatos que tenían se les habían quedado pequeños y remandar una y otra vez el par de zapatos que tenían.

Haciendo un gran ejercicio de imaginación nos trasladamos hasta la dura Utrera de la postguerra, donde en sus calles trabajaban numerosos zapateros a la vieja usanza, algunos de ellos fabricaban el calzado a medida y otros solo se dedicaban a las reparaciones. Uno de ellos era el utrerano Miguel Sola Hidalgo que, a sus 86 años, es uno de los pocos representantes del gremio que quedan en la localidad. Trató de comenzar sus estudios pero, como él mismo explica, «el hambre podía más que los estudios y junto a algunos compañeros de los Salesianos hacíamos la ‘gachona’ y nos íbamos a las huertas que había junto al puente de los cochinos para ver si podíamos llevarnos al estómago, aunque fuera una naranja o una granada».

Ante esta situación en 1943 entra como aprendiz en la zapatería de José Obando, en la calle Las Mujeres, donde aprendería el oficio, pasando después por varios establecimientos hasta que pudo abrir su propio negocio. Regentó zapaterías en zonas como El Arrecife, la Plaza de Abastos o las calles Sevilla y alcalde Vicente Giráldez, sorteando las dificultades propias de años muy duros, de escasez y miseria.

En 2003 se jubila de su actividad profesional, aunque desde entonces ha seguido cultivando un oficio que lo ha sido todo en su vida, sobre todo haciendo trabajos para su familia, no puede decir que no cuando le piden algo sus hijos o nietos. Aunque sí tiene muy clara una cosa, asegurando que «en Utrera se ha perdido el calzado artesanal, Fernando Jiménez ha sido el último de estos zapateros a la vieja usanza. En la actualidad las fábricas hacen un calzado magnífico y el calzado a medida no se valora porque sale muy caro».

Además de ser uno de los depositarios de una tradición que en la actualidad prácticamente se ha terminado perdiendo, Miguel Sola, que posee una memoria prodigiosa, ha llevado a cabo un fantástico trabajo de investigación que servirá para que nunca se olvide esa Utrera en la que prácticamente había una zapatería en cada calle. Ha elaborado un listado con todos los zapateros que él recuerda, llegando a sumar nada más y nada menos que 84 nombres.

«Cuando estaba como aprendiz en la zapatería de Obando, teniendo yo unos 15 años, muchas veces me encargaba de atender a los clientes en el mostrador. Al ser una de las zapaterías más grandes de Utrera, muchos zapateros acudían a comprar allí material, por lo que de apuntar sus nombres porque muchos lo dejaban fiado, se me fueron quedando los nombres y los apellidos de estos zapateros, aunque seguramente habrá algunos de los que no me acuerde. Es el pequeño homenaje que puedo hacer a todos los componentes del gremio», explica el utrerano.

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